El desierto cuaresmal

Tenemos la Cuaresma encima y es un buen momento para adentrarnos en el ‘desierto’ cuaresmal y emprender un camino de profundización espiritual y preparación para la celebración de la fiesta más importante para los cristianos: la Pascua de Jesús.

En un tiempo en el que vivimos cambios constantes, a veces frenéticos, no podemos olvidarnos de un cambio fundamental: el de nosotros mismos, y eso se llama ‘conversión’. Es por tanto una ocasión estupenda para ‘hacer reforma’ y volver a lo fundamental cristiano, transformándonos y renovándonos en la mente y en el espíritu. Al servicio de esa transformación están las prácticas cuaresmales –oración, ayuno, limosna-, y la penitencia, que nos hacen desprendernos de todo aquello que nos estorba y centrar nuestra mirada en Aquel que nos libera de nuestras esclavitudes.

Dicha transformación interior se traduce en ‘evangelizar’ toda nuestra persona, fundamentalmente nuestra mente –pensamientos, proyectos, ideas-, nuestro corazón –sentimientos, pasiones, deseos- y nuestras acciones. También hay que convertir las ‘preferencias’, poniendo al Señor el primero, muriendo al egoísmo del ‘hombre viejo’ y viviendo con nueva energía y entusiasmo. Esto requiere ‘entrenamiento’, y ese ejercicio lo hacemos fundamentalmente en Cuaresma.

En la celebración de este tiempo litúrgico se corre sin embargo un doble riesgo: por una parte quedarnos en lo externo de estas prácticas (por ejemplo, convirtiendo el ayuno en una ‘dieta’ pseudo-religiosa’ y no en ayunar del pecado, o dar limosna para tranquilizar nuestra conciencia), poniendo así los acentos en nosotros mismos y no en la gracia divina, y por otra celebrar la Cuaresma como un fin en sí misma, desvirtuándola de su sentido original: prepararnos y unirnos más eficazmente al misterio más importante para los cristianos: la Pascua de Jesús.

Celebrar la Cuaresma es por tanto mirarse sin ningún miedo en el espejo de Cristo, encararse con sus exigencias, comparar su programa y sus ideas con las nuestras para ver qué nos falta y qué nos sobra, llegando al fondo del corazón y no a las apariencias –“rasgad los corazones, no las vestiduras” (Jl. 2, 12)- para que el Señor haga nuevas en nosotros, una vez más, todas las cosas: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43, 19).

 

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Comentarios (2)

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  1. Mota dice:

    Magnífica columna Belmon.

    Qué bonita e impactante esta frase: “rasgad los corazones, no las vestiduras”.

    Como con otras columnas de esta edición de SJD, como la de simeón y la de Federico, la imprimiré y meditaré con ella.

    Despacio, sin prisa, saboreando cada frase y haciendo examen de conciencia sobre mi vida.

    Gracias.

  2. Inés dice:

    Gracias.
    Ayuda en “tiempo de Reforma”.

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