¿Cómo puedo vivir la Cuaresma?
La cuaresma es un período de preparación al misterio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Se trata de cuarenta días durante los cuales intentamos acercarnos a Cristo en el mismo período en que Él ayunó, intentando alcanzar la disposición adecuada para acompañarle en su sufrimiento durante la Semana Santa.
Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2).” En la vida de Jesús, este período sucede al bautismo en el Jordán y antecede al comienzo de la predicación y la captación de los primeros discípulos.
¿Cómo podemos vivir la cuaresma? En primer lugar, intentando prestar más atención a la liturgia, intentando vivir la Misa con mayor participación. Las lecturas, las preces, las oraciones introductorias, nos van adentrando poco a poco en el misterio pascual. Tanto desde las profecías del Antiguo Testamento, como desde los anuncios que de su Pasión hizo el propio Jesús. En segundo lugar, realizando pequeños ayunos o privaciones, tanto de alimentos como de actividades placenteras. En tercer lugar, intensificando la limosna, el compartir con los que menos tienen.
Todo esto nos ayudará a reflexionar y meditar la forma que toma la redención del género humano. Este debería ser el tema principal de la oración personal durante este período: por qué Jesús se entrega por mí; por qué Jesús padece un juicio inicuo y la tortura de los latigazos con el flagellum romano, por mí; la coronación de espinas, la burla y los golpes de los soldados, las caídas camino del Calvario, y finalmente cómo padece la crucifixión, por mí. Y muere en la mayor de las humillaciones junto a unos malhechores, con la muerte más ignominiosa y despreciable, colgado de un madero, por mí.
Si durante esos cuarenta días pudiésemos realizar el itinerario que va desde nuestra vida de indiferencia hasta llorar de dolor por el sufrimiento y muerte de quien era la inocencia, el Bien, la Bondad y la Belleza personificados, ya sería un fruto abundante.
La cuaresma debería ser una especie de paréntesis en la vida corriente, moviéndonos una vez más a la conversión, a derrotar al hombre viejo interior. Haciendo énfasis en prescindir de los bienes creados, de aquello que más nos complace, como una pequeña renuncia motivada por amor a a Jesucristo, para intentar parecernos un poco a Él.
Las comodidades de la vida ordinaria tienden a alejarnos de Dios. Creemos que lo importante es descansar, recuperarnos del cansancio del trabajo, ganar y tener lo suficiente para vivir bien. El hecho de intentar renunciar a parte de esas comodidades, aunque sean unas pocas, nos recordará qué es lo importante. Los cristianos no estamos en este mundo pensando en metas mundanas. Nosotros tenemos el horizonte más alto, estamos pensando en el cielo, en la vida eterna. La lectura del Evangelio de este domingo nos recuerda cuál es el camino: son las Bienaventuranzas. A través de la cuaresma se nos invita a recorrer un camino de desprendimiento de los bienes creados, de imponernos pequeñas privaciones, pero no por estoicismo, por flagelarnos, sino por amor.
La cuaresma es el tiempo de la llamada a la caridad. Esas renuncias, esas limosnas, solo tendrán valor en la medida en que estén inspiradas en el amor.
¿Cómo podemos entender que estas cosas tienen que ver con el amor? Si pensamos en la vida de Jesús, nos daremos cuenta de que Él vivió prácticamente en la indigencia (“el hijo del Hombre no tiene donde reposar la cabeza” Mt 8, 20). Nació en un pesebre, en una cueva que servía para guardar el ganado. Creció en una pequeña aldea, con un oficio manual. No poseyó propiedades ni riquezas, ni muchos trajes, joyas u objetos. El que era el más importante de los hombres vivió en la pobreza, en la sencillez, en la carencia de todo aquello que nosotros valoramos. Qué distinto de nuestras vidas. Si conociésemos un poco a Jesús, le amaríamos. Y si le amásemos, querríamos imitarle, ser como Él, vivir como Él. La vida oculta de Jesús, durante unos treinta años, es una lección de humildad, de sencillez, de abnegación, de obediencia, de santidad.
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Me ha encantado tu artículo Federico Deleña (pues es con “ñ”).
Lo imprimiré y rezaré con él. Merece una 2ª, 3ª y….lectura.
Reflexionar en Cuaresma sobre todo lo que aquí dices.
Muchas gracias.