¿Crees en la eficacia del Señor?
El Adviento es un tiempo litúrgico de espera. La espera se enciende con un impactante anuncio: que Dios se hace hombre, para caminar entre nosotros, y para entregársenos definitivamente. Ante semejante noticia caben dos actitudes: creérselo o no creérselo.
Cuando un cristiano decide no creer en el anuncio de la llegada del Señor, lo hace bajo una excusa o un razonamiento engañoso. El engaño está en que consideramos que el Señor viene, pero viene “lejos”, no cerca. Vino hace dos mil años y vendrá al final de los tiempos… y, entre medias, no hay nada. A veces se escapa para realizar alguna curación milagrosa e inexplicable, para que no cunda el desaliento entre nosotros y tengamos algo a lo que aferrarnos en este valle de lágrimas. Pero, en general, el Dios creador omnipotente está demasiado ocupado descansando en Su trono eterno como para preocuparse pormenorizadamente de cada una de sus criaturas.
En Adviento celebramos con esperanza que nada de esto es cierto. Podría decirse que renovamos la fe en la eficacia del Señor. En estos días se nos revelará que el Señor es eficaz: que actúa verdaderamente en la Historia, y en nuestra historia personal. Pero Su eficacia es diferente de la nuestra:
Nosotros esperamos resultados inmediatos, esperamos pequeñas señales aparentes, o beneficios concretos en nuestra estrecha visión del mundo. A eso llamamos eficaz: a un medicamento que funciona, a un método que nos permite lograr lo que nos proponemos. Buscamos esa misma eficacia en la actuación del Señor: que nos funcione, que nos ayude a lograr particularmente algo que nos hemos propuesto. Buscamos nuestra eficacia en Su mano: y no la encontramos. Entonces, frecuentemente llega la decepción con un Dios que es tan todopoderoso que parece demasiado ocupado como para interesarse por cada una de sus criaturas.
Sin embargo, Su eficacia, Su actuar, es diferente. Y sólo si somos conscientes de esta diferencia, aprenderemos a reconocer Su acción. Y, como a Pablo, se nos caerán las escamas de los ojos y podremos ver. El mismo que ha creado el Universo, que ha modelado cuanto podemos percibir por los sentidos, ¡sigue trabajando con la misma eficacia del primer día!
Para verlo, debemos superar nuestra idea minúscula de eficacia concreta y a corto plazo, y mirar con otros ojos. Cuando el Señor actúa, no lo hace persiguiendo resultados fugaces o concretos, sino que pone Su mano para permanecer por siempre con nosotros. Él interviene sellando, tatuando nuestra existencia. Y lo hace desde lo oculto y con tremenda sencillez y verdad. Es el Amor de nuestro amor, la Fuerza de nuestra fuerza, la Inteligencia de nuestra inteligencia.
Para degustar la eficacia del Señor, propongo ir a los hechos: volvamos la mirada sobre el Evangelio. Lo que hizo Jesús a diario transparenta cómo es el Dios de los cristianos en el día a día. ¿Y a qué se dedicó Jesús? Jesús habló y actuó, cambiando la vida de las personas con quienes estuvo. Especialmente llaman la atención los milagros, y no por lo que tienen de sobrenatural o espectacular, sino porque muestran que el Señor actúa transformando la realidad si le dejamos. Él se acerca a nosotros, se queda a comer, nos toca y nos sana, responde concretamente a nuestras necesidades, escucha cada deseo de nuestro corazón. Si miramos hacia atrás, en nuestra vida, descubrimos con sorpresa que también han ocurrido transformaciones y curaciones, que nos ha alimentado y ha salido a nuestro encuentro.
El paso siguiente para saborear esta eficacia llega cuando descubrimos que estamos llamados a participar en ella. Como dice el Evangelio[1], lo que nosotros atemos en la tierra quedará atado en el cielo. ¿Qué significa esto? ¡Que dejemos de vivir embobados y nos pongamos manos a la obra, a participar como lo hizo Jesús de ese amor eficaz que lo atraviesa todo! Que dejemos de mirar al cielo esperando a que se abra, y le pidamos al Señor que nos enseñe Su eficacia: que nos enseñe a servir a nuestros padres, hijos, maridos, esposas, hermanos, amigos y compañeros; a ser generosos con nuestro tiempo y con nuestro dinero; a despertar a las necesidades que hay a nuestro alrededor. Cuando todo esto suceda, habremos dejado de preguntarnos si Dios es un ser pasivo, o si de verdad le importa algo nuestra vida. Habremos descubierto Su mano sustentando, moviendo y dando sentido a todo.
[1] (Mt 18, 18)
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María, como “compañero” de página me alegro que retomes tu columna. Al leerla me ha surgido una idea que muchas veces me asalta: ¿No es que pretendemos “humanizar” a Dios más de lo que realmente se puede? . Me explico, quizá los seres humanos pretendemos hacernos un dios a nuestra medida, véase, la fama, el dinero, el egoísmo, etc… Pretendemos poner nosotros las normas de cómo ha de ser Dios, y no entendemos que es algo tan inabarcable que no le podemos fijar nuestros límites humanos. Dios se hizo hombre porque quiso, porque es su Amor tan grande (como no podemos hacernos idea) que quiso, siendo el Primero, ser el último. Es tanto su Amor que respeta nuestra libertad. Haz lo que quieras , pero si quieres realmente ser feliz Él te dice cómo, y , además lo hace para que tú sepas cómo hacerlo, el que lo hagas o no depende de tí. Te estará dando siempre oportunidades, para que te unas a Él. Como San Agustín tomó y leyó, nosotros tomemos los Evangelios y leámoslos, después veamos el efecto; Cristo no deja indiferente.
Gracias, Floren.
Como acostumbras Loreley, muy buena columna.
Qué placer poder leerte de nuevo.
La imprimiré, y la llevaré a mi oración. Rezaré con ella.
Gracias,
Mota
he tenido q leer el articulo un par de veces (mota, no te voy a decir mi forma de leer, jeje) y no lo termino de dominar…la idea de que Dios está entre nosotros es muy sugerente (el otro día en el grupo lo hablaba con Alfonso) pero…realmente nos lo creemos como algo más q un dogma teológico? en qué notamos en nuestra vida que Dios está presente entre nosotros?
¿Has probado a mirar hacia atrás en TU vida? No suele fallar.
Sí. hay un librito que se llama “ver a Dios de espaldas.” es muy sugerente e interactivo. termina el primer capítulo preguntándonos en q momento de nuestra vida hemos notado nuestra primera visión o experiencia de Dios en nuestra vida. Yo empecé el libro en verano 2008 y lo dejé en el primer capítulo pq todavía no tengo claro cuándo ha sido, y si es que realmente ha sido…
Merece la pena leerlo mas de una vez. Es ¿cómo diría yo, edificante?
Querido Miguel Angel, por si te sirve, te resumo algo que relato a mis catecúmenos, con el temor a repetirme. Le preguntaron a Juan Enrique Fabre, padre de la entomología (ciencia que estudia los insectos) si creía en Dios y contestó lo siguiente: “¡No, no tengo necesidad de creer en El; le veo en todas partes!”
Es bonito lo que cuentas, Floren. Juan Enrique Fabre veía a Dios en todas partes porque había cambiado su mirada. Se le habían caído las escamas de los ojos, había hecho el cambio del que hablo en la columna. Ese cambio al final no es más que abrirse a la fe. Y para ello hace falta desearlo, pedirlo, abrirse y confiar: