MISIONES, UNA MISIÓN
“Id por todo el mundo y haced discípulos míos a todos los pueblos”. El último mandato de Cristo antes de subir al Cielo resuena en la Pascua con especial intensidad. El Cristianismo, la Iglesia, a fin de cuentas, solamente existen allá donde hombres y mujeres concretos –cualquiera de nosotros- han seguido este mandato de Cristo al pie de la letra. El privilegio que ha sido poder compartir tantos momentos con un puñado de estos en Zimbabwe me animó a indagar cómo, desde la nada, en menos de cien años, se hace fuerte la presencia de Cristo en un rincón cualquiera del mundo.
Siempre nos parece que la gente del pasado era de un modo que vuelve “natural” que, mientras España acaba de escribir el “Lazarillo”, y comenzaba a construir El Escorial para dar gracias por la paz con Francia, mientras un tal Legazpi navegaba hacia las Filipinas y un Cabeza de Vaca exploraba los Estados Unidos, mientras la Inglaterra isabelina restauraba con el Acta de Supremacía la herejía anglicana, mientras los turcos dominaban la mitad del mundo, llegara al territorio del sur del poderoso río Zambeze un jesuita portugués. Discípulo de Javier y de los otros primeros jesuitas llegados a Portugal en 1540, Gonzalo da Silveira bautizó con el nombre de Felipe al Monomotapa, el “Gran Rey” de la única civilización africana que puede recibir tal nombre, la de las “Casa de Piedra”, el Imba Matombo, el Zimbabwe.
La presencia cristiana en estas tierras, sin embargo, no cuajó igual que otros lados donde ello nos parece casi “natural”: dos meses después de la conversión del Gran Rey, una reacción anticristiana hizo mártir a Silveira, y a finales del siglo XVIII no existe ya traza alguna de cristianismo en la zona. La tierra a la que llegarían los primeros misioneros protestantes más de dos siglos después no había conocido el Evangelio ni por referencias: Robert Moffat y David Livingstone, a partir de 1824 y hasta 1871 –el período de las grandes revoluciones liberales en Europa, y de la revolución industrial- serán por lo tanto verdaderos pioneros del Evangelio en el África subtropical.
La Iglesia católica, recuperada de la enorme crisis que comienza en 1773 con la supresión de los jesuitas (la mitad de sus misioneros en la época), y que pasa por la Revolución francesa, el aprisionamiento de Pío VII por Napoleón, las revoluciones liberales, la República romana de 1848, la supresión del poder temporal de los papas y la lucha contra las filosofías materialistas, vuelve a ser capaz desde mediados del siglo XIX de reavivar su actividad misionera, y encomienda de nuevo a los jesuitas la evangelización del área del río Zambeze. Doce pioneros, de los cuales 3 belgas, 3 británicos, 3 alemanes, 2 italianos y un lichtenstenés, cruzan el Limpopo en abril de 1879 en cuatro carros de bueyes, atravesando veinte kilómetros al día por tierra virgen africana. Aunque fueron bien recibidos en el poblado del rey zulú Lobengula (Bulawayo), su misión les llevó hasta pasado el valle del Zambeze, a más de 2.000 kilómetros. Cinco años después de su partida fallecía el último de los doce, y sus misiones, de nuevo, desaparecieron con ellos.
Esta vez sin embargo su epopeya -recogida en el libro “Viaje a Gubulawayo”- no fue en balde, y pronto atrajo el interés de muchos otros jóvenes misioneros dispuestos a dar a la vida en la tierra que se vino a llamar “la tumba de los jesuitas”. Las misiones de San Jorge, Empandeni y Kutama ya estaba así establecidas cuando, en 1890, llegaron al inmenso territorio que entonces se llamó Rhodesia -más de dos veces el tamaño de España- los primeros colonos ingleses. A partir de entonces, y durante 50 años, la evangelización seguiría el ritmo de la colonización.
En 1949, sin embargo, Pío XII encomendó un área enteramente pagana, de unos 100.000 km2, donde aún vivían bosquimanos, al Instituto Español de Misiones Extranjeras, que, nacido en el Burgos de los años veinte, agrupaba a sacerdotes diocesanos con inquietudes misioneras. Mientras España se levantaba después de la guerra, Europa recibía el Plan Marshall y construía la Comunidad Europea, y el mundo se enzarzaba en la Guerra Fría, los primeros 9 misioneros españoles, entre los que se encuentra el hoy obispo emérito de Hwange, Mons. Prieto, que a sus 85 años se encuentra ingresado en La Paz con metástasis, llamaron en su ayuda a las Misioneras Hijas del Calvario, fundadas en México a principios del siglo XX, y que contaban ya con una importante presencia en España. Su primera tarea sería la de atender a los trabajadores tonga ocupados en la construcción de la gran presa Kariba, en un área sin carreteras, ni puentes, ni electricidad, ni teléfono, y cuya lengua y costumbres eran hasta entonces desconocidas para los occidentales. A las primeras construcciones en Kariyangwe (un hospital, una escuela y una iglesia) siguieron decenas de nuevas iniciativas que son hoy lideradas por personal nativo: Lukhosi, Jotsholo, Hwange, Dete, Kamativi, Binga, Victoria Falls, Gokwe, Gwave…
Las hermanas clarisas llegaron a Zimbabwe en 1980 y los hermanos claretianos en 2006, estabilizando en unos 30 el número de misioneros españoles en el país. Juntos han construido de la nada las misiones, escuelas, hospitales y proyectos de desarrollo que hoy constituyen las diócesis de Hwange y Gokwe, territorios donde la cuarta parte de la polación ya es católica; constituyen el grupo que mejor conoce las lenguas tonga, nambya, nyanja, dombe y shangwe (además de hablar inglés, ndebele y shona), y a quien se deben en ocasiones las únicas publicaciones, gramáticas y diccionarios que existen en estas lenguas; y son los defensores de la dignidad de hombres y mujeres en uno de los países más castigados del mundo por el desgobierno.
Así, mientras España se cuestiona a sí misma por enésima vez, mientras Europa mira al Este y el mundo lucha contra el terrorismo islamista, y sufre la crisis financiera más grave desde 1929, estos 25 hombres y mujeres abren su corazón con generosidad, creatividad y valentía al mandato de Cristo de “ir por todo el mundo”, dándonos con su fe, su alegría y su trabajo el mejor testimonio de que, aunque todos desde casa podemos y debemos ser misioneros, Cristo nos sigue mandando a ir por todo el mundo.
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Muchas gracias Fer por las nociones de cultura y de historia misionera. Parece que esa tierra del sur del valle del Zambeze ha entrado en tu vida y ha dejado mucho más que papeleo y curro administrativo. Me alegra saber que nuestro país tiene gente en su cuerpo diplomático que ve con los ojos de Cristo allá donde esté.
En cierto modo tú eres bastante misionero aunque lo niegues. A mí me enseñas lo duro que es ser cristiano lejos de tu casa y lo importante que es la perseverancia en las adversidades. La gente que te conociera en Zimbabwe seguro que no permaneció impasible y porsupuesto mucho menos nuestros amigos árabes (pobrecitos, no saben que tienen al enemigo en casa)¿cuántos has convertio ya?jeje
un abrazo.
Vaya baño de conocimientos, Fer. Estupendo y completo artículo sobre un pais del que solo oimos cosas malas en la prensa. Muchas gracias por instruirnos.
Tuve la suerte de visitar Zimbabwe y la Misión de Dete, y de conocer de primera mano ese lugar maravilloso y a estas personas que dan su vida por el Señor.
Salir de uno mismo, salir de nuestra tierra, en sentido estricto o figurado, es imprescindible. Abandonar las seguridades que nos impiden entregarnos al otro. Poner al Señor en el centro, y con Él las necesidades de los demás hombres y mujeres.
Ahora debemos tener un recuerdo especial para los misioneros que están en Zimbabwe. En las últimas semanas, tras las elecciones, se están generalizando las agresiones y las persecuciones entre la población civil. La situación económica es devastadora, miserable. Fácilmente podría desencadenarse una Guerra Civil, entre tribus. El valor de los misioneros en Zimbabwe destaca más aún en estas situaciones.
Felicidades al autor de tan magnífico artículo. Informativo, si, pero sugerente de mil reflexiones: cómo Dios sigue suscitando el celo misionero a través de los siglos, como Carlos III se murió sin revelar las razones que escondía en su corazón para expulsar a los Jesuitas (de tan ignominiosa manera), como un diplomático puede ser un misionero eficaz, simplemente con su ejemplo, tanto con los naturales del país de su misión, como con los representantes de otras naciones…Repito, magnífico artículo.