Postrados ante el Señor
“Después de la oración en comunidad, inmediatamente después, lo más hermoso en mi vida es percibir, en las conversaciones a solas, a un ser en su globalidad, a la vez, el drama apenas confesable, el nudo de un fracaso permanente o de una ruptura interior, y los dones irremplazables a través de los cuales la vida en Dios puede, en una persona, consumarlo todo” (Vivir lo inesperado, hermano Roger de Taizé.)
Al leer a Roger de Taizé o a la luz del testimonio ardiente de quienes hallaron la esencia de la plenitud uno comprende que el debate “sobre la vida” no existe. No hay nada que debatir. Lo que es, es y lo que no es, no existe y el motor de nuestros esfuerzos no ha de ser tanto discutir lo indiscutible sino recuperar esa esencia última, olvidada a menudo, de ese famoso “por qué estamos aquí”.
El corazón del hombre, que siempre está bien hecho se muere de dolor ante la espeluznante realidad de las vidas truncadas, de aquellos sueños negados a quienes nunca podrán ser astronautas o padres de familia, de las sonrisas aniquiladas antes de ser esbozadas.
El alma sana se desgarra ante el no reconocimiento de la vejez como un bien inmenso y se desorienta ante aquellos que en su vergüenza se han perdido la confesión trascendental de un hombre que al filo de su vida grita sus últimas miradas con la sabiduría inmensa de quien ha aprendido a vivir, viviendo.
Y por eso, y porque el anhelo de verdad tira de nosotros con su poderosa fuerza uno reconoce que quien atisba el misterioso don de la vida posee algo que todo hombre de bien desearía tener. Y acierta a comprender que el hombre afortunado que vive como si no viviera porque busca como si no buscara y llora como si no llorara es el hombre que en un íntimo encuentro con el camino, la verdad y la vida ha hallado el equilibrio, ha aceptado el bien, y ha asimilado el sufrimiento como parte inexorable de su existencia. Y esa sabiduría alcanzada en la juventud o la vejez otorga a su poseedor el valor infinito para salir a la calle y cambiar, con una mirada, el mundo.
Anhelantes de autenticidad como estamos nos postramos ante quien ha santificado el mundo con su muerte porque reconocemos en Él ese fin a la imperiosa necesidad con que fuimos creados. Cristo vivo y presente ha llenado y llena el corazón de aquellos que a lo largo de la historia han dicho sí por medio de su gracia y entonces todo cobra sentido. Quien vive de su mano nada ha de temer.
Rezamos ardientemente por Vivir, por recuperar o encontrar por vez primera ese sentido último y maravilloso que nos trajo un día a este mundo para darle Gloria al que nos creó y pedimos, con el mismo ardor o más por aquellos a quien el Señor dio la vida y el hombre se la quitó. Para que si es su voluntad sepamos contagiar de tal manera la impresionante gracia de existir que el hombre aprenda a mirar a su creador.
Y en la esperanza de que un día, todos habremos de encontrarnos, queremos avanzar hacia la luz. En un nuevo alumbramiento.<-->
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Espectacular columna Tuky.
Simplemente, sublime.
Me ha elevado, me ha tocado en lo más hondo.
Cuánta verdad y qué bien expresada.
Gracias Marta.
<<Dios puede, en una persona, consumarlo todo.>>
Gracias por hacernos ver cómo se concreta en ti.