Toma tu Cruz, y síguele
Comienza ahora un tiempo privilegiado para los cristianos. La Cuaresma es una renovación de la llamada de Jesús, que se pronuncia hoy y ahora con toda su fuerza:
“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará” (Mt 16, 24-25).
No es posible seguir a Jesús sin Cuaresma, sin tomar la Cruz e ir tras de Él. ¿Acaso se puede amar sin renuncia? ¿Y sin humildad? El problema es que a veces no sabemos responder a esta llamada porque nos hacemos un lío. Pensamos en “Cuaresma”, y nos vienen a la cabeza los actos propios de este tiempo: limosna, oración, ayuno… o más bien una idea desvirtuada de lo que son.
Perdemos el Norte cuando tomamos este tiempo sagrado como un reto. Como si ahora todos tuviéramos que privarnos de cosas, masivamente, porque toca, o por imitación. Como si el Miércoles de Ceniza fuese el pistoletazo de salida de una carrera de obstáculos. Por fin, a nuestra llegada, la recompensa sería dejar de privarnos de todo.
Lo cierto es que estas ofrendas huecas no nos sirven de mucho. Nos tranquilizamos pensando que, al menos, el Señor sabrá qué hacer con ellas. ¿No será que hemos perdido el sentido?
Dice el Catecismo que antes de pasar a los gestos externos “es necesaria la conversión del corazón”. Y añade que “sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas”. Es decir: cargar con la Cruz y seguir a Jesús no consiste en hacer muchos gestos externos, sino en convertirnos profundamente por dentro.
- El ayuno expresa la conversión con relación a nosotros mismos.
- La oración expresa la conversión con relación a Dios.
- Y la limosna y los gestos de solidaridad expresan la conversión con relación a los demás.
Hay un pasaje del Evangelio de Marcos en que Jesús increpa a los fariseos y letrados precisamente por estas cuestiones. Ellos habían dispensado a los fieles de la obligación de cuidar a sus padres mayores si entregaban parte de su dinero al Templo de Jerusalén. De este modo, los judíos podían cumplir perfectamente la Ley sin necesidad de que su corazón se convirtiera. Les dijo:
“Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.” (Mc 7, 6 y 7. Se refiere a Is 29, 13).
“El mandamiento de Dios” sólo es uno -no veintisiete-: amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a mí mismo. La limosna, la oración, el ayuno, la abstinencia… nos ayudan a poner en nuestras obras ese amor gratuito y libre de ataduras. No se trata de hacer el camino más sufrido. No se trata de apretar los puños al grito de “¡Resucitaremos, aunque nos cueste la vida!”. ¡Al contrario! Se trata de aligerar la carga y prescindir de todo lo que nos sobra y nos impide amar plenamente, para abrirnos definitivamente a la Vida.
Lo contrario es no entender nada de la misión de Jesús. Él se ganó la enemistad de las autoridades judías, entre otras cosas, por encontronazos como este. Dio su vida para sacarnos del ritualismo vacío. ¡Y nosotros pretendemos prepararnos para su Pascua con sacrificios inútiles! ¡Qué sinsentido!
No estamos llamados al sufrimiento, sino a la conversión. Y convertirse es ponerse en manos del Señor, sin condiciones, sin limitaciones, sin pactos a la baja. Convertirse es aprender a renunciar a nosotros para amar a los demás. Es servir a los pobres, es vivir con humildad, reconciliados y defendiendo la justicia.
Convertirse, en definitiva, es seguir a Jesús, que nos interpela siempre:
“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará” (Mt 16, 24-25).
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Muchas gracias María por recordarme algo tan importante como que la Cuaresma no es tiempo tanto de “hacer” (sacrificios, penitencias, limosnas) sino más bien de liberarse de ataduras y que esas obras se realicen con un corazón convertido y por amor a Dios y al prójimo. Un sacerdote me dijo una vez, que aunque parezca mentira, cuando Cristo se va al desierto piensa en todo menos en sí mismo. Así nosotros seremos más fieles a Él en la medida en que vayamos al desierto y nos liberemos de nosotros mismos para poder vivir la caridad en el único orden sano Dios, los demás y yo.
¡Que nos lleve al desierto con Él y nos deje estar a su lado!
Gracias a ti, Alfonso.
Más aún me ha ayudado en mi vida el siguiente versículo de ese mismo capítulo de San Mateo: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”, que tantas veces le repitió S.Ignacio a S.Fco Javier y que, al final, acabó provocado la conversión del joven navarro.
Me ha gustado mucho el enfoque, Loreley. Primero la conversión interna, luego llegarán los signos cargados de contenido.
Muchas gracias María por tu estupendo artículo, sin duda fruto de oración!!!Es una reflexión muy buena para el comienzo de este tiempo. Muy recomendable también el mensaje del Papa para esta Cuaresma que nos señala, como tú tb has hecho con este comentario, el verdadero sentido del ayuno. Disponible, como sabeis, en la página web del Vaticano. Un abrazo
Gracias, mj.
Aquí está el vínculo al mensaje en español.
http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/messages/lent/documents/hf_ben-xvi_mes_20081211_lent-2009_sp.html
El ayuno que quiere el Señor
Lectura del libro de lsaías 58, 1-9a
Así dice el Señor Dios: «Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios. “¿Para qué ayunar, si no haces caso?; ¿mortificarnos, si tú no te fijas?”
Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ése el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?
El ayuno que yo quiero es éste: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.”»
Palabra de Dios.