… Y que los buenos sean simpáticos

Hace poco escuché una anécdota que sucedía en un colegio. En Misa, una niña hacía la siguiente petición: “Para que los malos sean buenos, y los buenos sean simpáticos”. Este segundo inciso me pareció magistral. Así es: no hay nada más antipático que uno que es “bueno” y se siente por ello con derecho a juzgar a otros.

Los “buenos antipáticos” existen en todos los ámbitos de la vida. Mejor dicho: podemos comportarnos como “buenos antipáticos” en todos los ámbitos de nuestra vida. Es singularmente llamativo el funcionamiento de los “buenos antipáticos” en cuestiones ideológicas.

A veces las banderas que empuñamos, las causas que defendemos, no tienen por qué ser las más justas o necesarias, sino que son aquellas en las que nos sentimos más cómodos, porque condenan esos pecados en los que nosotros –pensamos- no vamos a caer. Así, algunos adoptan como propia la bandera de la lucha por la pobreza, condenando a los que viven en la abundancia. Otros, que antaño fueron comunistas, exhiben hoy la bandera de los nuevos derechos de tercera o cuarta generación o la bandera del ecologismo, porque ahora han mejorado de fortuna, y han perdido la fuerza para defender la solidaridad y la fraternidad hasta sus últimas consecuencias. Otros se adhieren a causas morales, y condenan en general los pecados ajenos. Dan más importancia a los pecados sexuales que supuestamente cometen otros, que a las faltas de caridad o de solidaridad que cometen ellos.

Así es como todos nos convertimos en jueces unos de otros. Cada uno hace énfasis en unos valores… y no pasa de ser alguien bueno, pero antipático. ¿Cómo podemos ganar en simpatía? ¿Cómo empezaremos a ser hermanos unos de otros? O, lo que es lo mismo: ¿Cómo voy a defender la pobreza si soy rico? ¿Cómo voy a defender la virtud si estoy lleno de defectos? Sólo podremos defender alguna causa si, a la vez, somos conscientes de que nosotros no alcanzamos a sostenerla. No somos capaces de abarcar todo el bien, se nos escapa de las manos, en medio de nuestras limitaciones. Pero, a pesar de todo, queremos buscarlo y hallarlo. No queremos apropiarnos de la justicia: queremos que se cumpla. No queremos apropiarnos de la fraternidad y la belleza: ¡queremos que sean reales!

El Reino de Dios no se impone. ¡Se pide! ¡Se anuncia! ¡Se contagia! Los valores del Reino son para todos, no para unos cuantos a costa del resto. Y no suponen una victoria moral de unos sobre otros, sino un don que se regala a todos los hombres y mujeres. Es lo que sucede cuando damos la palabra al único que de verdad es Bueno, y a los que son “buenos” pero, sobre todo, son “simpáticos”.

Filed Under: Portada

312 Visitas

¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (2)

Trackback URL | RSS Feed de comentarios

  1. Maria dice:

    Loreley, gracias por tu columna. De los niños tenemos que aprender a ver la verdad en muchas cosas.

  2. amen maria.

    me viene ahora a la cabeza la palabra “puritanismo” una de cuyas acepciones (todas ellas negativas en una sociedad postmoderna y liberal como la nuestra) es la de aquel que de palabra proclama una conducta o un actuar que luego él mismo no es capaz de cumplir en su vida

    pues bien, a mí este puritanismo (a diferencia de otras cosas) no me escandaliza siempre q seamos conscientes de ellos, de distinguir el bien del mal, de buscar el bien y de admitir nuestras limitaciones y pecados. pero ojo, q esto no es un “todo vale”

    en cambio la mayoría de veces nos limitamos a ver la paja en el ojo ajeno, a escandalizarnos por la imperfección moral de los q nos rodean, o a pensar q no somos dignos o no estamos preparados para dar gloria a Dios en nuestra vida cotidiana

Dejar un comentario