Padre he pecado
El Catecismo de la Iglesia Católica, “libro altamente recomendado para católicos”, como diría Martín Valverde, tiene un apartado titulado “El Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación”. Después de una charla con un amigo en la que surgieron algunas dudas acerca de la necesidad de la confesión al sacerdote de los pecados, revisé el Catecismo y consulté con mi confesor, recordando y aprendiendo muchas cosas que intentaré compartir en esta columna.
Sólo Dios perdona los pecados, Jesús en virtud de su autoridad divina perdonó en varias ocasiones los pecados de los que se acercaban a Él con fe. Pero también Él con la misma autoridad quiso conferir este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre. “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Pero como ocurre con otros Sacramentos, Jesús no deja el manual de liturgia escrito y ahí es donde entran otras de las fuentes de nuestra fe, la Tradición y la Revelación.
El Catecismo dice lo siguiente al respecto “A lo largo de los siglos la forma concreta, según la cual la Iglesia ha ejercido este poder recibido del Señor ha variado mucho” y explica algunas de sus variantes:
Durante los primeros siglos existía la llamada “orden de los penitentes” que concernía a algunos pecados graves, se daba sólo en algunas regiones y se hacía una vez en la vida. Los penitentes debían hacer penitencia pública, a menudo durante largos años, antes de recibir la reconciliación. Fue en el siglo VII cuando misioneros irlandeses inspirados por la tradición monástica de Oriente trajeron la práctica privada de la Penitencia a Europa Occidental, abriendo así el camino a la fórmula empleada desde entonces hasta ahora, que no requiere de largos años para obtener el perdón y permite la realización del Sacramento en repetidas ocasiones.
Merece la pena observar con atención la fórmula empleada por el Sacerdote en la absolución; “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
El que absuelve de los pecados es el sacerdote que ejerce el poder en nombre de Dios, al igual que en todos los demás Sacramentos. Muchos querríamos que el Sacramento fuese autoadministrado en la intimidad de nuestra habitación ¿Por qué no dudamos también todos los domingos de la validez de la Eucaristía y nos la celebramos para nosotros mismos en la misma habitación?
Continúa el Catecismo; “La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del Sacramento de la Penitencia…. En ella el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable, asume su responsabilidad y por ello se abre de nuevo a Dios y a la Comunión con la Iglesia”
Con esta reconciliación la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros (cf 1 Co 12, 26), recibe también la gracia vivificante de Dios.
Por ello la Iglesia no limita el poder de perdonar los pecados de Dios de otras diversas formas pero sí afirma tajantemente que “la confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia”
Ante esto caben dos opciones: Negar a la Iglesia y hacernos nuestras propias religiones o acoger su enseñanza y ministerio del poder de Dios y buscar en ella el amor de una madre que junto al Padre perdona a sus hijos. Si se toma el segundo camino se ha de perseverar en la práctica del Sacramento, en la humildad de reconocernos pecadores ante un hermano que nos acoge en nombre de Dios y la Iglesia y dejarse tocar por la Gracia que nos inspira poco a poco la contrición perfecta (aquella que nace de la caridad hacia Dios y no del miedo o de la fealdad del pecado). Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para hacer examen de conciencia acerca de nuestra actitud ante este Sacramento.
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Muy buena columna.
He aprendido mucho con ella.
Siempre que me confiese, atiendo especialmente a las palabras de la absolución, y me dan muchísima paz.
Cuesta tanto confesarse (al menos a mí) pero es tan grande el perdón y la liberación!
Gracias Alfonso por una columna tan cuidada y tan clarificadora.
Muy clarificador con respecto a lo que se suscitó con tu última columna. Gracias por tomarte el tiempo y el interés, y por no pasar por alto las cuestiones importantes.