Cartas de Nicodemo
Los directores espirituales, y en general todos los que de algún modo nos ofrecen alguna ayuda para hacer oración, suelen recomendar un tipo de meditación que consiste en elegir una escena del Evangelio y meterse en ella, como si uno estuviera realmente presente en la escena en el momento en que está ocurriendo. Y así, situarse en un lugar, en un paisaje, con unas personas determinadas; y fijarse en lo que hacen, lo que dicen, cómo y a quién se lo dicen…
Sin duda debe ser una buena forma de acercarse a Jesús y entender un poco mejor cómo trataba a las personas que le rodeaban. Pero puede que no resulte fácil. A mí me parece más bien bastante difícil. Pero he encontrado un libro que me ha ayudado a situarme en Tierra Santa, siguiendo los pasos de Jesús desde el Bautismo en el Jordán.
El libro se llama “Cartas de Nicodemo” (Ed. Herder), escrito por el periodista y escritor católico polaco Jan Dobraczynski (1910-1994). En el libro, Nicodemo (el Nicodemo real del Evangelio, aunque el autor le atribuye también frases que en el Evangelio leemos sin que se nos concrete quién las dijo), a través de una serie de cartas escritas en primera persona, le va contando sus cosas a un amigo. Empieza explicando que tiene un problema: una enfermedad que afecta a una persona a la que él quiere mucho; y ese problema le quita la paz. Él, que es un judío cumplidor de la ley, que sólo hace cosas buenas, se encuentra “castigado” con un problema que le resulta insoportable. Y como no encuentra una solución, va en busca de Juan, para pedirle ayuda. Y después se deja llevar por los rumores que hablan de un nuevo Profeta y se acerca, casi a escondidas, a observar al Galileo.
Así, con Nicodemo, nos encontraremos siguiendo a Jesús, mezclados con la gente que le rodea. Se describen con detalle el paisaje, la ropa, el ruido…; la impresión que en un judío observante causan los amigos de Jesús: torpes, bruscos e ignorantes. Las preguntas que él mismo se hace: ¿será el Mesías? ¿cómo va a ser el Mesías, con esos amigos, y con esa vida de pobreza? Surgen las dudas, que pueden ser las nuestras: si es el Mesías ¿acaso no conoce mis problemas? Y si los conoce ¿por qué no los soluciona? Y al mismo tiempo, el Galileo habla de una forma que llega al corazón; y atrae.
Nicodemo se debatirá entre seguir lo que dicen las personas respetables de la comunidad, lo que se presenta como razonable, o aceptar a Jesús. Y la duda se hace más grande aún porque cuando se atreve a hablar con El, Jesús se limita a decirle: “dame tus dificultades y toma mi cruz”. Poco a poco se irá dando cuenta de que aceptarLe le cambiaría la vida, pero no la haría más cómoda: ¿o es que Él lleva una vida fácil?
Al ver a Pedro llorar en la noche del Jueves Santo, Nicodemo comprenderá que él se debate todavía entre tener o no fe, fiarse de Jesús; mientras que para Pedro, que ha creído en El, todo es un problema de amor. Y cuando Jesús muera, descubrirá que sin Él su vida no tiene el sentido que Él le daba.
Así que si no consigues hacer meditación por tu cuenta, tal vez te ayude acompañar a Nicodemo tras los pasos de Jesús. Y si tienes dudas, o te falta fe, o tus problemas te superan, … síguele aunque sea de lejos y dale lo que tienes: tus preocupaciones. El resto, lo hará el Espíritu derramado en Pentecostés.
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Tengo el libro de las Cartas de Nicodemo en la mesilla de noche, en la lista de espera, ahora tengo entre manos La Vida y Misterios de Jesus de Narzaret de Martin Descalzo, también es bueno, muy actual y te situa muy bien en la epoca.
gracias Juan, tomo nota. A Nicodemo vuelvo una y otra vez a lo largo del año, cuando lo leas ya me dirás qué te parece
Aún no he leido este libro, aunque veo que todos mis muy buenos amigos sí lo han leido. María estoy completamente de acuerdo contigo en la reflexión que haces sobre la meditación y…, efectivamente si tienes tantas cosas en la cabeza que no consigues meditar…, no te preocupes el Señor lo conoce de sobra y como nos ama inmensamente solo quiere que le abramos nuestro pobre corazón para hacer grandes obras por medio de su Espíritu. Como decía aquel cura: “Yo le miro y Él me mira”.
¡Gracias, María!
Sólo conociendo más a Cristo seremos mejores cristianos. Sólo deseando saber cómo piensa, cómo mira, cómo habla y siente… sólo poniendo nuestro corazón junto al suyo aprenderemos a mirar con sus ojos y cuando queramos darnos cuenta, sentiremos un profundo amor a Él, más allá de la fe y de la confianza, un amor intenso que cambiará nuestra vida.