Ayer como hoy: una peregrina en Tierra Santa en el siglo IV

Mis padres me llamaron Egeria, como la ninfa de los álamos que pueblan la vega de mi Coca natal, y como la mujer del piadoso Numa Pompilio, ilustre predecesor de mi tío Teodosio, a quien ya todos llaman “el grande”. Mi familia era pagana, pero a los 19 años descubrí a Jesucristo en la predicación de Prisciliano, cuyos errores únicamente comprendería más tarde.

La vida en mi Abadía da Cova, no obstante, no conseguía acallar las inquietudes que quitaban la paz a mi alma, con lo cual después de 7 años de vivir contemplando al Señor del Cielo, decidí partir a conocer al que fue el Señor en la tierra. En el año 381 partí a pie desde Finisterre para Palestina, recorriendo en cuatro años la décima parte de los 80.000 kilómetros de calzadas del Imperio. Mi posición social me permitió disfrutar a veces de la protección de los soldados de éste, pero mentiría si no reconociera haber pasado miedo, hambre y privaciones de todo tipo que han ido minando implacablemente mi salud.

Ha sido el precio de haber podido conocer la Tierra Santa. Y no puedo negar que mi llegada a esas latitudes fuera, cuando menos, decepcionante. El crecimiento de la población, la tibieza en la fe de nuestras Iglesias Madre –a pesar de la presencia de Jerónimo y sus seguidores- y las obras de las nuevas basílicas que se construyen sobre los santos lugares desde que la Emperatriz Elena los visitara hace algo más de medio siglo, hacen que poco quede reconocible de los suelos que pisara el Señor. Como ocurre en el siglo, también en Tierra Santa el ruido del mundo –comercio, obras, prisas- oculta al observador poco avispado la savia invisible que le da la vida y la razón de ser, que nos son sino la presencia discreta y constante de Cristo resucitado.

Sin embargo, ¡qué incomparable alegría y honor es darse cuenta de que pones los labios allí donde el ángel se apareció a María, allí donde Jesús nació y jugó, allí donde trabajó y descansó, y allí donde padeció, murió y resucitó!. ¡Qué descubrimiento el compartir con cristianos griegos, armenios, romanos, egipcios o árabes, la comunión en el Señor de la Historia!. Poco a poco la imaginación va supliendo lo que falta de esos mismos lugares y eliminando lo que sobra, de modo que para cada cual ya nunca volverá a ser lo mismo leer las Sagradas Escrituras, y amar a Dios hecho un hombre que ahora puedes casi palpar.

Parece que el Cielo ha querido, además, preservar la esencia de la parcela de tierra más amada de Jesús, la Galilea en que centró su predicación y donde quiso pasar la mayor parte de su tiempo resucitado, y el Tabor donde anticipó su pasión y su gloria. Así, en torno al lago, acallado el bullicio de Tiberiades, uno escucha hoy como entonces escucharon los discípulos, los mandatos de su Señor: “dadles vosotros de comer”, “remad mar adentro”, “no tengáis miedo”…

Llevo ya años en Constantinopla, y mi débil salud me impide retomar el camino de vuelta a mi amada Galicia, donde me espera el reencuentro con mis hermanas y hermanos. Tal vez el Señor me lleve desde aquí a la Jerusalén Celeste, como me ha llevado a la terrenal. Pero moriré alegre, cantando con el salmista: “lo que había oído, lo he visto en la ciudad del Señor”.

Constantinopla, 12 de octubre del año 389 del Señor

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Comentarios (3)

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  1. Loreley dice:

    Un precioso testimonio. Gracias.

  2. Florentino Romero dice:

    Los que vamos, el próximo mes, a emprender el destino de Egeria, no digo el camino porque los tiempos y circunstancias son distintas, comparten esa misma inquietud hoy diecisiete siglos después, y os puedo asegurar  que, a pesar de los muros, de los vendedores de mil y un “recuerdos”, el Espíritu de Dios estará presente. ¡Bendito y alabado sea Jesucristo!

  3. Mota dice:

    Gran artículo Fer.
    Qué placer es leerte. Derrochas cultura, fe y verdad.

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