Pablo y los "doctores"

Pablo y los “doctores”

Hacia el año 49, el mensaje del Evangelio había empezado a extenderse con fuerza por el Imperio Romano. Hombres y mujeres, esclavos y libres, comenzaban a formar comunidades movidos por su encuentro con los apóstoles. En medio de este ambiente del primer cristianismo, surgieron también multitud de falsos profetas que transmitían mensajes parecidos al de Cristo, sólo que deformados e insuficientes. Como siempre, quizás fueran más dañinas aquellas verdades a medias que las persecuciones o las resistencias de los poderosos.

Una de estas corrientes fue la de los llamados doctores judaizantes”. Algunos predicadores procedentes de Jerusalén extendieron el mensaje de que los cristianos debían someterse a la antigua Ley Mosaica, igual que los judíos. El centro de su predicación era la idea de que sólo eran verdaderos seguidores de Jesucristo los que se hacían circuncidar y cumplían los rituales hebreos en torno a la comida.

Por entonces llegó un grupo de aquellos “doctores” a Galacia (Galatia), en la actual Turquía. La comunidad cristiana de Galacia había sido fundada por San Pablo. El apóstol mantenía con ellos una relación cariñosa y comprometida, a pesar de estar lejos de allí. Encontrándose en Éfeso, tuvo noticias de que sus hermanos gálatas empezaban a simpatizar con aquellos predicadores.

Los primeros cristianos se encontraban ante una alternativa que cambiaría la historia: convertirse en una secta judía o constituir una religión con proyección universal. En respuesta a esta situación, Pablo escribió una de sus cartas más apasionadas: la Carta a los Gálatas. Hoy sigue sorprendiendo por su tono a veces agresivo y por la intensidad de su mensaje, que puede resumirse así:

El cristiano no se salva por la Ley. Se salva por Cristo.

  • Los cristianos no somos esclavos, sino libres.
  • No hemos nacido para la obediencia a la Ley, sino para la libertad de los hijos de Dios.
  • No tenemos que ganarnos el favor de Dios: la salvación es puro regalo y viene de Cristo, no de nuestro sometimiento a ley alguna.
  • Sólo el amor nos hace verdaderamente cristianos.
  • Vivir conformándose con la obediencia de preceptos y reglas es estar fuera de la gracia de Dios.

El mensaje de Pablo no debe entenderse como una condena de la Ley, porque sí. San Pablo no rechaza la Ley: dice simplemente que no puede ser nuestra última referencia.

La Ley representa todas aquellas normas de conducta que en su momento se impusieron porque se consideró que eran buenas. Por muy buenas que hayan sido para nosotros determinadas ideas o directrices, la única referencia debe ser Cristo. Es decir: no tiene sentido vivir de cosas que han funcionado en el pasado, o que han funcionado para otros, si en cambio dejamos de vivir en el Espíritu.

El mensaje de San Pablo está de plena actualidad

La “tentación de los gálatas” estuvo al principio de la fundación de la Iglesia. Y está en nosotros, cada vez que nos quedamos en la letra muerta de los preceptos e ignoramos la voz viva del Espíritu.

Pablo, como siempre, nos pone en alerta: los cristianos estamos llamados a la novedad y al riesgo, no a la comodidad. No estamos hechos para consolarnos con la sumisión a la Ley.

El cristiano del siglo XXI, al igual que el del siglo I, no puede limitarse a ser alguien pasivo que aprende costumbres y tradiciones religiosas. Ayer igual que hoy, no es el tiempo de los cristianos sociológicos y rutinarios, sino de los convencidos. ¿Estamos persuadidos de la urgencia del Reino de Dios?

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (2)

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  1. Pedro dice:

    Loreley, como siempre magnífica. Me gusta mucho el tema que has elegido y la idea que extraes. Qué gran verdad la Carta a los Gálatas y qué actual!

  2. Loreley dice:
    Ga 4, 1-9
    Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo.
    Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.
    Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!
    Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.
    Ciertamente, en otro tiempo, no conociendo a Dios, servíais a los que por naturaleza no son dioses; mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?

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