Te quiero… ¡cambiar!

Las comidas familiares suelen ser el escenario perfecto para una discusión. Todo empieza cuando alguien, sin mala voluntad, hace “eso” que tanto irrita a otro. ¿Qué es “eso“? Una manía, un gesto, un ruido, un comentario que no pretendía molestar… pero molesta. La reacción no se hace esperar. “¿Por qué Fulano tiene que ser tan…?”. Alguien responde con mala cara, y a la mala cara le siguen las palabras. El desencuentro está servido. En este momento gritaríamos: ¡Te quiero! Pero te quiero… ¡cambiar!

Algunos -entre los que me incluyo- tendemos a vivir exigiendo a los demás más de lo debido. Esperamos que cambien de una vez y abandonen esos “defectos” que tanto nos molestan. Sin darnos cuenta, nuestra vida se llena de pequeñas extorsiones y de cierta violencia, que viene de forzar a otros a que cumplan con nuestras expectativas o nuestros deseos. Que no tengan manías, que no hagan las cosas a su manera sino a la mía que es claramente mejor; que no hagan esa mueca, que no hagan ese ruido, que no pongan esa cara que ya sé lo que significa…

En definitiva, quiero que los otros sean de diferente manera… con tal de que yo no tenga que cambiar. ¿Se puede vivir de otro modo? ¿Es posible dejar de perder los nervios cuando el otro repite mil veces el gesto que me altera? Claro que sí. Es cuestión de aprender a querer y acoger al otro como es, reconociendo que él es un don para mí. Además, una vez que hayamos desistido de cambiar a los nuestros, probablemente descubriremos que nuestra paciencia, nuestra misericordia y nuestra acogida harán mejor persona al otro, al contrario que la violencia o las exigencias.

En realidad, estas pequeñas miserias cotidianas delatan una carencia mayor. Cuando vivimos queriendo cambiar a otros, vivimos alejados del verdadero amor: el amor incondicional. Un amor que  no se vende, caro ni barato. Un amor que no aumenta o disminuye con la virtud de aquél a quien amamos… por eso podemos amar a un enemigo, a un asesino, a un desconocido. Es un amor previo a todo. Es un amor originario, que nos dio la vida y nos creó, un amor en blanco. Un amor que no tiene nada que ver con el merecimiento… es esencial, es anterior.

Somos amados a pesar de ser indignos: esta es la paradoja. Somos amados sin merecerlo: no tenemos que lograrlo, es un don, ya nos lo han dado.

El Señor ha venido para que entendamos por fin esta incómoda contradicción: ¡Que no hay nada que podamos hacer para ganar su Amor, porque ya nos lo ha entregado! Cambiará nuestra vida sin violentarnos. Él viene a enseñar, no a exigir. Viene a curar, no a forzar. Viene a dárnoslo todo, y no pide nada.

Ojala nos llenemos de este Amor incondicional y desmesurado. Ojala los nuestros no tengan que hacer nada para ganarse nuestro amor. Y ojala nuestra entrega gratuita les haga ser mejores.

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (7)

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  1. tuky dice:

    Jo Loreley…a mi me pasa muchoooo esto que dices. Qué horror, no?? Soy super mega maniática con cosas taaan tontas que me pierdo lo importante, lo relevante, lo bello por detalles sin importancia.
    Pero lo fuerte es la explicación, con la que plenamente coincido. Se me olvida tanto ese Amor incondicional…que me equivoco sin remedio.
    Y es tan bonito sentirte acogido en plenitud, con tus tonterías y tus equivocaciones, con tus manías, con tus sueños, tus anhelos, tus dificultades. Y lo triste es que yo si me siento así y a menudo no consigo devolver la gratuidad de se Amor recibido

    Esta edicion de SJD está tocando mucho el corazón…en fin…Gracias

  2. Loreley dice:

    Gracias, Tuky.

    ¡Qué cenizos podemos llegar a ser! La felicidad está hecha de muchos momentos cotidianos. Hay que concentrarse en encontrar el sentido de nuestra vida en medio de lo sencillo y diario. Ahí es donde está todo… pero qué difícil es a veces.

  3. María dice:

    gracias Loreley; qué bien me viene, qué falta me hace querer así a los demás.
    Hay una frase del rey Balduino que tengo ahora presente, por lo que me cuesta, que es que más que amar a los demás “por amor de Dios” hay que amar a los demás “con el amor de Dios”. Espero que el rey, que debió vivirlo así de verdad, me consiga del Rey poder al menos ponerme en camino para vivirlo yo también

  4. Vinccero dice:

    Que razón tienes Loreley!
    El amor heroico, la santidad, es el que cuida estos detalles… Y que grande sentirse amado a pesar de mis muchos defectos!
    El amor de verdad es aquel que hace olvidarte de ti mismo para centrarte en el otro. Y ese es el amor del que hablas en tu columna: paciente, sin límites, acogedor…

  5. miguelangel dice:

    como siempre, loreley, dando en la tecla.
    el amor incondicional (y respetuoso con las “manías” del otro) es pues, doble: amor de Dios hacia mí; y amor mío hacia el hermano. esto último es lo más fácil de palpar (cuando existe), aunque también lo más difícil de poner en práctica. 
    mi pregunta es…de qué manera podemos sentir o habéis sentido vosotros el amor incondicional de Dios hacia vuestras personas? pq no es fácil (creo) palparlo como puedes palpar el amor que se tienen dos personas de carne y hueso…

  6. Vinccero dice:

    De mil maneras Miguel Angel!
    He sentido el amor de Dios cuando me ha dado fuerza y fe para luchar contra toda tristeza o dolor.
    He sentido el amor de Dios al ver la creación que me rodea.
    He sentido el amor de Dios al rezar junto al Sagrario.
    He sentido el amor de Dios al ser amado por todas las personas que Él me ha regalado.
    He sentido el amor de Dios al confesarme.
    He sentido el amor de Dios al amar a los demás.
    He sentido el amor de Dios al comulgar.
    He sentido el amor de Dios al reír y experimentar todas las sensaciones que Él ha diseñado para mi.
    He sentido el amor de Dios al olvidarme de mi mismo.

    Y muchas veces más… el problema es que a veces nos distraemos, solo hay que estar atento…

  7. Loreley dice:

    Gracias, Vinccero. Son muchas muestras del amor de Dios.

    En la misma línea, quería centrarme en un aspecto:

    Miguel Ángel… ¿Por qué separas tanto el amor que nos tenemos las personas del amor de Dios? ¿Acaso es uno posible sin el otro?
    Dios nos ha amado primero. Y su amor nos ha hecho capaces de amar. Él es el Amor de nuestro amor.

    Cada vez que te sorprendas amando, disfruta de la experiencia de saber que si eres capaz de amar, es porque Dios te ha amado primero.

    Cada vez que te sientas amado, disfruta de la experiencia de saber que si te aman, es porque Dios ama primero.

    Esforzarse por abstraer la acción de Dios de la vida de los hombres es como tratar de abstraer la biología del funcionamiento real del cuerpo humano… son entelequias que no ayudan. ¿Acaso no es extraordinario que Dios actúe EN nosotros y A TRAVÉS de nosotros? Claro que hay otras formas de verlo, pero no hay que empeñarse en aislar su acción de nuestra vida, como si esa acción fuese más pura por darse fuera de nosotros.

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