Medallas en Falujah
Decía acertadamente Ortega y Gasset que “yo soy yo y mi circunstancia”, y por ello, aunque este mayo de 2008 me invitaba a hacer una reflexión sobre las premisas intelectuales de ese otro mayo de hace 40 años, a la hora de sentarme ante el teclado he decidido escribir sobre lo que es en este momento mi circunstancia. Y es que, delante de mí, en la pila de periódicos atrasados por unos días de frenético trabajo, no dejan de enojarme los titulares de ayer del “Arab News” y la “Saudi Gazette”: «Un Marine intenta promover el cristianismo en Falujah».
Y me enojan porque los comentarios de las noticias, que recogen las opiniones de los jefes y catedráticos de la ciudad iraquí, así como de los periodistas saudíes, son del siguiente tenor: “No ha pasado por casualidad, estaba planeado y hecho intencionalmente”; “la población sunní no puede aceptar y soportar este tipo de cosas; no podré controlar las reacciones populares si estos incidentes siguen ocurriendo”; “hemos pedido el más duro de los castigos para los responsables”; “como musulmanes, no podemos aceptarlo”; y el que me deja más helado: “esta es la segunda ofensa que se perpetra contra el Islam por las fuerzas de ocupación en este mes; la otra fue el uso de un ejemplar del Sagrado Corán como diana de entrenamiento por otro marine, que ya ha sido castigado”.
¿Qué ha ocurrido excatamente? Al parecer, un marine destinado en la “ciudad de las mezquitas” que es Falujah ha repartido desde un puesto de control hasta 10 medallas con la inscripción en el anverso en árabe “¿Dónde pasarás la eternidad?”, y en el reverso el versículo de Juan 3, 16 “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Único Hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna”.
Dado que esto es supuestamente una columna de cultura, estaría tentado de incluir aquí un catálogo de errores y pecados sufridos por los católicos de todos los siglos de manos de nuestros hermanos ortodoxos, judíos y musulmanes, o simplemente de las doctrinas inaceptables que aparecen en los Hadices o el Talmud. Pero creo que no procede, porque no cabría en este breve artículo, y sobre todo por el mandato divino de no mirar la paja en el ojo ajeno y fijarse más bien en la viga del propio. Sin embargo, sí creo que hechos como el reciente escándalo de Falujah nos tiene que recordar dolorosamente que no sólo ninguno de “nuestros hermanos” ha hecho público arrepentimiento de sus errores y pecados contra los demás, sino que ninguno ha cambiado oficialmente su doctrina respecto de la libertad religiosa y su relación con los católicos. Que el uso de un ejemplar del Corán como diana suscite airadísimas reacciones me parece natural y muy legítimo, pues es una terrible falta de respeto. Pero que un insignificante acto de apostolado sea puesto a la misma altura que aquél porque se realiza en “tierra del Islam” tiene que recordarnos a todos cuáles son “los desafíos del católico” del siglo XXI, como diría Vittorio Messori.
También decía Ortega que “el hombre no tiene naturaleza, sino historia”, y ello también se puede aplicar a los grandes credos, de cuya teoría se puede sacar casi de todo en la práctica. La Iglesia, enseñaba el catecismo, es santa “por sus obras, por sus hombres, por su vida”. Así pues, creo que debemos de estar muy orgullosos de que el Papa haga honor a su título de “pontífice”, es decir, de “hacedor de puentes”, y que se consagre en alma y cuerpo a construirlos entre las grandes religiones del mundo. Prueba de su éxito es la ya manifiesta disposición de altos representantes de éstas a sentarse a dialogar.
Pero creo que no es menos importante que, a la vez que rezamos por la constante purificación de la Iglesia, sigamos rezando por la conversión de nuestros hermanos a Aquél que es “la Verdad”, o al menos a la libertad de los Hijos de Dios. No solamente porque “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”, como dice San Pablo, sino porque sin ello seguiremos viendo castigarse a uno que reparte medallas cristianas en tierras de donde se ahoga el cristianismo desde hace catorce siglos, mientras que los que los oprimen son bienvenidos en nuestras iglesias y en lo que ya ha dejado de ser la tierra de la Cristiandad. Nunca es tarde para pedir que ellos también empiecen a cambiar su naturaleza y su historia cambiando sus circunstancias.
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Muy acertado tu artículo. Enhorabuena.
Me ha gustado que se empiece a escribir del gran reto de nuestra época. Sin caer en discursos catatrofistas como el de Huntington, o caer en la tentación de los excesos cometidos en épocas pasadas, tenemos ante nosotros una "batalla" que librar. Y no contra nuestros hermanos de otro credo, sino contra el odio que se ha instalado en sus corazones.