Cuando dejamos de controlarlo todo
He descubierto hace bien poco cuanta libertad resta el vivir con rigidez. No quiero que malinterpretéis mis palabras, hablo de esa rigidez absurda que a veces nos autoimponemos y que eleva a la categoría de imprescindibles cosas o aspectos que bien podrían haberse quedado en el lugar de las insignificancias. Yo vivo así.
Hace bastante tiempo un regalo que me hicieron mis amigas comenzaba: “Ve plácidamente entre el ruido y la prisa…” y esa frase aparentemente suave me hirió en lo más profundo. –Ve plácidamente, ve plácidamente…¿Hace cuanto que no voy plácidamente? ¿Hace cuánto que los asuntos intrascendentes ocupan mi mente?
No sé si es un mal común o un pecado mío y nada más, pero a veces reconozco en el ambiente ese mal. Preocuparse por llegar a tiempo de ver la película de Telemadrid en vez de prolongar esa charla con un amigo que lo necesita. Esa obsesión absurda de bajar a comprar tomate a las once de la noche por no mezclar los macarrones con otra cosa. Esa turbación de la realidad que parece imprimir el fútbol, más importante que cualquier otra cosa que suceda. La necesidad de lanzarse a las rebajas como si de un animal en busca de comida se tratara por el mero placer de comprar, de adquirir, de acumular.
Cuántas veces nos hemos perdido una puesta de sol, una noche de estrellas o la risa insólita de un niño que nos examina desde su inocencia por hacer cosas que nos hemos impuesto absurdamente.
Cuántas veces hemos negado al Señor que hiciera en paz su trabajo con nosotros sin querer planearlo y controlarlo todo antes. Organizamos la vida, hasta el más ínfimo detalle perdiendo así la capacidad de sorprendernos. Y la vida…¡puede ser tan apasionante!
Una vez alguien me pregunto: ¿En qué momento de tu vida fuiste más plenamente feliz? Y, sin dudarlo, me vino a la memoria un Camino de Santiago que hicimos sin más brújula que ir al encuentro del Señor en la tumba del Santo Apóstol y, en verdad, sin más alforja que un saco de dormir. Aquella experiencia marcó la vida de los que estuvimos, quizá porque comprendimos que no merecemos nada, que todo nos es dado y que cuanto menos dependes de las cosas, más firmemente ligado estás a Cristo y su providencia.
Y reconocerte hijo que necesita del padre, de un padre que nunca abandona, es garantía inequívoca de paz. Y esa paz, y ese dejarse guiar están inexorablemente ligados a la felicidad anhelada por todo corazón humano.
Y tú, ¿recuerdas algún momento así?
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Marta tienes razón, “los árboles nos impiden ver el bosque”. La vida que llevamos, el orden, o más bien el “desorden” de preferencias en lo que hacemos diariamente, nos pone una venda en los ojos. Por eso es conveniente buscar el silencio, aunque sea sólo un momento, pues aunque el bebé llore porque tiene hambre, o el chaval te llame pidiéndote ayuda porque hay algo que no entiende de los deberes, o el estudio de tal o cual tema no nos “entra” y tenemos que insistir más sobre el, siempre , a lo largo del día hay un rato para rezar, reflexionar, o leer el evangelio de cada día, descubriendo poco a poco que él es lo más importante. Mira, la conversión de San Pablo no se produjo por la luz cegadora y la voz de Cristo diciéndole: “Saulo, ¿por qué me persigues?”, se produjo porque Dios, efectivamente, le “cegó” el sentido “carnal de la vista”, pero le abrió los ojos del alma y realmente “vió”. Cristo que lo había derribado del caballo no sólo a el, sino a su soberbia, ahora le llevaba de la mano por medio de un “guía” y así , asumiendo humildemente su condición inferior en aquel momento, encontró la Verdad. Se enamoró de Cristo y comprendió que toda la doctrina que había estudiado con los sabios de Jerusalén, era sólo eso, Amor a Dios y a los hombres, dándolo todo y sin esperar nada.
ABORTO SI Y SI
Siempre y cuando se aplique con efectos retroactivos sobre las madres de todos los que ahora lo aprueban
Artículo precioso. Me ha dado paz. Y me recuerda un anécdota de otro tiempo, otro lugar. Estabamos mi madre y yo viajando en tren con otros cuatro viajeros. Dos eran unos americanos venidos de la gran ciudad donde su vida estaba gobernada por un ritmo frenético como el que describes en tu artículo. La otra pareja eran unos campesinos centro europeos que vivían en una aldea de montaña. Puesto que el viaje era largo, entablaron conversación con la ayuda de nuestra interpretación de lenguas. Los americanos no se podían imaginar en que se ocuparían los campesinos su tiempo ahí en la montaña, sin televisión, tiendas, cines, clubs de deportes, etc. “Pero no se aburrren?” preguntaron. “Qué hacen todo el santo día?” La respuesta del campesino les dejó sin habla: “Maravillarnos de la belleza de la naturaleza que nos rodea; escuchar sus sonidos y agradecer a Dios todo lo que nos ha dado gratis”. Nunca me olvidaré de la escena.
Ingrid, es precioso lo que has contado. Cuántas lecciones habremos de recibir de los que miran el mundo con sencillez. Gracias!
gracias, Tuky!!
Genial artículo Marta. Cúanto verdad hay en él! Dejarnos hacer por Él. No intentar dirigirlo y controlarlo todo: Él nos cuida, nos quiere, nos ama y Su Voluntad en la verdad para nuestra vida.
Gracias por recordárnoslo.
La oración sólo empieza cuando nos dejamos hacer
No sé cómo será para vosotros, pero yo sólo empiezo a rezar cuando, después de decir varias cosas, pensar en otras más y tratar de disponer el “orden del día”, me detengo, caigo en la cuenta de que estoy delante del Señor y digo “Vale, Señor, Tú llevas las riendas”.
No es que sea un articulo precioso, que lo es. Lo que de verdad hay que agradecer es que toca el fundamento de la vida.
una vez más, tuky da en el clavo
yo no recuerdo una experiencia “radical” en mi vida como la q dices del camino de santiago de ir por ahí sin absolutamente nada, pero siempre me ha seducido la idea de hacerlo, de salir y vivir de la providencia de lo que te den los demás.
y esa pobreza espiritual (a veces también la material) ayuda y mucho