Desde un lluvioso y frío estambul
Nunca pensé que el invierno en Estambul pudiera llegar a ser tan duro como los de mucho más al norte, en Europa. En estos cortos días que estoy teniendo la fortuna de pasar entre estas piedras milenarias, no puedo dejar de pensar que las aguas del mar Negro apenas bastan para atemperar los gélidos vientos que descienden de Asia central, lo justo para que el agua de sus cientos de fuentes rococó no llegue a congelarse. Sí bastan, en cambio, para que sus lentas hojas vestidas de silencio y amarillo nos den un espléndido dictado sobre la ciudad que fue la segunda Roma, el orgullo de la cristiandad, y la capital del mundo, y cuyo esplendor deshabitado y nocturno se observa hoy envuelto en lluvia fría y cantos de almuecín.
Desde nuestra tierra de Arabia parece natural un orden de cosas que aprendemos desde la escuela y que damos tanto por sentado que ni nos cuestionamos que el futuro de nuestras sociedades no esté ya predeterminado. Sin embargo, estará en nuestras manos cuando seamos adultos, y está en nuestras manos cuando somos adultos: todo lo que ocurre y existe es fruto de la obra de hombres y mujeres concretos. Me dirás, porque te creo que ya te voy conociendo, que no puedo despachar así la acción del Todopoderoso en el mundo, y dirás bien. Pero no necesito recordarte (¿o sí?) que Él, que es Espíritu, actúa tocando el corazón de sus elegidos, dándoles las armas para que realicen así –o no- su designio sobre la Tierra. Como dijo Burke, para que el mal triunfe basta con que los buenos no hagan nada.
Este es sin duda el mensaje que implacablemente dictan las frías gotas que bañan a las iglesias que un día proclamaron la gloria de Cristo, y que hoy, rodeadas de agudos alminares que no consiguen romper las negras nubes del cielo, proclaman que no hay más Dios que Alá. Ayer, como hoy, no supieron luchar contra la ola que desde Asia central descargaba sobre ellas; y así el undécimo Constantino perdió para Cristo la mejor parte de lo que el primero había ganado para Él. Y lo perdió –dejando una puerta abierta a los invasores, en el que seguramente es el descuido más imperdonable de la Historia-, frente a un hombre que llevaba, junto al nombre de nuestro Profeta, una fe inquebrantable en su misión. Sólo otra fe aún más grande, la de la Roma eterna, separada de cuyo tronco se pudrió la de Bizancio, detendría la imparable conquista del mundo de nuestra verdad.
De todas las maravillas de esta ciudad, sin embargo, la que más elocuentemente habla es, como no podía ser de otro modo, la basílica de la Santa Sabiduría. Aquélla por la que Justiniano exclamó “te he vencido, Salomón”, en la que el pueblo de Bizancio se reunió a rezar por última vez con su Emperador una mañana y por la noche los nombres de Alá, Mahoma, Abu Bakr, Ali, Omar y Osmán cubrieran sus mosaicos, es hoy un triste museo que se me antoja en memoria de los hombres que se sentaron a ver pasar la vida. Cuatro siglos después del capítulo anterior –un abrir y cerrar de ojos en la Historia- otro Mahoma, otros hombres, otro pueblo -¿o tal vez los mismos?-, habiendo abandonado la fe en su misión fueron engullidos por la lluvia y el viento del laicismo del siglo XX, encarnado en otro hombre que, de nuevo, sí creía en su misión. Caía así un califato de catorce siglos, igual que en 1453 caía un imperio de mil años.
¿Durará otros mil años el imperio del laicismo? No lo sé. Pero este amanecer, mientras me lavaba para la oración del Fajr en la armonía triste del patio de lo que un día fue una iglesia, viendo las desnudas ramas que me rodeaban recordé que, como escribió Kalil Gibran, nuestro destino semeja un árbol: ¿quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? En efecto, en el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante. Mas si el revivir del árbol es obra de Dios y de sus insondables designios, no menos importante es la tarea del jardinero que lo poda, lo abona, o lo apuntala. Nosotros somos los jardineros de nuestro destino, y detrás de cada iglesia que se convierte en mezquita, y cada mezquita que se convierte en museo, hay un “jardinero” que abandonó su trabajo. Te deseo la paz. Tuyo, Shadja.
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Que alegria ver que retomas tus artículos! Gracias por regalarnos desde tan lejos tanta cultura y profundidad…El último párrafo me ha conmovido especialmente.Cuidate mucho,Shadja ,y a la vuelta ya nos contarás que vas haciendo con tu jardín…
Felicito asimismo tu último párrafo: paralelismo esta vez explícito y como tal comprensible! (y la última frase del comentario de Coq q retrata a su autora
)
Magnífico final.
Bravo Shadja. Bravo.
Muchas gracias por animarnos desde tan lejos , rezamos para que vuestra vida de cristianos sea más fácil en Estambul.
Un magnífico artículo. Muchas Gracias por el detalle del árbol….Sigue por ese camino…
Gracias por tus ánimos.