Sombras que protegen y sombras que oscurecen.

Al inicio del adviento, nuestra mirada y corazón se dirigen, casi inconscientemente, a la madre de esa criatura que esperamos, cuyo vientre, anhelaríamos tocar y cuyo silencio desearíamos escuchar. Una sombra la cubriría hace dos mil años para protegerla, custodiarla, cercarla y asegurar la salud del Hijo de sus entrañas, era el Hijo de Dios. También nosotros necesitamos una sombra que nos refresque de la fatiga, del cansancio, del agotamiento. Signos vitales debilitados no tal vez en el cuerpo sino en el alma que no es indiferente ni impermeable al sin fin de llamadas o estímulos que nos dispersan. Necesitamos a la Madre, esa presencia dulce, serena que es capaz de consolar nuestro espíritu agitado, necesitamos que comparta con nosotros la sombra que cobija y defiende los pequeños signos de Cristo viviente en nosotros.

Sin embrago, este símbolo bíblico de la sombra expresa también la verificación del que camina en la noche, en la oscuridad, en las tinieblas. El evangelista Juan dirá que las tinieblas rechazaron la luz. Hay sombras que hieren los sentimientos, que confunden nuestra sensibilidad y mundo emocional, que siembran el dolor por la vida que no nace en sus múltiples formas. Necesitamos al Hijo de la Madre Santa que nos libere de estas sombras, que nos enseñe a distinguirlas antes de pactar con ellas y que nos de el valor de renunciar a sus propuestas.

Sombras que protegen o sombras que oscurecen…ambigüedad a la que hemos de hacer frente y en cada situación optar. Que este camino del adviento sea para todos/as una oportunidad de crecer en claridad y transparencia dejando atrás lo ambiguo. El Señor Jesús llega! Que haya un espacio libre en tu corazón para acogerle!< >< ><–>

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Comentarios (1)

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  1. Loreley dice:

    ¡Gracias Claudia!

    Vivimos en la ambigüedad de la sombra-refugio y de la sombra-cárcel.

    Lo que escribes ayuda a discernir, y a desear más aún salir de la rutina para abrirnos a acoger al que llega.

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