Liturgia celebrada:el pan de cada día
Después del tiempo de Navidad, en el que hemos celebrado en la Iglesia la ‘manifestación’ de Dios a los hombres en forma de ‘admirable intercambio’ –Dios se ha hecho hombre para que el hombre participe de la vida divina- volvemos, por decirlo así, al día a día de nuestra fe, es decir, a lo cotidiano. Aunque no por ello monótono o aburrido, pues desde que Dios intervino en la historia de los hombres por la Encarnación de su Hijo, el tiempo de los hombres se ha convertido en tiempo de gracia. Y la Iglesia lo celebra cada día.
Si bien es cierto que la el año litúrgico pivota sobre el Misterio Pascual de Jesucristo –su muerte y resurrección-, para cuya celebración nos preparamos en el tiempo de Cuaresma, la Navidad es también un tiempo fuerte para el que nos hemos preparado mediante el tiempo de Adviento. Pero los tiempos litúrgicos no se agotan ahí: durante el Tiempo Ordinario (llamado también ‘tiempo durante el año’), no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino que se evoca el mismo misterio de Cristo en su plenitud para que en cada celebración, especialmente en los domingos, entremos en comunión con Él, vivo y presente, a través de la Palabra de Dios y los Sacramentos, hasta que vuelva como Rey del Universo y el velo de los signos deje paso a la plenitud de su presencia.
En el ‘tiempo durante el año’ se desarrolla cómo el Reino de Dios, predicado por Cristo y cumplido en él mismo, se construye día a día, en lo cotidiano. Es lo que pedimos cada vez que rezamos el Padrenuestro: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Es en el espesor de la existencia monótona y gris, en lo ordinario, donde acontece lo extraordinario: Dios se nos ofrece para que vivamos en comunión con Él. Cristo resucitado se hace Presencia que acompaña al hombre que camina para explicarnos las Escrituras y partir para nosotros el pan de la vida.
La centralidad del Domingo como Pascua semanal, la oración y profundización en la Sagrada Escritura y los sacramentos –cuyo culmen es la Eucaristía-, son los compañeros de camino para este tiempo privilegiado y fuerte de la fidelidad de Dios y de la perseverancia del fiel que profundiza en el misterio de Cristo cada día.
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Tiempo ordinario, tiempo cotidiano… tiempo donde encontramos a Jesús caminando a nuestro lado por los povorientos caminos de Galilea, rezando por las noches al Padre, curando a los enfermos, dando esperanza a los desvalidos…
Cuando vivimos un tiempo fuerte, como la Navidad o la Pascua, nos ponemos nuestras mejores galas y lo celebramos a lo grande. Es como si fuésemos “de visita” a la casa de Dios. Preparamos a fondo las liturgias, hacemos que todo sea perfecto… Cuando vivimos el tiempo ordinario, acudimos a la Eucaristía vestidos de forma sencilla, casi no preparamos nada… es como si estuviésemos en nuestra casa, pero seguimos estando en la casa de Dios. Y a mi me encanta. Por que me encanta mi casa, donde más cómodo estoy: “en casa como en ningún sitio”. Esa es la sensación que tengo en el tiempo ordinario, la de la cotidianidad de mi casa, donde estoy a gusto, el día a día de Jesús en el camino, descansando bajo un olivo al lado de un sembrado, mientras nos habla de su Reino.
Que no nos salgamos del camino, distrayéndonos con otras cosas y que estemos atentos al Maestro, que sonríe a nuestro lado.
Siempre había vivido el tiempo ordinario como el tiempo de la Iglesia en el que no es Adviento, Navidad, Cuaresma ni Pascua… sencillamente.
Me gusta descubrir leyendo esta columna, que es un tiempo para estar en Mi Casa, más o menos consciente de lo que celebro, dedicando más o menos momentos de oración… pero en definitiva, es tiempo de estar en Esa Casa en la que todo es cotidiano y extraordinario a la vez.
Gracias!
Gracias por la columans J.A.B.A., y gracias por vuestros comentarios Santiago y Patilí.
Me ham gustado, y ayudado, mucho.