De “normales” y “delincuentes”

El comportamiento humano es desconcertante. Hace unos días saltó a la prensa la historia de dos ciudadanos anónimos que habían auxiliado a una mujer apuñalada por su marido. La habían puesto a salvo, enfrentándose al desalmado, aun a riesgo de salir malheridos. Las Autoridades decidieron conceder a ambos la medalla al mérito policial. Pero poco después trascendió la noticia de que, aparentemente, uno de ellos tenía antecedentes penales por robo y, lo que es peor, por violencia machista. La confusión surgida ha ofuscado a las instituciones, y no se sabe si le otorgarán la condecoración.

Wilson, que así se llama el protagonista de nuestra historia, pasó de héroe a villano en pocas horas. Si las sospechas se confirmaran, estaríamos ante una situación interesante: el ciudadano modélico y el vil malhechor convivirían en un solo hombre. Nos cuesta entender que esto sea posible. ¿Acaso sufre transformaciones como el Doctor Jekyll y Mr Hyde?

Acostumbramos a trazar una línea en la sociedad: a un lado están las personas normales, y al otro están los delincuentes. Una persona “normal” es alguien que actúa como todas las demás, sin llamar demasiado la atención. En cambio, el “delincuente” ha cruzado la frontera que lo separa de la normalidad, y todo en él nos parece torcido.

Probablemente el “normal” no será tan normal. Y con toda seguridad el “delincuente” no es sólo delincuente. El comportamiento humano es muchísimo más complejo que todo esto. Pero a menundo nos basta con poner la etiqueta. Y así seguimos dibujando líneas: entre justos e injustos, buenos y malos, santos y pecadores… Naturalmente, cuando juzgamos y sentenciamos de este modo, siempre lo hacemos poniéndonos en el lado de los justos -así somos-.

El Evangelio amplía formidablemente las estrecheces de nuestros juicios. Cuando trajeron hasta Jesús a una mujer sorprendida en adulterio –para ponerle a prueba-, Él no dibujó la línea divisoria. En cambio, se acercó a ella, la miró con ternura. La perdonó y la protegió de los apedreadores. Y le animó a que no volviera a pecar.

Cuenta el Evangelio de Lucas que cuando Jesús fue crucificado, halló la muerte entre dos bandidos. Uno de ellos le dijo: “Jesús, cuando llegues a tu reino, acuérdate de mí”. Él le respondió: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

¿Acaso la adúltera no había cometido adulterio? ¡Claro que sí! ¡Fue sorprendida! ¿Es que el bandido no había delinquido? Seguramente lo había hecho. Jesús vio todo esto. Pero vio mucho más. Su intención no era juzgar a esa mujer, a ese hombre. Quería acercarse a ellos y llevarlos hasta su Padre.

Cuando juzgamos, en realidad, no somos más que pobres justicieros ciegos. En el mejor de los casos habremos acertado. ¡Enhorabuena! Pero… ¿y entonces, qué? ¿Vamos a tirar la primera piedra? ¿Qué haremos cuando la hayamos tirado?

Jesús no se queda en el juicio: va directamente hasta la persona y la salva. Rompe nuestras míseras cuentas y se queda al lado de quien lo necesita. No relativiza el mal: lo conoce. Y porque lo conoce se acerca al hombre, para liberarlo.

No sé si a Wilson le darán la medalla. Pero sé que si alguien se conforma con llamarlo “delincuente“, refugiándose detrás de la barrera imaginaria de la “normalidad“, se lo está perdiendo todo.

No hay distinción entre griego y judío,

circunciso o incircunciso,

extranjero o ignorante,

esclavo o libre,

sino que Jesucristo es todo en todos” (Colosenses 3,11).

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (6)

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  1. Florentino Romero dice:

    Estimada María: El pecador como el delicuente, ha de pasar por un “proceso” para “penar” o limpiar su pecado o su culpa.  La Iglesia lo pone quizá , si quieres, más fácil, pues con cumplir con los requisitos de la Confesión ( dolor de los pecados, propósito de la enmienda , decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia) se limpia el pecado. Lo que pasa es que incluso eso nos parece dificil y queremos hacer las cosas a nuestra manera. Queremos amoldar lo que Dios nos da, a nuestro interés o modo de hacer las cosas. No olvidemos, pues parece que no lo tenemos tan claro, que Dios se hizo hombre por Él mismo, como modelo para nosotros,  mientras que los hombres pretendemos “humanizar” a Dios, y no siempre en el mejor de los sentidos, a nuestra conveniencia . Sabemos que el “fariseismo” en la sociedad siempre ha existido, existe y existirá, y aquellos que se rasgaban las vestiduras ante la pecadora, no pudieron lapidarla, porque ellos también eran pecadores. Los actuales fariseos, hoy no se rasgan las vestiduras, hoy utilizan otros medios para escandalizar, y sabes que Cristo equiparaba al que escandalizaba con el que cometía un asesinato. La Justicia de Dios, afortunadamente, es distinta de la de los hombres.

  2. Loreley dice:

    Yo soy “delincuente” y “fariseo” a la vez
    (El único que no es delincuente ni fariseo es el Señor. )

    Yo soy, a la vez, la mujer adúltera y quien quiere apedrearla.
    Soy el bandido crucificado y quien lo desprecia.

    Es falsa la posición de quien se cree que tiene derecho a juzgar a otros tan sólo porque él es justo.

    Sólo es auténtica la posición de quien, conociendo el mal, sabe que no está a salvo de él. Así, cuando quien peca es él, sabe arrepentirse y cuando quien peca es su hermano, sabe acercarse, enternecerse, y ayudarle a levantarse de nuevo.

  3. Floren dice:

    Estamos muy acostumbrados a “colocar” etiquetas a los demás e incluso a nosotros mismos, quizá es un defecto de formación por aquello de que todo ha de clasificarse, de colocarse, de ordenarse, de buscar una aparente comodidad, que nos impide conocer a los demás e incluso conocernos a nosotros mismos, ¡limitaditos que somos!. Cuántas veces hemos visto con sorpresa , para bien o para mal, que nos hemos equivocado “calificando”, no digo juzgando, a una persona , por lo que a nosotros nos parece que es, o por la forma como se muestra a los demás. Cada uno somos como somos, y lo que somos, sólamente Dios, que está en todos, lo conoce. Por desgracia cremos que en este gran teatro del mundo desempeñamos uno o varios  papeles preestablecidos, o que otros han realizado antes. No, cada uno tenemos nuestro propio papel único, irrepetible, singular, pero el que libremente queramos representar y con todos los matices que queramos darle. Eso sí, modelos en los que fijarnos no faltan, pero creo que el único que merece la pena imitarse lo más y mejor posible, es Cristo, aunque nuestra burda imitación, solo sea una pantomima. Él siempre nos tenderá su mano para subirnos a su Gran Escenario porque nos ama tal y como somos. Cuando se entiende esto, se empieza uno a verse y a los demás, como realmente somos. Sin juzgarnos y sin juzgar.

  4. Loreley dice:

    No midamos, ¡amemos sin medida!

    Así es, Floren. Mejor es vivir en libertad, sin etiquetarnos a nosotros ni a los demás.

    Y para eso es necesario dejar de buscar que los demás nos den la medida de lo que somos.

    Y también debemos renunciar a ser nosotros quienes midamos a los demás.

  5. Mota dice:

    Muy interesante tu columna Loreley. Y muy acertada.
    Efectivamente, yo también soy normal y delincuente.
    Busoc el bien, al bondad, la belleza…en definitiva, busco al Señor. Me acerco y trato de vivir la Verdad, pero caigo constantemente en el juzgar, en el duro juicio del que no está en el mismo camino, aunque ese camino de por sí sea muy bueno.
    No caigo en que, si Dios no me hubiese dado la fe, yo sería el primero en estar en el “anti-camino”.
    Buscar y vivir a Cristo con alegría e intensidad, pero misericordia y comprensión con el que está perdido. Eso es lo que pido.
    ME quedo con esta frase tuya Loreley: “Así, cuando quien peca es él, sabe arrepentirse y cuando quien peca es su hermano, sabe acercarse, enternecerse, y ayudarle a levantarse de nuevo.”

  6. miguelangel dice:

    Me alegro que alguien saque este tema en un foro como este…y celebro igualmente la confesión de Mota reconociéndose duro juez con los pecadores (jeje mota, es broma)

    reconozco que uno de mis mayores “avances espirituales” (ya q en otros campos, no he avanzado nada) ha sido el de no juzgar a la gente. siempre he sido de juzgar a la gente, pq sigo pensando q existe el bien y el mal, y que hay que adoptar una postura clara, no relativista. pero luego al intentar comprender a la gente, al acercarte al “monstruo” q objetivamente ha hecho una barbaridad…puedes sorprenderte y en todo caso, apiadarte de él, pq igual lleva el demonio dentro, o pq igual busca la verdad y no logra encontrarla.

    todos somos hijos de Dios. todos tenemos su semilla, su dignidad, su huella… Wilson la tenía cuando presuntamente cometió esos abusos, y la sigue teniendo ahora que es un héroe. pq para mí, sin conocerle, es un héroe. Porque todos los hijos de Dios somos héroes y todos terminaremos siendo (como) dioses. (esto último lo dijo PAtricio, pero no recuerdo si el “como” iba incluido o no, jeje)

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