Año nuevo, cultura nueva.

El insulso ritual del año nuevo (uvas, fiesta de excesos, huecas expresiones de buenos deseos) se convierte cada año en un llamamiento a la renovación cultural de la sociedad en que vivimos, no tanto por el tipo de celebración que nos envuelve –que, a fin de cuentas, puede estar muy bien hasta para aquéllos a quienes no les gusta- cuanto porque ella evidencia la falta de una alternativa cultural y de un fundamento profundo en la cultura contemporánea.

La tragedia de Occidente, igual que la de los fines de año, no es que existan las borracheras de libertarismo, sino que aquéllos que desean algo más no lo encuentran, y se tienen que quedar en su casa avergonzados de haberse quedado colgados en la gran fiesta que anuncia con más de lo mismo unos presuntos tiempos mejores. Y que, a falta de nada mejor, incluso los que, habiendo participado en la fiesta llegan agotados, vacíos y resacosos, tienen que decir “qué bien nos lo hemos pasado”.

En “La Rebelión de las Masas”, Ortega achacaba el vacío de la modernidad a la falta de unas élites que dirigieran a la gente, en su sentido más amplio, hacia los valores superiores y los ideales eternos. Hoy día, en cambio, no solamente sigue siendo dicha élite casi invisible en la sociedad, sino que cada vez es más patente la existencia de otra “élite” que quiere hacer dormir a las masas en el hedonismo, el buenismo y la superficialidad. No haría falta ilustrar esto con los lemas de “yo pongo condón”, “no a la guerra” o el dedo en la ceja.

A lo largo de nuestra Historia, los cristianos han sido la única “élite” en este sentido capaz de crear una alternativa que, sin arrasar con todo lo bueno de la cultura laica, le dé un sentido y una profundidad nuevas. Habría por tanto que preguntarse si seguimos siendo hoy “sal” de la Tierra, o si nos hemos conformado con la sosez de nuestro pequeño mundo sin aspirar a volverle a dar nuestra cultura el impulso católico que ya Azaña decía en los años 30 que España había perdido.

En este sentido, en una reciente conversación con un amigo libanés yo le preguntaba por qué el cristianismo había pervivido en Líbano cuando en el resto del mundo árabe había desaparecido, y me contestó que creía que era porque eran los únicos que habían estado dispuestos a “partirse la cara” con quien fuera para asegurar su supervivencia, y que eso nacía de su convencimiento de que existían para ser una referencia para todos los demás árabes, y no simplemente para sí mismos.

Me dijo además que recordara que la expresión “las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” no quería decir que “las fuerzas del Infierno no podrán con nosotros” sino que “las puertas del Enemigo no podrán resistir nuestro empuje”. Es decir, recordaba que una errónea lectura de esta expresión nos hace estar a la defensiva, cuando en realidad el cristianismo es una fuerza ofensiva. “El fermento está para transformar la masa”, me recordó.

El año nuevo nos invita por tanto a renovar los esfuerzos por crear una cultura de vida, una civilización del Amor. De nada valen las fiestas, las uvas el cava y los buenos deseos si no expresan que ha habido tiempo para escuchar al de al lado, para rezar por él, y para trabajar por construir una cultura en la que el hombre valga más que su placer y se busque la sabiduría, temer a Dios, conocerse a uno mismo, y vivir para los demás, y no el éxito, el placer, el poder o el dinero. Y sobre todo, tenemos que ser conscientes de que eso se tiene que convertir en un empuje en toda la sociedad, que la transforme en aquéllo que queramos que sea cuando nuestros hijos y nietos vayan a celebrar sus fiestas de fin de año.

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Comentarios (2)

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  1. Ana dice:

    ¡Aplausos, por 1 vez lo entendí y pude compartirlo ;) !
    Ana

  2. miguelangel dice:

    joer fernando, una vez más con tu artículo, paso de una radical y plena adhesión, a un temor o rechazo, solo con pasar de una frase a otra…

    le volveré a dar una vuelta ya te contesto más en detalle…

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