La palabra se hizo carne

Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera…

(Gerardo Diego)

 

 

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa pero una Palabra tuya bastará para sanarme”. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

 

Llevo años asistiendo y participando de la Eucaristía. Había repetido la frase del centurión romano millones de veces. De niña gané 10 puntos en unas convivencias gracias a esa frase. Me caía bien el centurión romano. Pero nunca había entendido nada. Ayer, de pronto, se me hizo evidente algo que nunca había pensado. Se me abrió un huequito chiquitín del corazón que llevaba largo tiempo con las bisagras sin engrasar y anidó esa Palabra suya sanadora que comprendí era el Niño. El grave problema es que no sólo me sentía indigna de que entrara en mi casa sino que también yo me sentía indigna de entrar en la suya.

 

Se me caen las palabras cuando escribo. Se me borran las no ideas sin llegarlas a paladear. Se me amontonan los deseos, los anhelos, las peticiones. Se me amontonan los silencios, las inquietudes, las debilidades. Se me amontonan los miedos, las fatigas, el cansancio. Se me amontonan los proyectos, las lecturas, los poemas. No entiendo por qué se ha acabado… ¿ya está? ¿A esperar la Cuaresma? ¡Me queda tanto! Necesito seguir y seguir y seguir escudriñando el Misterio. Volverme niña como la palmera y creer entenderte… ¿Entenderte? Rendirme, aceptar tanta generosidad y adorar… Dejarme conmover por tu ternura. Saberme amable (sí, ya sé, digna de ser amada… pero es que todo me queda tan grande…).

 

María, ¿cómo? ¿Cómo puedo pedirte al Niño? ¿Cómo debo sostenerlo en mis brazos? Es que… no quiero asustarle. No quiero asustarme. Tanta sencillez me está matando. ¿Cómo pueden el buey y la mula? Si es que no logro entrar en el portal, no puedo mirar, no sé mirar… quién fuera el lobo de caperucita roja: con orejas grandes para escucharte mejor, con ojos grandes para verte mejor… Es que yo también quiero llevarte algo y me pides que te regale mi nada. ¿No te das cuenta de que eso me cuesta aún más? Si es que yo también quiero quedarme embebida y es que… ¿es que no te quedan ángeles que me empujen para entrar?

 

Que no se acabe nada. Que pasen semanas y te siga contemplando… Hasta donde sepa, hasta donde pueda, hasta donde tú me dejes contemplar. Que se haga siempre en mí, como en María, tu voluntad.

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Comentarios (7)

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  1. Mota dice:

    Espectacular.
    Qué fuerza. Qué belleza.
    Sólo puede decirte Gracias, querido/a Simeón.

  2. Santiago Font dice:

    Preciosa oración.

    Eso es entender la Navidad: ir al pesebre a contemplar el Misterio del Grande que se da a lo grande pero como un pobre. Eso es entender la oración: acercarse a mirar y dejar que El me mire, sin complejos. Atreverse a balbucir lo que no sabemos decir porque las palabras son Gracia en nuestra boca. Atreverse a pedir un empujoncito para entrar en el pesebre, en su presencia.

    Maravilloso. Me ha encantado, Simeón.

  3. pati linares dice:

    Qué precioso y auténtico es lo que dices. Gracias por compartir tu oración y permitir que también nosotros podamos rezar así:
    Es que yo también quiero llevarte algo y me pides que te regale mi nada”

  4. tuky dice:

    ffff es como si un escalofrío me recorriera la espalda…con esas palabras que se adentran en mi corazón reclamando la verdad y mi indignidad se hace tan patente que comparto tus letras Simeon. Gracias por regalármelas para poder hacerlas mías.

  5. miguelangel dice:

    preciosa columna. poesía pura y como habéis dicho algunos, también es una oración
    yo no he podido todavía aprehenderla del todo a pesar de releerla varias veces, pero siempre hay frases o palabras que me “golpean” especialmente…nuestra indignidad…somos indignos a los ojos de Dios? no soy digno de que entres en mi casa? siempre he discrepado respetuosamente con el centurión romano….

  6. Santiago Font dice:

    Buen tema el que planteas, Miguel Angel, el de nuestra supuesta indignidad hacia Dios. ¿Es que el hombre es indigno? Y si lo es, ¿por qué Dios se encarna en el hombre para dejarse sacrificar, con el fin de que el hombre pueda gozar de ÉL? ¿es que somos inidgnos pero Dios nos hace dignos con la cruz?  Cristo-Dios tiene sed en la cruz, sed del hombre por el que se deja matar como el peor criminal. ¿Es que tiene sed del indigno? No lo creo.

    Me parece que el tema es más profundo que la mera dignidad-indignidad. No es que el hombre sea indigno por sí mismo. Es criatura de Dios, y además, a su imagen y semejanza, y lo que sale de las manos de Dios no puede ser malo o indigno. Sin embargo, el hombre está herido por el pecado, sobre todo el de la soberbia, que le hace querer ser como Dios y ahí es donde está el problema. La soberbia del primer Adán se cura con la humildad del segundo Adán, Cristo (1Cor15), que se humilla hasta la muerte, enseñándonos el camino. Dios se apiada de los humildes, como el centurión, como la mujer cananea que le pide a Jesús las migajas que se caen de la mesa de los señores. Porque sólo con esa humildad, que reconoce nuestra indignidad pecadora y soberbia, podemos aceptar el amor de Dios, con lo que eso acarrea. No es que seamos indignos, que queremos ser dignos de su amor y para ello hay que humillarse primero.

    Dignos para entrar en la casa de Dios… ¿quién lo es?. Y sin embargo, es la esperanza que mueve nuestras vidas, porque sabemos que entraremos y le veremos. Nos lo dijo.

  7. Simeón dice:

    Como la cierva, Miguel Ángel… que sólo puede beber si agacha la cabeza y se humilla ante el manantial…
    Gracias a todos por conVivir leyendo, comentando y degustando!!

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