El cristiano ante la crisis económica

Desde un punto de vista económico parece que se estuviese cumpliendo la vieja maldición china: “que vivas tiempos interesantes”. La descomunal crisis financiera que tantas páginas -y no solo de color salmón- ha ocupado los últimos meses la Prensa ha creado un desasosiego brutal en muchas economías domésticas, grandes y pequeñas. Pero por desgracia no acaba ahí la cosa puesto que a continuación nos sobreviene la crisis propiamente macroeconómica, aquella que afecta a la economía real. Tantos años de excesos tocan a su fin de forma abrupta y a una crisis de confianza se junta una escasez crediticia, y sin financiación no funcionan ni empresas ni familias. Los negocios ajustan su menores volúmenes de ventas suprimiendo puestos de trabajo. Tocan tiempos difíciles en los que los más afortunados no perderán sus empleos, aunque el paro será tan amplio que afectará a todos de forma cercana.

En el plano de lo social, nuestra sociedad pondrá a prueba su red de seguridad asistencial. Muchos capearan la mala racha con subsidios y ayudas. Nuestros políticos inevitablemente sentirán la tentación de abrir el grifo del gasto público, no de forma racional y controlada para estimular la economía y compensar la menguante demanda agregada mediante obras públicas generadoras de riqueza y puestos de trabajo, si no a través de regalos a los amigos y mecanismos de clientelismo y conservación del poder. Nuestra calidad democrática sufrirá en la medida que cualquier demagogo aproveche el descontento popular para hacer propuestas insensatas y soluciones mágicas. La Historia se repite y tenemos ejemplos suficientes de regímenes pseudototalitarios cercanos como para conocer sus orígenes y sus consecuencias.

Se decía que cuando América estornuda Europa se resfría. Cuanto más en esta recesión que ya está a las puertas, cuando el primer mundo sufre un parón económico de una magnitud histórica, el tercer mundo, ya de por sí sufriente desde siempre tendrá que ver como sus ínfimas esperanzas de una salida se desvanece a medida que el único cliente que le compra las materias primas y le presta ayuda tecnológica se abrocha el cinturón y deja de comerciar. Si en la época de vacas gordas para algunos habitantes del planeta millones pasan hambre y mueren, que sufrimiento no aguardará a estos pobres desgraciados cuando las vacas flacas hacen acto de presencia.

El objetivo de este artículo no es deprimir al querido lector, si no poner la cruda realidad por delante para poder pensar fríamente sobre la necesidad de ser coherente con nuestra fe en estos momentos tan difíciles y complicados. Ni vale el catastrofismo desmoralizador de no ver un atisbo de salida y que paralice todo intento de buscar soluciones ni mucho menos el buenismo mentiroso de los que aseguran, desde la comodidad de sus bien remuneradas atalayas, que esto es un episodio pasajero y superficial.

La primera conclusión que se puede extraer es una lección de humildad. Aquel que pone su felicidad tan solo en lo material inevitablemente construye la casa sobre arena y quedará defraudado. Estos días hemos visto como multimillonarios se suicidaban ¿Para que les sirvió por lo tanto tantas riquezas? Igualmente el hombre orgulloso de su progreso material se ve incapaz de controlar el desarrollo económico, un artificio propio, y es víctima de sus ciclos caprichosos y exagerados. El cristiano tiene la obligación de poner orden en los bienes terrenales usando la inteligencia que Dios nos ha dado, pero sin cometer abusos y sin olvidar que los recursos son de todos. Al final el “homo fabiens” que gustan de decir los profesores de Economía se siente realizado en su profesión , en su quehacer, sea manual o intelectual. La meta no puede ser acumular más y más puntos efímeros si no saberse útil, o en lenguaje más progre “sentirse realizado”. Esforcémonos en ayudar al prójimo a conservar su dignidad y su deseo de verse apreciado.

La segunda es que el cristiano debe buscar la justicia, especialmente con los más necesitados. Esto va mas allá de la lógica solidaridad con los menos favorecidos. Supone una constante exigencia hacia los gestores de lo público para que tomen decisiones sabias buscando el bien común, y no cortoplacistas y populacheras. Tirar la casa por la ventana e inflar desmesuradamente el déficit público supone dejar en herencia a las siguientes generaciones no ya solo una deuda insoportable si no posiblemente una inflación muy dañina para el poder adquisitivo de la clase asalariada. En lo relativo al tercer mundo, el cristiano no puede caer en las demagogias baratas que desvían responsabilidades para crear culpabilidades teledirigidas. Hay comida de sobra en el mundo y medios técnicos para crearla y distribuirla. Lo que lo impide sabemos de sobra que es la corrupción y la tiranía de unos gobernantes sin escrúpulos. Bien estaría que los que tenemos la fortuna de vivir en sistemas democráticos y Estados de Derecho asumiésemos como necesaria la exigencia de presionar a nuestros representantes para que conduzcan la política exterior de manera consecuente, no comerciando con regímenes que no asisten a su pueblo y colaborando más eficazmente con ONGs próximas a la realidad y especialmente la Iglesia misionera.

La fortaleza está en la compañía. Nuestra fe no es algo privativo que se viva en la soledad si no que está para ser comunicada. La alegría de sabernos Hijos de Dios nos tiene que acompañar a diario. No creo que el Nazareno hijo del carpintero nadase en la abundancia y sin embargo le sobraron tres años de andanzas por un paisaje polvoriento acompañado de un pequeño grupo de rudos pescadores para cambiar el rumbo de la Historia. Su buena nueva no hablaba precisamente de alcanzar bienes materiales pero parece ser que su alegría fue contagiosa. No podemos permitirnos caer en la depresión, de sentirnos incapaces, de estar de brazos caídos. ¡Nada es imposible con Dios a nuestro lado! Por poner un ejemplo más cercano a nuestros días, tengo entendido que la Madre Teresa de Calcuta no se lamentaba ni de sus escasa fuerzas ni del saldo en su cuenta corriente cuando se levantaba temprano para socorrer a los leprosos. Posiblemente estaba demasiado ocupada en extender su amor y en hacer oración como para detenerse en su propia persona. Ojala desde el cielo nos asista en nuestras vidas y que salgamos de esta crisis con humildad, con un mayor sentido de la justicia y más unidos por el amor fraterno.

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Comentarios (3)

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  1. Florentino dice:

    Como hacía mi abuelo (q.e.p. d.) en épocas de escasez, compraba tres panes, si tenía para ello y los repartía de la siguiente manera: uno para sus trabajadores, otro para su familia y el tercero para los pobres.  Cuando no había bastante, su familia incluso se quedaba sin el. No sé si estaría muy de acuerdo con las tesis económicas actuales, pero eso le ayudó a salvar la vida en la Guerra Civil, entre otras cosas. Os puedo asegurar que fue un hombre feliz

  2. miguelangel dice:

    DE LO MEJOR QUE HE LEIDO EN MUCHO TIEMPO
    BREVE, CLARO…Y DIRECTO!!!
    GRACIAS FLOREN

  3. Floren dice:

    No hay de qué Miguel Ángel. Yo comprendo que el ambiente es propicio a dejarse llevar por el pesimismo, pero si algo tenemos los cristianos es que cuando nos hundimos, ponemos nuestra Esperanza en Dios. Cuando fallamos, sabemos que Dios nos perdona. Pues aunque las cosas pinten mal, si somos y hacemos lo que decimos, no hay crisis que valga, Dios proveerá. Frente a los problemas y al quejido de perro apaleado, soluciones, ánimo, ilusión (que no quiere decir hacerse el iluso) y sobre todo, en el día a día, Dios al frente de cada uno, como estandarte de salvación. Por muy grande que pueda ser el sacrificio, ¡mira la Cruz!.

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