Cristo nunca está de vacaciones (¡menos mal!)

Este verano sólo he tenido una semana de vacaciones, y la he dedicado a ir de Ejercicios Espirituales. Ha sido una decisión sin duda inspirada por el Espíritu Santo, que habita en cada uno de nosotros. Lo creo puesto que, humanamente, no me apetecía nada, y sin embargo tenía muy claro que debía ir, que Cristo que tenía una cita conmigo en un minúsculo pueblo de Ávila, llamado Duruelo.

Los Evangelios nos narran como, cuando Cristo se retiraba a orar, su lugar predilecto era el desierto. Duruelo es un perfecto desierto: un punto perdido en la fría meseta castellana, que dista 30 km de la carretera nacional más cercana. No es lugar de paso y tampoco tiene cobertura de teléfono móvil. Su población está formada, en invierno, por 2 familias dedicadas a la ganadería de vacuno. Y una tercera familia… muy especial.

Duruelo es desierto vivo, oasis fecundo. Su corazón ardiente lo forman unas 20 carmelitas descalzas que habitan un convento fundado por Santa Maravillas sobre las ruinas de un antiguo convento del Carmelo masculino. Es un lugar cargado de historia, ya que en Duruelo, fue donde el místico S. Juan de la Cruz comenzó su andadura. Aquí se instaló en el S. XVI, habitando en una mísera choza de ramas, y buscando a Dios en soledad y penitencia. Aquí le visitó la gran Santa Teresa de Ávila…

Indignos de tan santo lugar, trece ejercitantes hemos tenido la dicha encontrarnos con nuestro Amado. Siguiendo el método que Dios le reveló a S. Ignacio en Manresa en 1522, hemos presenciado milagros en nuestro corazón y nuestra alma. Lágrimas y risas; rosas y espinas; torrentes y sequías… Cruz y Resurrección. Aquí es donde se me ha concedido el enorme regalo de contemplar durante un solo segundo, cómo Cristo ha sufrido por nosotros hasta el extremo.

Os aseguro que, al acercar los labios al Cáliz que Dios le dio de beber a su Hijo, sientes, cuando el vapor del vino toca tu rostro, como si besaras un hierro al rojo vivo. Te abrasas, y quieres morirte, ante tal insoportable dolor, al ver hasta qué punto Dios se negó a sí mismo al abrazar la Cruz, para salvarnos. Ni siquiera has mojado tus labios, y ya te hundes al intentar cargar, durante un segundo, el peso de una sola astilla de la Cruz que nuestro Señor cargó por amor personal a cada uno de nosotros… Pues imaginaos cómo debió de sufrir nuestro Salvador al beber el cáliz entero…Dice el Evangelio: “Los amó hasta el extremo”

A pesar del enorme e indescriptible dolor que he sentido durante esta corta visión, doy gracias a Dios por ello, ya que me ha permitido tener una ligera idea de cuánto Dios nos ha amado, de qué precio ha pagado por darnos la Vida Eterna.
Si los católicos interiorizáramos esto un poco más, seguro que estaríamos bien atentos en las eucaristías (momento en el que se actualiza la Pasión del Señor)… Os animo a que penséis en ello cuando se os vaya la imaginación en misa. Os animo a que deis gracias a Dios, no sólo por la vida presente, sino especialmente, por la Vida Eterna.

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Comentarios (4)

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  1. harrier, eso q dices q has compartido durante un sólo segundo la pasión, y q has sentido un enorme dolor durante este segundo…estás hablando metafóricamente o literalmente? pq cualquiera diría q fue un dolor y una experiencia real…

  2. Loreley dice:

    Gracias, Harrier. La fe se alimenta de la experiencia de Dios.
    Y nuestra fe también se alimenta de tu experiencia de Dios, compartida y repartida en este testimonio.

  3. Mota dice:

    Espectacular testimonio Harrier.
    Muchas gracias, buen amigo.
    He vibrado con tu columna.

  4. Charo Calatrava dice:

    Muchas gracias por compartir con todos tu experiencia de Dios.  Es verdad que Cristo nunca esta de vacaciones. El siempre esta a nuestro lado cuidandonos

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