Hijo mío
Un hecho indiscutible es que todos somos hijos. Y es algo que no sólo condiciona la vida sino que nos capacita para enfrentarnos a ella.
Resulta impresionante que Dios, que es padre, creador, nos dé la vida a través de un hombre y una mujer, padre y madre biológico. Ha elegido ese modo y no otro de traer nuestra carne a la tierra. Por medio de la filiación.
Y el niño, desde que abre los ojos al mundo, es sabido como hijo y cómo tal se concibe a sí mismo. Cuántas veces hemos respondido a la pregunta de quiénes somos con un: “Soy Javier, hijo de Carlos“, “Soy Ana, hija de Carmen” Nos identificamos con un padre, con una madre, y es fundamental para nosotros sabernos hijos.
Quienes por desgracia no gozan de relación con sus padres no han de sentirse alarmados, todos adquirimos esa filiación desde que somos creados. Tener conciencia de Dios como padre nuestro nos abre el camino del entendimiento. Nuestra necesidad, nuestra educación, nuestros afectos, se ven cuidados por esa figura insustituible que ejerce el padre (padre y madre) en nuestra vida.
Por eso es tan importante reconocer que somos hijos. Como mamoncillos necesitados de alimento, el padre, más sabio, más consciente, nos irá alimentando. Ahora leche, y luego cuando estemos preparados, carne.
Para nuestro desarrollo personal, la figura de un padre es esencial. Ya sea espiritual o biológico. El amor desinteresado del padre cala en nosotros profundamente y nos da la capacidad de seguir avanzando en la vida. Sólo el que se sabe hijo puede ser esposo, y ser padre.
Un hombre que se sabe amado, necesitado, creado y querido como tal tiene la facultad de poder responder a la llamada de la entrega esponsal con mejores condiciones de partida. Y de esa entrega el fruto lógico y querido es la paternidad / maternidad como don.
Para los que somos padres, reconocer esto es sabernos primero amados, (Por Dios, por nuestros padres, por María…) luego sabernos elegidos (por Dios que nos llama a algo concreto de un modo concreto: el matrimonio con…o el sacerdocio, la consagración…) y después bendecidos con el don de una vida que no nos pertenece pero de la que somos usufructuarios y responsable (también esta paternidad se puede ejercer espiritualmente).
Disfrutamos de quien nos es prestado como hijo, y nos responsabilizamos de que se sienta hijo, de que se sepa amado y elegido para que pueda seguir su camino siendo fiel a la llamada.
Ser padre es reconocer que vuelves a ser el mamoncillo que necesita leche, y que vuelve a mirar al Padre gritando ¡enséñame! ¿Por qué a mi esta tarea tan inmensa? Educar, ver crecer, enseñar, transmitir, y saber que la felicidad de un ser creado por Dios depende en buena medida de lo que tú puedas hacer.
Pero es maravilloso, parece como si el círculo se retroalimentara y cobrara mayor dinamismo, reconociéndome hija querida y salvada, esposa entregada, madre bendecida.
En el Evangelio hay numerosas ocasiones en que se habla de esta filiación, de esta esponsalidad, de esta paternidad. ¿Se te ocurre alguna?
Filed Under: Portada


Querida Violeta:
Creo que como madre me sentiré plenamente realizada si consigo que mis hijos,a través de mi amor y respetando su Libertad,sepan descubrirse Hijos de Dios.Una tarea agotadoramente apasionante¿Verdad?
Gracias por tu artículo.Genial (En tu linea)
Hola Violeta, gracias por tu columna. Y felicidades por partida doble: por ser madre y por sacar tiempo para escribir en SJD (doble mérito). Un abrazo.
Impresionante columna Violeta.
Me ha parecido conmovedora, por la enorme verdad que anuncia: somos hijos, y así somos esposos, para luego poder ser padres.
De toda la columna, que m,e ha parecido espectacular -la forma y el contenido-, me quedo con esta frase que tanto se nos olvida: “el don de una vida que no nos pertenece pero de la que somos usufructuarios y responsables”.