Carta a un cristiano [in]satisfecho
Sé que eres cristiano. Sé también que hace tiempo que esa opción vital se ha ido enterrando al fondo de tu conciencia. Lo que en algún momento te ilusionó y empezaba a cautivarte, ahora se ha enfriado.
Has hecho grandes esfuerzos para llegar donde estás. Y ahora miras qué hay entre tus manos. ¿Qué hay? Lo que has conseguido te enorgullece. Pero ahora, mirándolo de cerca, pierde tamaño e importancia. Te has terminado acostumbrando a lo que tienes
Cada meta alcanzada te ha dado mayor seguridad. Has ido construyendo un pequeño mundo donde te mueves a gusto, donde todo es familiar y amable. Estás suficientemente contento.
Pero alguna vez, cuando te has parado, has sentido un anhelo que nunca se queda quieto. Es, hasta cierto punto, incómodo. Es inquietante sentir necesidad, sentir sed, cuando uno sólo quiere estar saciado. En realidad deseas que suceda algo con tu fe. Lo sientes a ratos, a veces con claridad y otras veces a medias. Durante mucho tiempo sólo les has pedido al Señor que no te abandonara, por mucho que tú estuvieses distante y ocupado en otras cosas. ¿Crees que estás demasiado lejos?
Quieres mirar adelante, aunque te da vértigo. Quieres que empiecen a pasar cosas entre Dios y tú. Tu fe, que se ha quedado tan pequeña, casi no deja espacio para esa novedad. Pero anhelas que llegue Él y la aumente, que supere tus límites.
Te digo que es imposible que vuelvas a tu fe anterior. Esa ya quedó en un tiempo pasado. Y el Señor no es de los que se recrean en la melancolía. Él quiere entrar en tu mundo, abrirlo y llenarlo. Esta idea, aunque te consuela, también te hace sentir miedo. “¿Tendré que renunciar a lo que he conseguido? ¿Tendré que cambiar mi vida?” Muchas veces tu oración se reduce a repetir estas preguntas, hasta que ya no lo soportas más. Como el joven rico, hay un momento en que decides darte la vuelta e irte.
Puedes seguir dando vueltas a esto, sintiéndote incómodo. O puedes atreverte a estar disponible para el Señor. Puedes atreverte a mirar de verdad cuánto has acallado y desatendido tus deseos más hondos. Puedes aceptar el reto de sentir, en toda su fuerza, la sed de infinito que siempre late en tus entrañas. Puedes dejar a Dios ser Dios, y dejarte a ti ser criatura. No eres un conseguidor, ya no lo eres. Eres el hijo amado y buscado por Dios desde siempre. Eres la oveja que el pastor carga sobre sus hombros y que se duerme mansamente. Eres el amigo que se sienta a la mesa con Él y a quien le confiesa la última noche que le ama hasta el extremo. Hasta el extremo de morir por ti, y darte todo.
Filed Under: Portada



Loreley, GRACIAS.
Qué sensibilidad, y qué verdad en esta carta a todos nosotros.
Has reflejado con especial certeza lo que nos ha pasado y nos sigue pasanso a muchos de los que queremos estar con el Señor, amarle y que su presencia sea constante en nuestra vida.
Gracias de verdad. Es una carta preciosa y muy reconfortante.
Mirémosle siempre a Él, amémosle, busquémosle, que Él entre y convierta nuestra vida.
Bonita carta. Se nota que sale de la capilla, tras ratos de intimidad con Dios. Me gusta la idea de demoler la imagen de conseguidor: “Yo conseguí tal grado de fe o de cercanía a Dios”. Tú no lo conseguiste, se te regaló, y el fuego prendió en tí, porque tú quisiste, pero también porque Él quiso.
Cuando Dios nos toca, jamás se olvida, por muchas cosas que hagamos o nos pasen. Recordamos cuando Dios nos tocó en la infancia, o en la adolescencia, o en ese viaje hace tanto tiempo, o en aquel rato de oración… Las cosas de Dios tienen ese perfume inmutable y una vez que lo saboreamos, sabemos reconocerlo al instante. Busquemos, pero que la búsqueda no sea una carrera, sino un abandonarse en lo que ya sabemos que tenemos. Quizás eso sea parte del “truco”.
Gracias a vosotros
Salmo a la búsqueda de Dios
Señor, Señor, ¿por qué te escondes de mí de esa manera?
Te llamo con todas mis ansias
Te busco en todas direcciones
Grito desesperadamente haciaTi
Me ofrezco a Ti por entero…
¿Qué más quieres?
¿Acaso vas a negarte indefinidamente a escucharme?
Hijo mío, deja de agitarte de ese modo.
¿Cuándo vas a comprender
que no eres tú quien me busca,
sino Yo quien te llamo desde siempre;
que no eres tú quien me ora,
sino Yo quien intenta sin descanso hacerme oír por ti;
que no eres tú quien me desea,
sino Yo quien aspira a ti infatigablemente;
que no eres tú quien me llama,
sino Yo quien, día y noche, llama a tu puerta?
Tus oraciones y tus súplicas
no son sino respuesta a las que yo te dirijo.
Y es que el hambre que tienes tú de Mí
jamás podrá compararse
al hambre que Yo tengo de ti.
La sed que tienes tú de Mi agua
no se aplacará jamás
si no aprendes, en el silencio
a venir a beber de Mi fuente
sin desear ninguna otra..