No fue un concierto, fue una oración
NO ES FÁCIL en los tiempos que corren asistir a un concierto como el que tuvimos la suerte de vivir el pasado día 4 de abril en la Parroquia.
El Coro de Cámara Cantiga nos obsequió con un sobrio programa de piezas barrocas en un ambiente de Semana Santa, acompañado por órgano positivo y violoncelo.
No es de su calidad vocal, su trabajado empaste o la maestría de interpretación de lo que voy a hablar. Eso, en un coro como Cantiga, se da por supuesto, como el valor en los soldados. Gran parte de sus componentes, empezando por su director, son profesionales y eso se nota. Por supuesto que lo hicieron bien, muy bien, como siempre.
No hablaré de eso, sino de la absoluta exquisitez demostrada en la elección de las piezas, complementada por un desarrollo sublime en su interpretación.
La primera parte se compuso íntegramente de obras del Padre Soler (1729-1783 ). Ya desde la primera pieza, el Magníficat, se creó un profundísimo clima de oración y recogimiento que perduró fiel hasta el último aplauso. Os aseguro que se podía cortar el aire. Había una atmósfera mágica, especial, incluso santa. No se oía ni una mosca y hasta el reloj del templo parecía dar a “soto voce “ sus notas.
El concierto se convirtió en un rato de contemplación, en el que pudimos pedirle, con el “Pecantem me quotidie”, perdón al Señor por nuestros pecados y en el que rezamos, con el Siervo de Yahvé que nos preguntaba desde la cruz en el “O vos omnes”.
El “Sepulto Domino”, motete que contempla la sepultura de nuestro Señor, terminó de penetrar hasta el fondo de nuestra alma, que, desnuda ya, sólo pudo entonar la plegaria del “Veni Creador” al Espíritu Consolador, pidiéndole fe y auxilio.
Es de estos conciertos en que cuando acaba el director y muere la última nota, pasan dos segundos hasta que el público comienza el aplauso, tal vez reacio a romper ese momento especial, casi divino, en un vano intento de retener esa última nota, ese último y precioso suspiro.
Pero la segunda parte, esta vez con piezas de Henry Purcell (1659-1695 ), no fue menos. La letra del “Funeral Music of Queen Mary” era una auténtica meditación sobre la muerte y el dolor. Aquí el coro estuvo acompañado por cuatro partes instrumentales, órgano positivo y violoncelo, tocados con reconocible virtuosismo. Los pianísimos sostenidos del coro eran increíbles. Seguimos con el “O God, The King of Glory”, oración colecta pidiendo de nuevo al Espíritu Consolador y terminamos con dos salmos, el 63 (… mi alma tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua..) y el 119, en donde se nos puso la carne de gallina cuando le rezábamos a Dios “Estoy agobiado hasta el extremo…”
Y cómo no mencionar las templadas y bellísimas voces de los solistas, interpretando sin destacar, destacando sin sobresalir.
Siguieron dos bises. El “Surely”, del Mesias, de Haendel, “..pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores…” y la repetición del “Veni Creator” del P. Soler. En esta última pieza, las solistas, Cristina Sevilla como soprano y Marta Bornaechea como contralto, simplemente hicieron que el tiempo se parara. A través de sus voces, los asistentes pudimos atisbar por un momento tal vez un trozo del cielo, tal vez un reflejo del rostro de Dios.
Fue un auténtico concierto de Semana Santa. Pero de los de verdad. Y no puedo imaginar otra elección de piezas más adecuada y mejor interpretada. Un concierto de una calidad sobrecogedora, estratosférica, en una rara combinación de profesionalidad y sensibilidad religiosa. Un auténtico regalo para el alma. Una gozada. Bravo.
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Vaya crónica más espectacualr Santiago.
No estuve, pero leyéndote, me has trasmitido la belleza y la fuerza de los que tuvísteies el regalo de escuchrales de rezar con ellos.
Maravillosa columna.
Desgraciadamente soy de los que no pude asistir al concierto, lo que lamenté mas profundamente al recibir múltiples referencias elogiosas. Pero esta increíble crónica de Santiago me hace desear que, por favor, Cantiga, que se repita lo antes posible.
Una crítica soberbia, Santiago. Viniendo de un tenor de tu talla doblemente soberbia.
Se nota que vives la música como un maestro en todos sus matices y sentidos de la obra. Con este público da gusto cantar y orar.
Un abrazo fuerte. La cuerda de tenores te echa mucho de menos.
¡oh, la soberbia, reina y madre de todos los vicios…! (Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q.162, a.8 in c.)
regálanos mas artículos como éste . Es humildad saber reconocer los dones que Dios nos da.
Santi: Yo solo tengo palabras de agradecimiento por lo que dices del Concierto. también el ambiente del que asiste a nuestros conciertos en San Jorge nos llega a nosotros para cantar y efectivamente intentamos rezar juntos cantando. y si nosotros somos capaces de transmitir algo, es por que lgo está calando en nosotros y llegando a nuestro corazón. Muchas gracias otra vez y te aseguro que yo me he emocionado al leer lo que has escrito.Ignacio