¡Ja, ja, ja!
Siempre he tenido un toque de locura, una vena payasa. Cuando me da, pierdo la vergüenza y me permito decir y hacer todas las tonterías juntas. Recuerdo que una amiga y yo nos disfrazábamos con un sombrero de tirolés y unas gafas muy ridículas en el metro, sólo para reírnos y para hacer reír. Confieso que me gusta cantar -y bailar- “La vaca lechera” y otra versión parecida: “El pollito Crispín“. Me gustan las bromas. Y no me importa sufrirlas cuando son ingeniosas. Recuerdo una que fue muy divertida, este verano. Un grupo de cincuenta personas posábamos para una foto. Entonces, un amigo salió al balcón que había sobre nosotros y vació un cubo de agua sobre nuestras cabezas. A todos se nos congeló la sonrisa forzada que habíamos puesto para la foto, y a continuación explotamos en una larga carcajada.
Hay un punto muy liberador en el humor: una relajación que proviene de darnos cuenta de que no tenemos que tomarnos tan a pecho a nosotros mismos. Para mí es un alivio relajarme y detener la máquina del perfeccionismo o de mis neuras, recordándome que muchas cosas no son para tanto.
Por lo demás, el sentido del humor es el fruto más cierto de la alegría sincera. Estoy convencida de que no hay nada tan cristiano como una buena risa… o como una risa buena, que no es lo mismo. La alegría llama a más alegría, y mueve a crecer en el amor, a unirse a otros, a hacer la vida mejor.
Algo muy similar en apariencia pero completamente diferente, y contrapuesto, es la ligereza. Consiste en utilizar el humor para restar valor a lo valioso, para poder presentar como opción deseable algo que es malo. Cuando se habla con ligereza, el humor es una excusa para permitirse decir cualquier cosa, sin tener que responsabilizarse de ella.
La sociedad de nuestro tiempo se ha llamado “la sociedad de la ironía“. Se puede bromear sobre cualquier cosa porque el humor y las bromas son aparentemente inocuos. Proliferan las actitudes burlescas en que se niegan sistemáticamente los valores, por la vía de la risa fina, casi oculta. Así, por la puerta de atrás, se termina colando otro mensaje, que ya no es gracioso: no queda nada en pie, porque no hay nada que tenga valor.
El retrato -nada halagüeño- de nuestra sociedad, es el de una gente escéptica respecto a todo, que no encuentra nada por lo que dar la vida. Y este escepticismo, y esta nada, toman a veces la forma de la ironía, esa risa disimulada, fina. Y esto ya no es divertido.
Yo me apunto a la buena risa, a la risa buena. Me apunto a la parodia sana y a la locura.
Soy crítica con los mensajes encubiertos de la ironía. No estoy dispuesta a asimilarlos “porque sí“.
Cuestiono si realmente son neutrales e inocuas las crueldades de “House“, las gracias de “Camino” -de Fesser- y la violencia gratuita de “Padre de Familia” -la serie de La Sexta-.
Soy contraria a la ridiculización estéril, a la burla por la burla, a la mala sombra, y a la risotada del vanidoso que sólo se busca a sí mismo.
Filed Under: Columna Libre • Derecha



el espinoso tema del sentido del humor, de dónde están los límites de la broma, el respeto a lo importante (a lo sagrado?) y la saludable costumbre de reirnos de nosotros mismos…menudo cóctel!!
yo reconozco en este sentido q soy bastante “frívolo”, seguramente más de lo q debería, pero he de reconocer q me gusta la ironía y el sarcasmo, y q cuando la cosa tiene gracia, no me importa reirme incluso de temas mas o menos controvertidos
efectivamente la vía del “humor” puede ser un peligroso caballo de troya por donde nos puedan meter cosas malas, pero yo a día de hoy, y estando en el ambiente en el q estamos, me parece q no es un tema especialmente preocupante..y os digo más…desde un punto de vista, digamos “estratégico” recibir las posibles burlas o gracietas hacia nosotros con santa paciencia, y si es posible devolvérselas con las mismas dosis de humor, es mucho mejor q escandalizarnos, horrorizarnos, manifestarnos y en definitiva, darles más argumentos de que el humor nos hace daño, y una pista para que sigan por esa vía…
todo lo q he dicho, con profundo respeto y entendiendo que hay gente q se pueda sentir ofendida por el humor chabacano o de mal gusto. pero mi opinión personal e intransferible es la q he dado
¡Claro que sí, Miguel! Yo soy la primera que tiene pocos pelos en la lengua.
Estoy de acuerdo contigo en que no hay que tomarse las cosas tan a pecho.
Lo único que hago es distinguir la risa sana de la ironía, y hacer expreso lo que normalmente está oculto. Me parece interesante poder analizar y mirar cómo somos.
No propongo ninguna clase de boicot ni de activismo: simplemente es una toma de conciencia.
No es lo mismo cuando te pones una careta y se ríen contigo, porque el motivo de la careta es causar la risa propia y ajena, a que se rían de ti sin careta.
Para mi, el humor irónico de puñalada trapera en el que hacen reír a la gente de tus principios o peor aun, te hacen reír a ti de tus propios principios sin careta y al descubierto, me parece peligroso y doloroso, es un arma letal de las comunicaciones del siglo XXI: la frivolización de lo normal para hacer de lo anormal algo común.
Como al final de tu columna comentabas series de televisión, una experiencia personal durante mi periodo en la universidad fue observar el odio y burla que se tenía hacia los curas por parte de muchos chicos que ni siquiera conocía a uno personalmente! Lo sagrado es motivo de constante burla, ridiculización y frivolidad extrema en miles y miles de chistes, malos en su mayoría.
¡Gracias!
La explicación de las caretas es muy buena.
En general, y por alguna conversación que he mantenido, quería aprovechar para aclarar que no quisiera que lo que he escrito sirva para alimentar complejos de marginalidad – tipo “sinf, snif, se meten con nosotros“-.
Tampoco para limitar la capacidad de reírnos y de sacar punta a las cosas.
Relativizar lo malo es una excelente medicina.
Pero relativizar lo bueno o reírse de ello termina siendo desastroso. Mi cruzada es contra el humor pretendidamente inocuo que tiene por intención clara expresar que no hay valores por los que merezca la pena vivir.
Ahora me quedo más tranquila.
Los maestros de la ligereza consiguen que ser tacaño parezca divertido; que ser insolidario no suponga mayor problema.
Bien regado de ligereza, ser racista “mola“; ser egoísta e individualista, o cínico, puede resultar gracioso.
Visto así, ser sexista puede parecer una posición admirable.
Y criticar sin piedad los defectos ajenos se convierte en un deporte saludable.
Claro! Esa es la idea Loreley, yo me refería por ejemplo al personaje de Flanders en los Simpson, representa a un Cristiano, generoso, bueno, y devoto del que se hace burla y se ironiza ya no tan sutilmente, y por el contrario Bart y compañia, que haciendo el cafre, e incumpliendo todos los valores es un tipo guay, simpático y moderno.
Justo, justo.
yo me parto con flanders y yo lo pongo como ejemplo de cómo reirnos de nosotros mismos. a mí este personaje en concreto no me ofende, pues efectivamente le ponen como alguien bueno y generoso…ojalá todos los cristianos fueramos buenos y generosos hasta el extremo de ser ridículos a los ojos de la gente!!
Yo también me río con Flanders porque es bueno hasta el escrúpulo y resulta ridículo. Y desde luego que ser cristiano no es buscar la popularidad, sino seguir a Cristo. Pero Miguel, ¿de veras que no ves el punto? Yo no me rasgo las vestiduras ni me escandalizo. Simplemente querría poner un espejo delante de nosotros, de la sociedad que hemos construido, y mirar el resultado.
¿Qué es más sano: ridiculizar lo bueno o ridiculizar lo malo?
El que ridiculiza sistemáticamente la generosidad y ensalza el individualismo, ¿qué clase de mundo ayuda a construir?