8 DE DICIEMBRE: LA INMACULADA CONCEPCIÓN, PATRONA DE ESPAÑA
«Cuando yo me vaya, Él os guiará y os enseñará toda verdad, recordándoos cuanto os dije».
“Ave María, llena de gracia”. “Pondré enemistad entre tú y la mujer, entre tu estirpe y la suya”. “Apareció una señal en el Cielo: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo los pies, y coronada de 12 estrellas”. Preanunciada en las escrituras, la doctrina de la Inmaculada Concepción de la Virgen María aparece ya en los primeros Padres de la Iglesia, e incluso antes, estando testimoniada desde el siglo IV[1]. En el siglo VI, los cristianos de Oriente ya celebran una fiesta anual en honor de este misterio.
En Occidente, en cambio, las dudas de san Agustín sobre ella, debidas a la necesidad de tener que defender también el dogma cierto de la universalidad del pecado original y sus consecuencias (dudas que compartían entre otros san Bernardo, san Alberto Magno, santo Tomás o san Buenaventura), crearán un encendidísimo debate, sobre todo a raíz de la aparición en Canterbury (Inglaterra), en el siglo XII, de un tratado que refutaba las objeciones de San Agustín, posiblemente para defender la costumbre que en Inglaterra (como en Nápoles) se había retomado de celebrar una fiesta en honor de este misterio.
Durante la Edad Media, las Universidades de toda la cristiandad desarrollaron el método de las “disputas” como método de acercarse a la verdad desde la argumentación, y en este sentido tanto en la Sorbona de París como en la Universidad de Oxford se crearon partidos a favor y en contra del dogma de la Inmaculada.
Es en este contexto cuando nace en España la devoción por la Inmaculada Concepción. Aunque ya en el XI Concilio de Toledo, en el año 675, bajo la influencia de San Ildefonso, se reconoce a María como “santa e inmaculada”, y aunque san Pedro Pascual ya había antes escrito sobre ello como opinión corriente de los teólogos hispanos, no consta que la Iglesia mozárabe celebrara esta fiesta de ninguna manera. Pero en el siglo XIII las Universidades españolas de la Corona de Aragón toman partido por la doctrina de la Inmaculada, hasta el punto de que sus licenciados juraban defenderla perpetuamente, como en efecto harían remarcablemente santo Domingo de Guzmán y san Vicente Ferrer. En esta misma época se empieza a celebrar su fiesta también en el Reino de Navarra.
Ya en el siglo XIV, en 1317, Jaime II de Aragón crea la Orden de Montesa, una de cuyas misiones será celebrar y promover la “limpísima concepción de María”. En 1349 la Reina María de Aragón firma un decreto mandando observar la fiesta en sus reinos, y Juan I de Aragón llega al extremo de penar con el destierro de sus dominios a los que “hablaran o predicaran contra tan pura verdad” en 1394, disposiciones ratificadas por su sucesor Martín I en 1398.
En Castilla, por el contrario, los detractores de la doctrina tendrán más fuerza durante toda la Edad Media. Únicamente existe una encendida defensa de la misma por parte de Juan de Segovia, Arcediano de Villaviciosa, escrita en 1439. Pero es muy ilustrativo que en la Cartuja de El Paular (Madrid), fundada por Enrique II en 1390, el manto de la imagen de la Virgen del altar mayor tiene la forma de la media luna bajo sus pies, pero en realidad no hay tal luna: está vacío. Al parecer, un prior partidario de la doctrina de la Inmaculada hizo colocar la luna (que simboliza el dogma), pero después otro contrario la hizo quitar, y aunque no se ha corregido la forma del manto, la luna no ha sido nunca repuesta.
A finales del siglo XV, la doctrina de la Inmaculada parecía estar sólidamente sentada. A la argumentación ofrecida en 1318 por el beato escocés Juan Duns Escoto en la Sorbona, que se puede resumir en la máxima potuit, decuit, ergo fecit (pudo, le convenía, luego lo hizo), que dejó sin argumentos a sus detractores, le siguió la aceptación de la celebración privada de la fiesta por el Papa Juan XXII. Después, la breve reunificación con las Iglesias de Oriente en 1439 le dan un nuevo impulso, y en 1477 Sixto IV aprueba la misa de la Concepción, extendiéndola a todo Occidente.
Sin embargo, la controversia sobre la Inmaculada Concepción renacerá de nuevo cuando el luteranismo, desviándose de la propia opinión de Martín Lucero, pondrá de nuevo en duda la verdad del misterio. Es en este momento cuando España asumirá en todos los niveles la defensa de la doctrina, en la que en cierto modo se van a encarnar los ideales de la Contrarreforma católica. Ya en 1489, la portuguesa Beatriz de Silva, dama de Isabel la Católica, crea en Toledo la orden de contemplativas concepcionistas. Después, en el Concilio de Trento, serán los jesuitas españoles Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Toledo, Suárez, y el dominico San Luis Beltrán quienes apoyarán con más fuerza la doctrina, que sin embargo no será declarada todavía dogma de fe.
En esta época, la devoción a la Inmaculada ha calado ya profundamente en el pueblo español, que empieza a saludarse con la consigna “Ave María Purísima – sin pecado concebida”, y en cuyas banderas empiezan a aparecer imágenes con esta advocación de la Virgen en 1550, usando los colores blanco y azul[2]. El 7 de diciembre de 1585, los Tercios de Flandes, aislados por las aguas del mar después de que los protestantes rompieran los diques cercanos al Mosa, encuentran en el barro una tabla con una imagen de María Inmaculada. Esa noche, una inesperada helada les permite salir de su cerco, y derrotar a sus enemigos. Este “milagro de Empel” va a consagrar a la Inmaculada como patrona de la Infantería española[3].
En el siglo XVII la defensa de la doctrina de la Inmaculada se convertirá en España en una cuestión de Estado. En 1604 se hace obligatoria para todas las Universidades de Castilla, varias de las cuales la declaran su patrona (Granada, Alcalá y Salamanca, además de Valencia en Aragón). Felipe III crea una Junta de Despacho -equivalente a los modernos Ministerios- “para tratar los asuntos relativos al Dogma de la Inmaculada”, y Felipe IV, en 1624, funda para España y Portugal la “Milicia cristiana de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María”, orden militar cuya finalidad sería defender esta doctrina. Bajo el reinado de este último, numerosas corporaciones españolas se dirigirían al Papa para que defendiera la doctrina de la Inmaculada y la proclamara como dogma: la orden militar de Calatrava en 1652, la villa de Ágreda en 1655, la orden militar de Santiago en 1657, la ciudad de Logroño en 1658.
Reinando Felipe V, serán las propias Cortes de Aragón y Castilla las que, con el apoyo de casi todos los obispos de España, las Universidades y las órdenes religiosas, solicitarían al Papa la declaración del dogma de la Inmaculada en 1713 y 1723. En 1721 las Cortes y el Rey hicieron voto solemne de defenderlo el perpetuamente. Por todo esto, el 8 de noviembre de 1760, el papa Clemente XIII proclama por medio de la Bula Quantum Ornamentum, a la Inmaculada Concepción como Patrona de España, las Indias y sus reinos. La Inmaculada es por tanto la patrona Universal de España y el mundo hispano, en medida aún mayor si cabe que Santiago Apóstol (originariamente patrono solamente de Castilla y León, como San Jorge lo era de la Corona de Aragón). En 1763 añade la invocación Mater Inmaculata a las letanías lauretanas.
En 1771 Carlos III funda la orden que lleva su nombre, “a la virtud y el mérito”, y la pone bajo su advocación, como sigue hasta hoy, absorbiendo entre otras, las funciones del “Ministerio para la Inmaculada” que seguía existiendo hasta entonces. Sus colores, el azul y el blanco, se convertirían en los colores españoles por antonomasia, y aunque Carlos III adoptara para sus barcos el rojo y gualda que darán lugar a la bandera española actual –por no distinguirse bien en el mar el azul y el blanco- estos colores arraigarían en los reinos hispanos de modo que hoy componen todavía las banderas de Argentina, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Cuba, y en su día fueron también los de Ecuador y Chile.
Por fin, el 8 de diciembre de 1854 Pío IX, con el propósito de combatir el positivismo filosófico de la época, y después de consultar a todos los obispos y Universidades católicas del mundo, se pronuncia solemnemente: «declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y, por consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que afirma que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano». Como para confirmarlo, en 1854 la Virgen se aparece en Lourdes vestida de blanco y azul y se identifica como “la Inmaculada Concepción”. En reconocimiento a España, el Papa hizo poner pie en la Plaza de España de Roma una columna romana que llevaba siglos echada por tierra, y en su cima hizo instalar el monumento romano a la Inmaculada Concepción. Asimismo en 1864 se dio a España el privilegio de celebrar la misa de la Inmaculada con casulla azul.
Es natural preguntarse cuál es el sentido profundo para el fiel cristiano de tantos siglos de disputa y debate. “Ave María, gratia plena”. Las palabras del arcángel resuenan hoy en millones de voces cada día, recordándonos así que Dios, en su designio de hacerla Madre de Cristo, la había preservado de todo pecado, incluido el original. Dios la había hecho la primera beneficiaria de la redención, convirtiéndola en el paradigma de la nueva humanidad, la nueva Eva: la razón de nuestra esperanza, la causa de nuestra alegría, un modelo por antonomasia. La Inmaculada Concepción de la Virgen no es por lo tanto una cuestión reservada a los teólogos, sino que, como casi todo en el cristianismo, tiene unas consecuencias muy concretas para la vida de la fe, el comportamiento y la espiritualidad de todo cristiano. La redención cambia la vida del hombre, y “derriba del trono a los poderosos, dispersa a los soberbios, y enaltece a los humildes”[4].
[1] Vid. Actas del Martirio de san Andrés, san Justino, san Ireneo, san Efrén, san Ambrosio, san Jerónimo, san Cirilo, el entorno de San Juan Crisóstomo, san Jaime Nisibeno, san Teófanes, san Andrés de Creta, el VI Concilio Ecuménico, san Juan de Eubea, san Juan Damasceno, san José Himnógrafo, san Juan el Geómetra.
[2] Hasta el siglo XVI este misterio se representaba sobre todo como “el abrazo ante la Puerta Dorada” de san Joaquín y santa Ana en Jerusalén, y no es sino hasta este momento cuando se empieza a representar conforme a las descripciones del Apocalipsis y el Génesis actuales, dándosele los colores blanco y azul como los suyos propios.
[3] Oficiosamente, pues oficialmente no se declarará tal hasta 1892.
[4] Referencias:
Pascual Rambla, O.F.M.,
Tratado popular sobre la Santísima Virgen;
Parte III, Cap. V: Historia del dogma de la Inmaculada Concepción.
Barcelona, Ed. Vilamala, 1954, pp. 192-210
Pedro de Alcántara Martínez, O.F.M.,
La Inmaculada Concepción, en Año Cristiano,
Tomo IV, Madrid, Ed. Católica (BAC 186), 1960, pp. 564- 571
Filed Under: Portada


Muy completo y exhaustivo el artículo, es estupendo que se hable de la Virgen. Sólo añadir un dato , la bandera de Europa(color azul) y las doce estrellas que la conforman son los símbolos de la Inmaculada, porque los “padres europeos ” quisieron que fuera así. Esperemos que no ocurra como con los crucifijos. Ese dato no lo he visto en ningún comentariosobre la sentencia del Tribunal Europeo.
Gracias, Shadja.
Magnífico artículo.
Tengo entendido que, en atención al interés mostrado siempre por España en este tema, y las reiteradas presiones para que por la Santo Padre fuera definido el dogma, se concedió a España el privilegio de usar revestimiento de color azul en todas las misas oficiadas el día 8 de Diciembre. ¿Es esto cierto?
Es cierto pero no fue por presiones, sino por la persistencia en la defensa y en la devoción nacional a la Santísima Virgen Inmaculada que desde antes del 675 los españolitos le hemos mostrado, pues no podía ser de otra manera, ya que Ella es la obra más perfecta de Dios, y para ser su Madre, además de Santa es Inmaculada . Todos los años el Papa acude cada 8 de Diciembre a depositar al pié del monumento de la Plaza de España la tradicional corona de flores con los colores de nuestra bandera, que los bomberos de Roma le colocan a la imagen de la Columna, cantándose la Salve.