La Vigilia Pascual
Según una antiquísima tradición, la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección es una noche de vela en honor del Señor. Los fieles, tal como lo recomienda el Evangelio, deben estar como los criados que, con las lámparas encendidas, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue les encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa. Es también este el sentido de encender las velas, esperando el regreso del Señor, es decir, su segunda venida en poder y gloria.
La celebración de esta Vigilia se desarrolla de la siguiente manera: después de un breve lucernario o liturgia de la luz, que es la primera parte de la Vigilia, la Iglesia, llena de fe en la palabra y en las promesas del Señor, contempla las maravillas que el Señor Dios ha realizado desde el principio a favor de su pueblo, entrando así en la liturgia de la Palabra, donde contemplamos desde la creación del mundo del libro del Génesis, el paso del Mar Rojo, la época de los profetas, hasta que, al acercarse el día de la resurrección y acompañada ya de sus hijos renacidos por el bautismo (liturgia bautismal), es invitada a la mesa que el Señor, por medio de su muerte y resurrección, ha preparado para su pueblo (liturgia eucarística).
Nada más comenzar la celebración, se enciende el que es asperjado en silencio, después, se toma parte del carbón bendecido y colocado en el incensario, se pone incienso y se inciensa el fuego tres veces. Mediante este rito sencillo reconoce la Iglesia la dignidad de la creación que el Señor ha rescatado. La cera del cirio, a su vez, resulta ahora una criatura renovada. Se da al cirio el sagrado papel de significar ante los ojos del mundo la gloria de Cristo resucitado. Por eso se graba en primer lugar la cruz en el cirio. La cruz de Cristo devuelve a cada cosa su sentido. Por ello el Canon Romano, una de las Plegarias eucarísticas, dice: “Por él (Cristo) sigues creando todos los bienes, los santificas, los llenas de vida, los bendices y los repartes entre nosotros”. Al grabar en la cruz las letras griegas Alfa y Omega y las cifras del año en curso, el celebrante dice: “Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo. Y la eternidad. A él la gloria y el poder. Por los siglos de los siglos. Amén”. Así expresa con gestos y palabras toda la doctrina del imperio de Cristo sobre el cosmos, expuesta en San Pablo. Nada escapa de la redención del Señor, y todo, hombres, cosas y tiempo están bajo su potestad. Termina el celebrante encendiendo el fuego nuevo, diciendo: “La 1uz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu”.Tras el cirio encendido que representa a Cristo, columna de fuego y de luz que nos guía a través de las tinieblas y nos indica el camino a la tierra prometida, avanza el cortejo de los ministros. Se escucha cantar tres veces: “Luz de Cristo” mientras se encienden en el cirio recién bendecido junto con todas las velas de la comunidad cristiana. Nos introducimos de este modo en un nuevo momento en el que celebramos que la vida ha vencido definitivamente a la muerte. La muerte continúa existiendo pero ya ha perdido su poder definitivamente por Cristo que la ha vencido de una vez para siempre. Nosotros, bautizados, hemos sido incorporados a esta nueva situación, es decir, si Cristo ha vencido a la muerte, nosotros, por él también saldremos victoriosos de ella. Esta es nuestra esperanza y esto es lo fundamental de las celebraciones de estos días.
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