Compasión
El terremoto en Haití ha conmocionado al mundo entero, y han sido numerosos los gestos de solidaridad y ayuda que se han dispensado por doquier para aquellos haitianos que, si ya eran pobres de por sí, ahora son pobres entre los pobres. ¿Hasta qué límites puede llegar la miseria, la pobreza, y la falta de los valores humanos básicos?
Lo estamos comprobando en estos días. Pero no toda la realidad del pueblo haitiano es como se nos pinta; sabemos de primera mano que, en medio del desastre, también está brillando la luz de la esperanza en algunos grupos, que luchan por recomponerse, y se han organizado para repartir ordenadamente la ayuda que les llega.
Algunas comunidades cristianas incluso han retomado la celebración de la Eucaristía, situándola en el centro de cada día como fuente de esperanza y de luz que brilla en medio de la incertidumbre.
Y la pregunta que muchos se hacen en estos días es, una vez más, ¿dónde está Dios? ¿Se ha marchado de Haití? Dios no sólo no se ha marchado de la isla, sino que probablemente se ha hecho más presente que nunca, cómo no, una vez más, en medio del dolor, del sufrimiento, de los padecimientos de los más pobres, sus preferidos. Jesucristo está ahí, cargando sobre sí el sufrimiento y la muerte en el madero de la cruz, sembrando en cada corazón la luz y la esperanza de Vida y Resurrección. Y no es una frase hecha, es una realidad que sigue siendo actual para nosotros hoy.
Dios también se ha hecho presente en estos días moviendo el corazón de mucha gente a la com-pasión, es decir, a asumir como suyos los sufrimientos de los demás, lo que se ha traducido en generosas aportaciones económicas y materiales.
¿Y dónde está la Iglesia en estos momentos? En el mismo lugar que su Señor: prolongando y haciendo presente en medio del dolor y del sufrimiento las mismas acciones de su Señor: anunciando el evangelio a los pobres, la salud a los enfermos, a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista y la libertad a los oprimidos. Los cristianos servimos a nuestro Señor en los más necesitados, obedientes a la voz de Jesús que dijo: “Cada vez que con uno de estos, mis pequeños hermanos, lo hicisteis, conmigo lo hicisteis”. Hasta tal punto llega la identificación de Jesús con el hombre que sufre.
La Iglesia se demuestra y demuestra al mundo –aunque no salga en los medios de comunicación social-, que no se puede vivir una fe de sacristía, interiorista o intimista que no se concrete en la vida, que no se abra a los demás; la caridad cristiana está en relación directa con la fe de la Iglesia (expresada en el Credo) y con la celebración litúrgica. Según un antiguo adagio: “la fe que confesamos en el credo la celebramos en los sacramentos, y en consecuencia vivimos”. La maravilla de esta Liturgia vivida es, pues, el misterio de la Caridad divina que se hace presente en nuestra vida y, a través de nosotros, tiende la mano a los más necesitados.
Por eso la Iglesia católica ha activado sus instituciones humanitarias en respuesta a la llamada del Papa para socorrer a la población de Haití y ya ha enviado numerosos misioneros, especialistas y ha hecho generosas aportaciones económicas a través de Cáritas, Ayuda a la Iglesia Necesitada, Manos Unidas, Entreculturas… A nivel diocesano, la ayuda se ha concretado en las parroquias, que en un alarde de generosidad han hecho colectas especiales los domingos, destinadas a los damnificados por el terremoto en Haití.
A los cristianos no nos mueve por tanto la filantropía sin más, sino la caridad; servir a los pobres impersonalmente, sería hacerse cómplices de aquello que les despersonaliza. En el realismo conmovedor de la Encarnación del Hijo del hombre, que se ha hecho pobre por nosotros, lo que sufre todo ser humano es el sufrimiento mismo de Jesús, que lo asume. Nuestra muerte ya no es nuestra, sino de aquel que ha muerto y resucitado por nosotros.
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Gracias, Belmon, por recordarnos que, a diferencia de otros grupos, la Iglesia de Cristo se encarna con los pobres y los que sufren, y sufre con ellos, como nos enseñó nuestro Señor, pasando hambre, sueño, enfermedades, dolor, calamidades, prisión, esclavitud y toda suerte de desdichas, como decía S Pablo. Y lo hace con la inmensa alegría de sabernos salvados con el resucitado.
Gracias a Dios, la Iglesia sigue estando con el sufriente y el pobre. Siempre lo ha estado, aunque muchos les pueda parecer lo contrario. Es el misterio de la cruz. Lo que pasa que no nos gloriamos de ello ante los hombres, sino sólo ante Dios, quien es el que nos da la gloria eterna. Por eso no salimos tanto en los medios…
Y no sólo los que militamos, sino también los que se han muerto en el Señor. ¡Qué fuerza hay en esto! Liturgia vivida, como dices.
Gracias por esta columna belmon.
Iglesia que sufre, Iglesia que acompaña, Iglesia que acoge.
Cristo, Iglesia, pueblo que está con los que más sufren.