Del cine y sus disfrutes
Me encanta el cine. Ver películas. Vivir historias que no son mías; por aquello de volar a los lugares que nunca visitaré y conocer personas con las que no trataré. Es cierto que existe un cierto componente huidizo en este gusto, pero no es menos cierto que las historias que vemos a menudo, más incluso que evadirnos, nos enfrentan de golpe con nosotros mismos, con ideas que fuimos creando en nuestra mente a lo largo de nuestra biografía, con dudas que nunca antes nos habíamos planteado, con dramas que jamás imaginamos que existirían (pero que existen). Una ventana amplia al mundo.
El cine es también divertimento, disfrute, risas francas, carcajadas sanadoras, lágrimas de cocodrilo y congoja en el alma. Si el espectador entra, si el director o el guión o los personajes le llevan…el espacio es infinito.
Todos tenemos una filmografía de nuestra historia personal. Las “pelis” que marcaron nuestra vida o diseñaron parte de nuestro caminar. Aquellas que al recordarlas y volver a verlas te llevan directamente a un punto concreto del pasado o del presente o las que te sugieren a una persona, o varias. La imagen es evocadora de por sí, y aunque nos hemos llenado de imágenes, a veces vacías, a menudo excesivas, también es posible reconocer la verdad cuando es vista.
Mi infancia tiene un nombre concreto, se llama “Sonrisas y lágrimas”. Julie Andrews como institutriz soñada, bajo aquellas canciones que preñaron tantas infancias de sueños o Christopher Plummer con ese atractivo irresistible tras su impertinente silbato. Una familia numerosa, personajes que se preguntan por su vocación, infancia, adolescencia, madurez…y un drama histórico, el de los austriacos invadidos y el patriotismo sabiamente acuñado por el famoso “Edelweiss”.
Mi adolescencia se llama “Esencia de Mujer” rescatada de sus naturales turbulencias por Al Pacino y suavemente tratada por la candidez de Chris O’donell. Un tango que pasará a la historia, el primer impacto con el honor, y el deshonor, un encuentro con el bien y el mal, la vida, la muerte, las discapacidades y la bondad del que acompaña en el camino. Esos colegios americanos que a los catorce años impresionan, y la ceguera, tan extendida en este mundo, de todos los que a menudo conducimos un Porsche sin mirar la carretera.
La juventud siempre es marcada a fuego. El final del colegio, la universidad, el primer trabajo, el primer amor, los primeros encuentros importantes, la búsqueda de la identidad…y a veces la desorientación.
Buceamos entre lo antiguo y lo moderno y nos impactamos con “Matar a un Ruiseñor” del mismo modo que lo hacemos con “Gladiator”, “La lista de Schindler” o “El pianista”. Flipamos con Woody Allen pero Spielberg nos parece un genio, y somos capaces de volver a ver “El rey león” por enésima vez o tratar de entender qué pretendía Kubrick con “La naranja mecánica”. Lloramos con “Qué bello es vivir” o con “La Pasión” ahogando las emociones en un almohadón, porque efectivamente estamos bien hechos.
Sin embargo el cine, en la búsqueda de nuestro camino, a veces pone trabas. Engaña, con la impunidad con la que engaña la imagen y nos enreda y confunde, pintando el amor de “romántico” y al hombre ideal como un personajillo que lleva flores y corre a la estación a impedir nuestra marcha (con música de fondo). Muchas frustraciones ha alimentado a veces el cine (el mito del príncipe azul cursilón cuánto daño nos ha hecho) Sin embargo, seguimos buscando “la buena película” y cierto es que aún existen mentes agudas que consiguen plasmar ideas brillantes, historias reales, y la belleza humana, el valor otorgado al hombre y las pequeñas cosas cotidianas.
Habrá que buscar la “cultura” en el cine. Recoger aquellas obras que elevan el espíritu, y que aprovechan los recursos humanos para aportarnos algo. El universo para aprender es infinito y nosotros estamos en permanente crecimiento.
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Magnífica columna Violeta.
Espectacularmente bien escrita.
Totalmente de acuedo con lo que dices. Qué grande es el cine. Capaz de lo mejor y lo peor, de elevar o empequeñecer, de ensanchar o envilecer.
Preciosa columna.Yo,como enamorada del cine,creo que la vida sin él perdería mucho encanto.Mi hermano,al que le debo gran parte de mi “culturilla cinematográfica”,siempre comenta que para él una Navidad sin ver”que bello es Vivir”,pierde un poquito de entrañabilidad;así que ,siguiendo sus consejos,todas las Navidades,tras una preciosa Misa del Gallo (Este si que es el mas “precioso de los Espectáculos”)no fallo en buscar algun ratito para este disfrute cinematográfico.
¡Feliz Navidad y muchas gracias a todos los columnistas por haber retomado los artículos! ¡Me encantan!
buen enfoque del cine (aunque no coincida prácticamente con ninguna de las peliculas q citas jeje) pero el enfoque genérico está bien…dos ideas importantes: 1-que el cine (sobre todo aquellas películas llamadas “de pensar” o “con mensaje”) siempre nos enseñan una visión de la realidad nueva, propia dle autor y que merece la pena reflexionar (aunque nos repela el argumento) y 2-me alegra q por primera vez (y sobre todo una chica) ponga el dedo en la llaga en las falsas películas “románticas” q tanto nos inundan y tanto parecen gustar…
Coincido con todos, una columna preciosa. Enhorabuena Violeta.
Como arte que es, siempre habrá distintos gustos, el libro de los mismos se dice que aún está por escribir. Pero sobre lo que si coincidimos todos, es que cuando está bien hecho, nos atrae a todos: No hacen falta grandes superproducciones, o muchos efectos especiales, o grandes relatos literarios, basta con crear, que no es poco, algo atrayente con “fondo”, contar una historia de esa forma atractiva es el quid del arte. Si una película no nos deja indiferentes, y la recordamos, para nuestro bien o con un rictus de desaprobación, el autor habrá conseguido nuestra atención o nuestra preocupación, en el peor de los casos. Pasando a ser parte de nuestras vidas.