“Al fin sintió hambre”

Durante el tiempo litúrgico de la Cuaresma en nuestra parroquia se organizan distintas actividades: retiros, charlas cuaresmales, ejercicios espirituales, convivencias, celebración comunitaria de la penitencia; todas ellas para prepararnos más intensamente a vivir la Semana Santa.

 

Sin embargo, tenemos el peligro los cristianos de ver el comienzo de la Cuaresma como el del nuevo año, es decir, que se convierta en un momento de hacer una declaración de buenos propósitos o intenciones “parroquiales-colectivas” o “personales-de cambio en mi vida”, y de un cambio a mejor, se supone; pero estos dos tipos de propósitos, a diferencia de los navideños, vienen cargados de un tinte más espiritual, esto es, dejando que Dios tenga también una palabra en esos “planes”.

 

¿Qué merece ser matizado en este planteamiento? Que esos “planes” ya están hechos y todo lo que yo haga debe ir en relación a lo que se me propone: un cambio desde el interior. La Iglesia, siguiendo el ejemplo del Salvador, recomienda tres prácticas unidas al ejercicio de la Santa Cuaresma: la oración, el ayuno y la limosma. Las demás prácticas suelen estar en relación con estas. El problema, pues, está en comprender el sentido de estas tres y en concretarlas en mi vida. No hay demasiada originalidad. Sin embargo, ¿por qué año tras año insistimos en las mismas cuestiones? La respuesta tampoco es una proeza: porque somos los mismos. Necesitamos una y otra vez recordar que el tiempo cuaresmal es un momento de especial lucha contra el pecado. Lo muestra significativamente el pasaje del Evangelio del primer domingo: las tentaciones del Señor: “Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4, 2). Intuimos cuáles son las formas de saciar esa hambre, y sabemos que un alimento como la Palabra de Dios no nos defrauda en este sentido.

 

Benedicto XVI afirma con ocasión de la Cuaresma del 2009, “con el ayuno y la oración le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios”.

 

Es ya un lugar común la afirmación según la cual el hombre vive de espaldas a Dios en la sociedad actual. Sin entrar en profundidad a analizar este planteamiento, sí que es necesario señalar que sí tenemos las armas necesarias para que yo me olvide de Dios lo menos posible: si yo hago oración, ayuno y doy limosna alejaré de mí todo lo que distrae el espíritu para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. De esta manera nos pondremos en disposición de hacer de nuestra vida “don total de uno mismo a Dios”, tal y como afirma Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor. Si durante este tiempo se nos recomienda orar con mayor empeño, acudir a la lectio divina, a la reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia y a la activa participación en la Eucaristía no es sino para que podamos sentir esa hambre a veces tan apagada no sólo a nivel colectivo sino también en el plano meramente personal.<–>

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