Dios os envía los musulmanes a casa…
El padre Samir Khalil Samir en San Jorge.
Pocas personas como él podrán acercarse al complejo mundo de la relación entre cristianos y musulmanes desde dentro de la tradición oriental y occidental a un mismo tiempo.
El pasado martes, 10 de junio, se organizó casi repentinamente en nuestra parroquia una reunión en la Rotonda -llena hasta arriba- con un invitado muy especial, de paso por Madrid: el padre Samir Khalil Samir, s.j., un hombre de Dios, del que se podría decir que lleva a cumplimiento el ideal del homo viator (peregrino), cuya patria está siempre anhelando mientras camina -vive- por el mundo.
Nació en El Cairo (Egipto), el país que cuenta en la actualidad con mayor número de musulmanes (75 millones aproximadamente), en el seno de una familia cristiana (su madre, de rito grecocatólico; su padre, de confesión ortodoxa).
Ingresó en la Compañía de Jesús en el año 1955 y pasó el noviciado en París. Actualmente vive y enseña en Beirut (El Líbano), aunque también pasa ordinariamente temporadas en Roma (como profesor) y en Alemania (como “párroco”).
Pocas personas como él podrán acercarse al complejo mundo de la relación entre cristianos y musulmanes desde dentro de la tradición oriental y occidental a un mismo tiempo.
El encuentro arrancó con la oración del Padrenuestro y concluyó con el Ave María, ambas en árabe y español, de modo que no olvidáramos que la lengua y la cultura árabes no se identifican unívocamente con la religión musulmana, más bien fueron antes cristianas. En medio el padre Samir tomó la palabra y durante una hora y media sin interrupción, y apoyándose en unas cuantas preguntas previas de los presentes, discurrió dilatadamente sobre la posibilidad de convivencia entre cristianos y musulmanes, sobre lo específico del Islam (a un mismo tiempo religión, ética, política, cultura…), sobre los cristianos en Marruecos, sobre los musulmanes en Europa, etcétera.
Fue abundante. Yo quisiera recordar al menos algunas cosas.
El padre Samir confesó no temer tanto al Islam cuanto a los cristianos europeos que han perdido -o están perdiendo- la identidad. Sólo cuando alguien está convencido de lo suyo, resulta algo atractivo para otros. El problema de una hipotética inmigración-invasión musulmana en Europa reside, sobre todo, en la actitud débil europea, que no cree en sus propios valores, no se da cuenta de ellos, no los defiende y sucumbe fácilmente ante quien se presenta crecido con los suyos. Europa se asemeja al adolescente en crisis de autoestima, que no puede madurar y mirar al futuro sin resolverla. Cuando todos miran a Europa porque, en cierto modo, la envidian, ella no valora la herencia cristiana que ha recibido de modo inherente.
Pero no sólo esto. No basta valorar y estar convencido de lo propio. Al cristiano se le ha dado algo mejor. Se le ha dado algo siempre superior. Una fe que le está siempre invitando a lo más. Una fe que no se contenta con el término medio (característico del Islam), que no se contenta con conceder un espacio “razonable” a las pasiones humanas y a la sed “religiosa” del hombre logrando un equilibrio, una fe que invita al creyente a entregar la vida por completo como Jesús en la cruz, donde la pasión de Dios se hace una con la pasión del hombre. Ese es el más del cristiano que le convierte en algo atractivo para quien le visita y le conoce. Es un más que no se impone por la fuerza, sino que se contagia con dos actitudes claves: autenticidad de vida y apertura de corazón.
Dios nos ha enviado los musulmanes a casa, dijo tal cual el padre Samir. Después de muchos siglos, en los que los misioneros cristianos generosos y tenaces se estrellaron siempre contra el muro del Islam, ahora por diversas razones llegan ellos a Europa, y comienzan a vivir en un mundo extraño, totalmente extraño a su mentalidad en la que se confunde lo político con lo religioso y no hay espacio posible para el ateo. Llegan y comienzan a vivir, de alguna manera, más libres. No tienen la presión tan férrea de la familia, de la mezquita, de la sociedad, del Estado, donde todas las pautas de vida les son señaladas. Pero, ¿qué es lo que encuentran entonces en Europa? … ¿Acaso habrá misioneros hoy capaces de anunciarles el Evangelio, como los hubo en otro tiempo? Abramos el corazón a ellos. De modo sencillo. Contagiando el amor de Cristo. En una pequeña conversación. Tal vez no se convertirán inmediatamente, pero irán siendo evangelizados poco a poco. El extranjero está siempre en peores condiciones. Recuerda que tú también fuiste extranjero en Egipto… No te contentes con que aquel musulmán puede salvarse, siguiendo de buena fe credo. Anúnciale ya la plenitud de la vida. Nadie querrá sobrevivir enfermo si puede vivir ya sano. Paciencia en el trato con ellos. Vida auténtica, corazón abierto.
La lectura que hizo el padre Samir de la historia reciente europea, de nuestra historia actual, conmueve. Entrevé el designio salvífico allí donde otros no ven (¿no vemos?) más que amenazas. ¿No serán estas amenazas una proyección de nuestra debilidad? No es un falso optimismo. No ignora el padre Samir todas las dificultades que presenta el Islam. ¡Cómo va a hacerlo quien nació en Egipto y vive en Beirut! Pero nos ofreció una visión tocada por la gracia, una visión que ha de despertarnos del tedio y de la apatía propias de una cultura secularizada que margina a Dios.
Muchas gracias de todo corazón, padre Samir.
Patricio de Navascués
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Muchas gracias, Patricio.
Gracias Patricio.
No pude ir a la charla (me hubiese encantado) y te agradezco que nos la hayas resumido con tanta belleza y tan bien escrita.
Debo meditar todo lo que cuentas, es muy profundo.
Gracias también por estrenbarte en SJD.
Gracias, Patricio.
Cuando los cristianos no proponemos algo máximo, ¡no convencemos!
Cuando hablamos de lo suficiente, de lo bastante, ¡no hacemos falta!
Cuando vivimos en la autocomplacencia, ¡nos lo perdemos todo!
Cuando esperamos que todo suceda por nuestras escasas fuerzas, ¡aspiramos a lo más bajo!
Sólo cuando reconocemos el don del amor incondicional, empezamos a ser verdaderamente cristianos.
¿Cómo miro a quien es diferente de mí? S
eguramente, de primeras, sienta el vértigo de la diferencia, que a veces se parece a una amenaza.
Pero si soy capaz de permanecer y mirar a los ojos del otro con amor y con deseo de acercarme, empezaré a ser cristiana.
Sólo entonces, quizás hablando, quizás trabajando, surge el vínculo más verdadero, el que une a los hombres y mujeres no por estar de acuerdo, sino por apoyarse en el amor y la apertura al otro.
Así, nada de lo que suceda a mi hermano me será indiferente.
Este compromiso esencial es la clave de todo.
Patricio, me lo llevo para leerlo en el avión, como el artículo de María. Los he leído por encima y me han encantado, además de que ya me habían hablado de lo interesantísima que había sido la conferencia. Ya lo comentaremos en Madrid.
Un fuerte abrazo y gracias a los dos.
Fernando
PD: por cierto, es Indonesia el país del mundo con mayor número de musulmanes, con creo que unos 200 millones de ellos.