Misión del siglo XXI: la lucha contra la soledad

Misión del siglo XXI:

La lucha contra la soledad

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Nunca antes había gozado una sociedad de la opulencia de que goza la nuestra. Si se habla de recursos materiales, vivimos mucho mejor que nuestros antepasados. La desaparición gradual de la miseria es una conquista. A cambio, sin embargo, nuestra sociedad sufre otras enfermedades. ¿Qué nuevas Misiones hacen falta? Echemos una mirada a nuestro alrededor. Quedémonos cerca. Pensemos en Madrid.

 

La Misión del siglo XXI en nuestras ciudades ha de ser luchar contra la soledad del hombre: la soledad del hombre sin Dios, y la soledad de los hombres y mujeres que se aíslan. Con mayor énfasis aún, debemos hacer frente a las situaciones de exclusión social.

 

La soledad se ha convertido en un rasgo de nuestro mundo. Y no se trata de un mero estado de ánimo: es una realidad social, económica, familiar y humana. Observando con atención, pronto se encuentran sus efectos. La soledad a la que me refiero tiene diversas variantes:

  1. La soledad como artículo de consumo
  2. La soledad no deseada
  3. La soledad-exclusión

La soledad como artículo de consumo

 

La soledad que ostentamos en primer plano es una soledad elegida. Se disfruta como un artículo de consumo. Hablo de quien pone sus fuerzas en vivir una vida libre de interferencias externas.

Esta soledad es fruto de la elección personal de quien encuentra más beneficios en una existencia individual que en una existencia compartida.

Proliferan los restaurantes de comida rápida con mesas individuales. Pasamos horas sentados frente al ordenador o frente a la televisión. Elegimos aparatos de música con auriculares para andar por la calle. Aumentan las viviendas unipersonales. El trabajo se convierte en una carrera de una persona contra el resto del mundo, y no en un servicio a la sociedad. La diversión también se experimenta a solas y se vuelca en el consumo de objetos y de experiencias, en vez de en compartir.

El trasunto de esta soledad es una visión de la vida como lucha individual, promocionada por el individualismo. En muchas ocasiones, esta soledad implica también la falta de Dios. El hombre se aísla y se rompe. Falta a este planteamiento la experiencia de que el encuentro con el otro es lo que verdaderamente nos construye. Sólo el encuentro con el otro nos hace humanos.

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La soledad no deseada

 

De la soledad elegida a la soledad no deseada sólo hay un paso. El mundo concebido como lugar para seres individuales, no deja espacio para mirar al otro y descubrir sus necesidades. No deja tampoco lugar para pedir ayuda cuando la necesitamos.

Así es como muchas personas llegan a una soledad que nunca eligieron. Quizás de mano de la vejez, de la muerte de un padre o de un esposo, de la pérdida de un hijo, de la ruptura de un amor o de la frustración de una amistad.

Por otro lado, la vida como experiencia individual no deja mucho tiempo para la comunicación. Los problemas de comunicación terminan generando una terrible soledad: la de quien está rodeado de gente. El hombre puede terminar viviendo solo, estando cerca. Viviendo entre extraños. Esta es también la soledad del extranjero, o del que es diferente.

 

 

La soledad-exclusión

La última estación en este camino que aísla a las personas es la exclusión. Esta es, sin duda, la soledad más dolorosa e irremediable.

Una soledad que acampa junto al ajetreo general de las calles. La soledad de un hombre, una mujer, que sobran: que son invisibles. La soledad del inmigrante que ha perdido sus raíces y carece de un mundo propio; la soledad del yonqui, de los sin-techo. La soledad de muchos ancianos y enfermos. Cientos de personas son excluidas de la vida de las ciudades, y lo son en todos los aspectos: económico, social, profesional, familiar y humano.

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La Misión del siglo XXI en nuestras ciudades ha de ser luchar contra la soledad del hombre: la soledad del hombre sin Dios, y la soledad de los hombres y mujeres que se aíslan. Con mayor énfasis aún, debemos hacer frente a las situaciones de exclusión social. Hoy ofrecemos el encuentro y la fraternidad frente al individualismo inerte. ¡Salgamos de nosotros mismos, renunciemos a nuestra comodidad si es preciso! Seamos germen de solidaridad, seamos lugar de encuentro para los demás hombres y mujeres. Cambiemos nuestra mirada.


 

Siguiendo a Juan Antonio Guerrero Alves (La ambigüedad de decir nosotros: soledad y exclusión en nuestra cultura. Sal Terrae (2007) 469-481.

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (14)

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  1. Pedro dice:

    Muy buen artículo María

  2. Mª Rosario Toldos dice:

    Me parece un gran artículo muy realista y que ojala siembre inquietudes para tratar cada uno desde su situación  a poner nuestro pequeño remedio.  Gracias

  3. Loreley dice:

    Efectivamente, hay que hacer frente a estas situaciones, cada uno desde nuestra realidad. El remedio pasa por ganar en  humanidad y en cercanía. Pasa también porque el otro no nos resulte nunca indiferente. Pasa, a fin de cuentas, por un ejercicio activo del amor al prójimo.

    Descendiendo a la práctica, es importante vencer el miedo a conversar con un desconocido; acercarnos al que es diferente. También, reconocer que necesitamos a los demás. ¡Aprender a pedir ayuda!

    Una actividad de voluntariado puede ser una excelente manera de acercarse a las personas que más lo necesitan y que no están en nuestro radio habitual de actuación.

  4. Alfonso dice:

    Acertadísimo el tema. Muy necesario de una acción por nuestra parte. La más mínima se nota. Por compartir algo de mi vivencia querría animaros a mirar a la cara a esas personas excluidas de nuestra sociedad. Gente que te pide limosna,que está tirada en el suelo, que te ofrece algún producto a cambio de una moneda. No cuesta nada mirarlos a los ojos, sonreir y darle los buenos días y rechazar su oferta dado el caso con un “no gracias”. Evitar ser bordes, evitar bajo toda circunstancia ignorarlos. Creo que más que dinero esas personas necesitan atención.
    Cuando iba en metro a la universidad siempre había en la entrada por la que pasaba por las mañanas un chico guineano que vendía la Farola. Jamás le compré un periódico ni le dí dinero. Todos los días le daba los buenos días y le sonreía, el contestaba con una sonrisa y devolvía el saludo.
    Un día falté a clase y por tanto no pasé por el metro. Él al día siguiente me preguntó qué me había pasado!!!! Me echó de menos!!!! Eso me enseño que no es ninguna tontería tratar al prójimo como una persona y más si es una persona necesitada de trato humano.
    Siento la chapa pero quería compartirlo por si a alguien se le ocurre ponerlo en práctica.

    Un saludo

  5. Loreley dice:

    Gracias, Alfonso, por tu comentario. ¿Qué está en nuestra mano para luchar contra este problema?

    Lo que cuentas, Alfonso, es clave: respetar la profunda dignidad de cada hombre y cada mujer. ¿Qué más? ¿

    Cómo acompañar a las personas que, quizás muy cerca de nosotros, están solas? Nuestro tiempo es el recurso más valioso en esta lucha. Pasar nuestro tiempo con quien necesita compañía. Escuchar al que lo necesita… quizás nos sorprendamos viendo que, al vivir de manera más humana, también nosotros nos sentimos salvados de una existencia solitaria, de una vida vivida en primera persona.

  6. Mota dice:

    Muy buen artículo María.
    Fiel a tu estilo pedagógico. Me ha gustado mucho.
    Tienes tenéis toda la razón. Nuetro tiempo, nuestro cariño, nuestra mirada…muchas veces, les da más que nuestro dinero.
    Me ha gustado mucho la evolución desde la soledad buscada hasta la exclusión.
    Son más llamativos los casos de los excluidos pero es muy doloroso la soledad buscada, que se transforma en no deseada.
    Gracias por esta columna tan sensible y clarividente, Loreley.

  7. tuky dice:

    Pensaba en que cada día hay más “solos” en el mundo. No necesariamente indigentes, inmigrantes, personas con especiales dificultades. Vivimos rodeados de aislamiento. Y va en aumento…hoy en día los adolescentes, los jóvenes y los que ya no lo son tanto han sustituido en numerosas ocasiones los encuentros reales por los virtuales. Me da miedo… parece que muchas veces el progreso se vuelve retroceso si no se aprende bien. El café con un amigo se ha sustitudio por el chat con el desconocido…No sé por qué me ha surgido esta reflexión, pero ha sido a través de tus letras, Loreley…seguimos meditando…

  8. Loreley dice:

    El contacto con los demás es fundamental. Y, como pone de relieve "Tuky" (nuestra querida Mart), el contacto también tiene que ser visual y físico. Tocar al otro, es una de las formas de cercanía más certeras. Las palabras sirven de poco cuando se trata de luchar contra la soledad… hace más la presencia física, el contacto, la mano en el hombro, el abrazo. No subestimemos el poder del abrazo.

    Aun así, agradezco este contacto escrito con todos vosotros.

  9. Ingrid dice:

    Este artículo es de los que tienes que leer no solo con los ojos sino con el corazón. Los que están solos no son necesariamente los que están tirados en la calle, los que piden; puede ser alguíen de nuestra propia familia. Gracias por hacernos parar y pensar.

  10. Loreley dice:

    En efecto. Lo que dice Ingrid es verdad.

    Una verdad escandalosa: tal vez a nuestro lado, alguien esté solo.
    La lucha contra la soledad, empieza en casa.

  11. Florentino dice:

    Mi apreciada y admirada María , yo pregunto en alto: ¿Soledad o vacío interior del ser humano?. Ha dicho Benedicto XVI que aquel que le reza a Dios, no está solo. Recuerdo a los eremitas o ermitaños que buscaban y buscan, porque todavía los hay, la soledad para encontrarse con Dios, una soledad buscada si, pero mira, qué cosa más curiosa, que esa soledad nos ha dado tantos y tantos santos. Otra faceta de la soledad (al menos, aparente)que hace descubrirnos a nosotros mismos y a los demás, aunque pudiera parecer paradójico.

  12. Loreley dice:

    ¡Muchas gracias, siempre apreciado Florentino!

    Claro que sí: el recogimiento y el silencio en soledad son necesarios. Y esa soledad es elegida, y debemos elegirla, o de lo contrario terminaremos llevando una vida superficial. Sólo parándonos y dejando espacio para el encuentro con el Señor podremos ser del todo nosotros mismos, escuchar, y entregarnos.

    Y lo que desde luego es paradójico es que habiendo tanta soledad elegida, tanta vida vivida a solas, haya tan pocos espacios para el silencio, para que la soledad pueda convertirse en escucha.

  13. miguelangel dice:

    una vez más, el artículo de lorelay es el que más respuestas conlleva…y yo me apunto al carro con bastante retraso por cierto!!!
    la experiencia que nos cuenta alfonso es interesantísima…creo que todos la podemos vivir fácilmente, y realmente nos podríamos sentir bien y contentos con nosotros mismos con algo tan sencillo como saludar o sonreir al que nos pide dinero…pero, yo siempre me pregunto: es esto suficiente???
     
    y si damos un paso más: si entregamos limosna o dedicamos algo más de nuestro tiempo, una hora a la semana, dos horas a la semana…a visitar a personas que viven solas…me vuelve la misma pregunta:es esto suficiente????

    es una pregunta que siempre me ronda la cabeza…hacemos lo suficiente? debemos hacer algo más? hasta donde debe llegar nuestro compromiso al respecto (en tiempo, dinero, dedicación, etc)?  llevo muchos años con esta básica pregunta en la cabeza, y sigo sin tener respuesta

  14. Loreley dice:

    Yo tampoco tengo respuesta. Sé que el hecho de tener la pregunta en la cabeza es básico: la inquietud, el hecho de que no nos sea indiferente el sufrimiento de otros. Hacerse esa pregunta es el primer paso para vencer a la soledad: cuando el prójimo no nos es indiferente, entonces no generaremos soledad y exclusión a nuestro alrededor.

    Con todo, sólo la inquietud no basta. Las buenas intenciones no son suficientes. Decía Jon Sobrino que la solidaridad empieza con la compasión por el otro, que se sigue de una actuación.

    Y es que, como dice San Ignacio,
    "El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras".

    Creo que hay que empezar haciendo lo que podemos hacer ahora, pero sin cerrarnos a más.

    Cuando preguntan a Jesús quién es el prójimo, él responde con la parábola del buen samaritano. El prójimo es todo aquél a quien vemos sufrir, conocido y desconocido, parecido a nosotros o diferente. Así que, empezando en casa, siguiendo por los amigos, por los conocidos y terminando con los desconocidos y los distantes, hay mucho trabajo por hacer.

    El buen samaritano socorre al hombre que había sufrido una paliza, se hace cargo de él, lo hospeda y paga su estancia. Hacerse cargo de una persona, por tanto, es comprometerse con ella.

    Lo único que puedo decir es que creo que comprometerse en serio es necesario:
    Si tienes tiempo, dándolo (voluntariado o no, dándolo a quien lo necesita)
    Si tienes dinero, dándolo
    Si tienes… ¡dándolo todo!

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