Vidas rotas, personas rotas


Cuando Irene supo que estaba embarazada la noticia entró como una navaja y revolvió su mundo. “¿Cómo voy a ser madre yo? “. Es difícil describir una sensación así. Sintió náusea. Se llenó de angustia y le parecía que se atragantaba. El tiempo empezó a pasar deprisa. Sus planes habían cambiado. Su vida, que se dibujaba como una secuencia de cálculos futuros y predecibles, se había ido de un plumazo. Nada sería como había esperado. Sentía nostalgia de la vida que nunca tendría y de la que nunca había tenido. Quería borrar el pasado y quizás también el futuro. Preferiría incluso ausentarse, salir de su propio cuerpo.

¿Quién la escucharía ahora? ¿Quién oiría su voz? ¿Quién le miraría a los ojos, sin juzgarla? ¿Quién la abrazaría?

La idea de sí misma como madre le parecía un absurdo. Una madre es algo muy serio: tiene que ser una mujer madura, fuerte, íntegra, perfecta. Y ella estaba llena de dudas. Mientras, su vida seguía rompiéndose en silencio.

Irene se unió así a los miles mujeres que lloran solas en Madrid queriendo salir de su cuerpo. Nadie las escucha ni oye sus voces. Nadie les mira a los ojos sin juzgarlas ni las abraza. Es aquí donde la brecha que parte en dos su vida se hace profunda, casi incurable.

La grieta continúa ensanchándose con la visita a una clínica de suelos blancos, paredes gélidas, médicos indiferentes. Irene atraviesa pasillos de mármol brillante hasta una sala convenientemente iluminada donde le explican que van a solucionar su problema. En efecto: su problema es que, si no lo remedia, tendrá un hijo dentro de pocos meses. La solución será impedirlo.

Primero le pondrán anestesia y sentirá un sopor pesado que terminará durmiéndola. Así no se enterará de nada. Después introducirán unas pinzas de metal dentro de su vientre y con ellas extraerán a su hijo. “¿Pero estará muerto?” – quiere preguntar Irene-. Se muerde la lengua porque no quiere decirlo. La anestesia también le enseñará a olvidar esta pregunta y a olvidar la respuesta: su hijo morirá porque ella así lo ha pedido.

La siguiente visita a la clínica será la definitiva. Le temblarán las piernas, pero irá sola. Allí la recibirá una enfermera impecable, aséptica. Hablarán poco y sobre nada en particular. Recorrerá los pasillos desinfectados, a prueba de cualquier tipo de vida, incluso la humana. En el quirófano, adormecida, se romperá su vida sin que ella pueda remediarlo mientras rompen de la misma manera el cuerpo de su hijo.

A la salida no quedará nada. Ni rastro de libre elección, de protección de los derechos de las madres -¿qué madre? ¿dónde está su hijo para que puedan llamarla madre?-. Tampoco sentirá que ha dado un paso adelante. No podrá llamar progreso a lo que ha hecho. Nadie irá a hacerse una foto con ella. No habrá nada que agradecer a nadie. Sólo quedará su vida, rota.<-->

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (16)

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  1. Mota dice:

    Espectacular relato, Loreley.
    Me ha conmovido.
    Gracias por hablar de la fuerza de la vida en un contexto de muerte.
    Se pueden decir tantas cosas sin nombrarlas directamente, con sutileza, pero con mucha fuerza.
    Gracias.

  2. Santiago Font dice:

    Loreley, me has quitado el aliento con este derroche de sensibilidad femenina que ha entrado como una navaja en el corazón. Me quedo con la sensación de frío, de soledad, de rotura. En esta desolación, qué suerte tener a Cristo Resucitado a nuestro lado, el único que, con sus brazos abiertos y limpia mirada, nos da calor y consuelo.

  3. Loreley dice:

    Efectivamente, así es como debería continuar el relato: con una historia de reconciliación en que Irene pueda dejar que el Señor rehaga su vida, rota. ¿Se fiará de Él? ¿Permitirá que le muestre todo el dolor de su vida, sin privarle de él, y lo clave en su Cruz?

    Luego la mirará como a aquella mujer del Evangelio. Y le dirá: “¿Cómo te llamas, mujer?” ¿Dónde habitas?. “Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más.” ¡Cree, conviértete, y VIVE!

  4. muy bueno el relato, pero sobre todo, fantástica la continuacíón de santiago y loreley…pq en esta sociedad donde con o sin razón distinguimos sólo entre víctimas y verdugos, (y si incluimos en este último apartado a la madre que aborta) creo que los cristianos debemos respuestas para todos, y particular, a la imaginaria irene, decirla q puede rehacer su vida y que Dios la sigue queriendo

  5. coque dice:

    Impresionante artículo y comentario.sin palabras…

  6. Pedro dice:

    Al leer esta columna sólo siento frío, frío, frío

  7. Ingrid dice:

    Qué bien está escrito el artículo! Impactante.

  8. Mota dice:

    ¿De verdad Irene ha ejercitado su derecho a decidir sobre su sexualidad y su cuerpo?

    ¿De verdad eso es una ampliación de derechos? ¿Es un progreso?

    ¿irene se sentirá más progresista, más moderna?

  9. Loreley dice:

    ¿Se sentirá más liberada cuando salga por la puerta de la clínica?
    ¿Sentirá que lo que ha hecho le convierte en una mujer dueña de su vida?

    ¿Agradecerá a los médicos su trabajo?
    ¿Se alegrará cuando pague a la salida por los servicios prestados?

    ¿Volverá a la clínica para que vuelvan a solucionarle su próximo embarazo no deseado?

    ¿Quién le mirará ahora a la cara? ¿Quién la abrazará? ¿Quién la acogerá? ¿Quién la consolará?

  10. loreley, planteas al final muchas preguntas y yo creo honestamente q (aunque nos duela y no lo entendamos) sigue habiendo muchas irenes q verán el aborto como un trámite, q no vivirán traumatizadas, q al contrario lo q las traumatiza es q su gente les vea embarazadas, etc
    y se lo agradecerán a los médicos, y se sentirán libres y dueñas de su cuerpo, y puede q se sientan modernas y progresistas, sobre todo si entramos en la cínica dialectica de “los conservadores machistas no quieren q la mujer decida por sí misma” etc

    es decir, por mucho q nos repugne el aborto y sepamos q muchas mujeres sufren el post-aborto, no podemos ocultar la realidad (Desagradable, pero me temo q realidad al fin y al cabo) de q muchas mujeres, yo más bien diría q la mayoría, estan a favor del aborto y lo ven una liberación. es una pena, y repugnante o como lo queráis llamar (nunca me han gustado las guerras dialécticas a ver quien usa la palabra más fuerte) pero es asi…

    y q conste q yo no soy abortista pero tengo ojos y veo la realidad española q vivimos

  11. Loreley dice:

    Las preguntas son abiertas, y lo son con toda idea. No son afirmaciones, porque yo misma no tengo la certeza de que nuestra querida Irene vaya a hacer nada de lo que digo.

    Lo presento con honestidad, no como una partida que está ganada:
    Irene puede sentirse liberada, y puede no sentirse liberada.
    Puede agradecer a los médicos su trabajo y puede maldecirlos.
    Tal vez vuelva a la clínica.
    Tal vez nadie le mire a la cara ni la acoja.
    Tal vez se reafirme cada día más en su decisión.
    Todo cabe.

    Como dices, es la realidad. No tengo ningún deseo de que sea como yo quiero. Simplemente quiero mirarla como es. Y la mera contemplación suscita reflexiones de todo tipo. Sólo mirar nos interroga. Y nos impide quedarnos indiferentes. Haga lo que haga Irene, nos estará interpelando.

  12. 100% de acuerdo, loreley, posiblemente tu último párrafo recoja en 4 líneas la forma q tengo de ver mi religión y mi relación con Dios y con los demás

    que nadie nos resulte indiferente. que todos nos interpelen, q nos sintamos hermanos de todos, especialmente de los q sufren, intentemos ver en el interior de cada persona, la huella q tiene de hijo de Dios, y acojamos a todos igual q Cristo acogía a pecadores

  13. Santiago Font dice:

    Gran parte de la culpa de estos desatinos modernos, como es el aborto, lo tiene la moderna antropología imperante en la sociedad, o mejor dicho, la falta de ella.  Decía Carl Rogers que “la necesidad de defenderse y los temores internos pueden inducir a los individuos a comportarse de manera increíblemente cruel, destructiva, inmadura, regresiva y antisocial”. Calificativos todos aplicables al hecho del aborto. Si Irene se plantea abortar y aborta es por miedo, motor básico para la acción según Nietzsche y para muchos otros filósofos. Miedo a no triunfar, a no ser aceptada y comprendida, y sobre todo, miedo a sí misma, a no aceptarse tal y como es. Nos fabricamos una imagen ficticia de lo que no somos y vamos a muerte con ella, pero a muerte total, de matar. Antropología del miedo, del individualismo, del anominato, de la razón omnipotente, de lo material, de la nada, de la muerte.

    Por eso es importante, hoy más que nunca, ser sal la sal de la tierra, y eso implica, entre otras cosas a aceptación de uno mismo y de los demás tal como son. No nos cuesta nada aceptar las cosas buenas, pero las malas mucho, así como no nos cuesta querer a los amigos, pero sí a los enemigos. La aceptación significa comprensión y significa abandonar miedos, porque es arriesgado. Comprender es tirarse a la piscina, porque nos hace salir de nuestra cueva, de nuestro anonimato, nos hacer ponernos en la piel del otro, y los cambios me molestan y me dan miedo. Comprender es no juzgar. Comprender es entregarse, es sufrir con el otro.

    Pero sólo en esa dinámica es cuando se suscitan los cambios, es decir, la conversión. Es cuando la sal es salada, no sosa. Y para lograr todo eso necesitamos apoyarnos en la única roca que tenemos, Cristo, nuestra esperanza y nuestra vida. Con él lo podemos todo, sin él nada. Es cuando el otro, merced a la huella de hijo de Dios, que decía Miguel Ángel, de ser “imago Dei” , atisba a ver, pese a nuestra imperfección, la imagen de Cristo crucificado que perdona y que resucita y que acoge a todos los que están cansados y agobiados, porque él los aliviará. El Plan de la Salvación de Dios implicaba hacerse uno de nosotros, sufrir como uno de nosotros y morir como uno de nosotros. Dios nos invita a participar en su Plan y eso implica imitar a Cristo. ¿Cómo? Comprendiendo al otro, sufriendo con el otro. Antropología de la entrega, del respeto, de la libertad, del Misterio, de la Verdad, de la vida.

    Si queremos ayudar a Irene (el pobre niño abortado ya está en el seno de Yahvé), si queremos cambiar el mundo, y ser la sal de la tierra y despertar la dormida conciencia de los y las que parece que no la tienen (y abortan), empecemos por nosotros mismos, por aceptar nuestras limitaciones, y sigamos por la aceptación y comprensión de los demás (ojo, esto implica muchas veces dejarlo todo por él). Entonces abrazaremos con el amor infinito de Cristo y… ¡cambiaremos el mundo!

  14. Loreley dice:

    Gracias, Miguel. Gracias, Santiago. Me quedo especialmente con esto que dices:

    Comprender es no juzgar. Comprender es entregarse, es sufrir con el otro.
    Dios nos invita a participar en su Plan y eso implica imitar a Cristo. ¿Cómo? Comprendiendo al otro, sufriendo con el otro. Antropología de la entrega, del respeto, de la libertad, del Misterio, de la Verdad, de la vida.

    Si queremos ayudar a Irene, si queremos cambiar el mundo, y ser la sal de la tierra, (…) empecemos por nosotros mismos, por aceptar nuestras limitaciones, y sigamos por la aceptación y comprensión de los demás. Entonces abrazaremos con el amor infinito de Cristo y… ¡cambiaremos el mundo!

    Esta es nuestra oración. Que el Señor nos haga lugar de la ternura y de la acogida infinita. ¡Amén!

  15. Mota dice:

    Creo que muy importante acoger al que sufre, en este caso, a Irene.
    Igual de importante es denuciar el aborto, defender la vida desde la concepción, promover la ayuda a la mujer embarazada.
    La claves está en “adelantar” esa acogida, al embarazo de Irene, precisamente para que no vea el aborto como la única solución.

    M.Ángel, no puedo estar en nada de acuerdo con esta frase: “de q muchas mujeres, yo más bien diría q la mayoría, estan a favor del aborto y lo ven una liberación”

    Aceptar eso sería lo mismo que decir que la mayoría de las personas están a favor del asesinato, o del terrorismo. Es tan sumamente antinatural el aborto que es imposible que la mayoría esté a favor.
    Eso es lo que pretende este Gobierno. ¿Cómo? Llamando interrupción voluntaria del embarazo al aborto, derecho a lo que es un delito despenalizado, poder decidir sobre su sexualidad a lo que es un acto de violencia extrema.
    Y ahí tenemos que estar nosotros para decir Sí a la Vida.

  16. Loreley dice:

    Entonces estamos de acuerdo en que es vital que Irene encuentre quien le escuche y le mire a la cara antes de que todo suceda. Por supuesto, en caso de que decidiese abortar, también después de que todo suceda.

    Y no para que sea un número más en la estadística de embarazos que salen adelante: para que descubra el bien de la vida y el mal de la muerte y pueda escoger lo mejor.

    Me recuerda mucho a la película “Bella”. Algunos quizás se quedaron decepcionados porque no encontraron discursos ni proclamas a favor de la vida. En cambio lo que muestra esa historia tan sencilla es algo mucho mayor. El protagonista deja todo a un lado para acompañar a su amiga. Está con ella y se queda con ella, mansamente, acogiéndola. No fuerza nada, sólo espera. Con dulzura y con fortaleza, termina siendo el apoyo que ella necesita para aferrarse a la vida.

    Desde luego lo que el mundo más necesita no es gente que discuta (que en ocasiones sin duda hace falta) sino hombres y mujeres dispuestos a entregarse a los demás.

    Ojalá los cristianos nos convirtamos en ese “sí a la Vida” que es acogida infinita, protección, entrega gratuita al otro, respeto de su libertad, antropología del misterio, y testimonio de la Vida auténtica, luz que ilumina la angustia e incendia la desesperación.

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