Una fiesta con mucha, mucha VIDA
Cuando me pidieron que escribiese un artículo para esta sección de Una parroquia con vida en estas fechas tan señaladas para el “sanjorgiano de a pie”, pensé que no podía desaprovechar la oportunidad de escribir sobre la Fiesta de las Misiones. Para mí, quizás ésta sea uno de los momentos en los que esta VIDA de la parroquia se manifiesta más intensamente.
Me vienen a la cabeza innumerables recuerdos vividos en estos días desde pequeñito, cuando mis padres me traían sin saber lo que se cocía por aquí. Todavía recuerdo la fascinación por ganar el concurso de disfraces, o el año en que los presentadores, disfrazados de payasos, nos hicieron reír hasta casi hacernos llorar. Los numeritos y obrillas teatrales que organizaron los juveniles y confirmandos de la parroquia durante mis años de niñez se me han quedado grabados, hasta el punto de poder acordarme aún de muchos de ellos, pese a que ha llovido mucho desde entonces.
Me acuerdo como si fuese ayer del año en que podías ganar un gran bote lleno de lentejas si acertabas cuántas había –aunque ahora, pensándolo, me cuesta creer que alguien realmente las hubiese contado-. O cómo no, del año en que Alfonso Uceda -de sobra conocido por el lector de SJD- y yo, los dos con 7 u 8 añitos, ganamos un jamón por reunir papeletas con las letras de la palabra Bolivia.
Ya un poco mayor empecé a participar más activamente en la fiesta. En mi primer año de catequesis de juveniles nos disfrazamos de payasos e hicimos un playback de sus canciones, y a mis 11 añitos descubrí lo que era ligotear subido en la tarima del Cortijo mientras cantábamos Hola Don Pepito. Otro año Celia y Mila, nuestras catequistas, nos disfrazaron de reporteros de CQC para amenizar la tarde del domingo, y aunque dudo que lo consiguiésemos, nos reímos un rato. Eran los años en que un grupo de jóvenes organizó un Tunel del Terror que daba miedo… ¡de verdad! Años en que empecé a descubrir cuántas mujeres de la parroquia se dejaban la piel en este día. Y todo este esfuerzo, siempre por Cristo, con una sonrisa entre los labios.
Tras unos años un poco más flojos, la cosa se volvió a animar el año en que Choni nos hizo disfrazarnos de sapitos –con gran esfuerzo por nuestra parte para superar la vergüenza que nos daba, y la vergüenza ajena que dábamos-. El año después de traer de cabeza a Inma y Anaïs (entre otras) cantando canciones en la tarde del domingo, arrasábamos con el musical El Arca de Noé, porque ver a nuestro flamante seminarista Zoyo disfrazado de Noé empujando a las fieras a subir al barco no tenía precio. Y ya el año pasado Astérix y Obélix hicieron su papel bailando sevillanas.
Muchas cosas he vivido durante todos estos años en la parroquia, donde la Iglesia me ha dado la VIDA. Y sin duda esta fiesta, en la que se mezcla la convivencia y el poner un granito de arena por cambiar el mundo, ha ayudado mucho a marcar de alguna manera mi existencia. He visto a mucha gente trabajar en silencio para que saliesen las cosas. He visto a los niños de la parroquia crecer viendo algo fuera de la regla que la sociedad impone. He vivido un ambiente inmejorable que sólo he encontrado en la alegría de Cristo y en su gente. En fin, he crecido mucho a la sombra de esta fiesta… Ojalá que el espíritu de alegría pascual, caridad y unidad que en ella se vive siga creciendo entre nosotros, feligreses de San Jorge, una parroquia con mucha vida: la de Cristo y su Iglesia.
Filed Under: Portada






Genial artículo Jaime.
Yo empecé a vivir con mucha intensidad la Fiesta de MIsiones más de mayor, ya con veinitantos, precisamente a partir de ese año vestidos de sapos casi por equivocación.
El ambiente es genial. Y hay mucha VIDA.
Gracias por ser claro protagonista de esa VIDA de San Jorge, y más, en la Fiesta de las MIsiones.
Que mejor manera que ayudar a los más necesitados, disfrutando de un día tan genial en Familia y en comunidad Cristiana!
Gracias Jaime!