24-f, un día de luto para las mujeres
El 24 de febrero es un día que pasará a la historia de nuestro país como uno de los días más tristes de la misma. El día en que el aborto dejó de ser un delito para convertirse en un derecho.
Reconozco que cuando me enteré de que el Senado no había levantado el veto que venía del Congreso, y que ninguna de las 88 enmiendas había sido aceptada, sentí una tristeza amarga en la boca del estómago. La tristeza, la rabia, el dolor, el desconsuelo, y la incomprensión anidaron con fuerza en mi corazón y en un lugar profundo de mi ser. Sentí que era el día de la humillación.
Después de la cantidad de cosas que nos ha costado conseguir a la mujer, el luto vuelve a adueñarse de nuestra dignidad mancillada. Por no hablar de todos los niños, futuros hombres, que no verán la luz del sol.
Cuando llegué a casa, miré a mi hija preguntándome: ¿Cómo alguien podría no quererte? y la abracé reconociendo el don de la vida.
No sé en qué se convertirá. No sé si hará poco, mucho o regular por este mundo. Desconozco si será feliz, si sonreirá tanto como yo querría. Pero lo que sé es que no es mía. A mi cargo corre la gran responsabilidad de enseñarle a vivir, mirando a Cristo como referencia, pero sólo gozo de su amor y presencia por pura gratuidad, por la del que me ama y por la de su padre, mi marido y nuestro amor.
Pero por no alejarme…retrocedo al 24 de Febrero, oscurecido el día, la lluvia mojando el asfalto y el corazón encogido. Y las risas de las abanderadas de un feminismo rancio que atufa a distancia, blandiendo la espada del regocijo en mi cara y la de tantos otros. Aterrorizados por un Estado que se hace llamar “de Derecho”, por una justicia tambaleante, por una clase política dudosa y sobre todo atemorizados de ver cómo la vida sigue a pesar de la infamia y el crimen más absurdo.
Caminar se hace difícil y las conversaciones se vuelven triviales. Y las mujeres que han demostrado su valentía a lo largo de la historia se retuercen en el sillón de la incomodidad. Y los padres observan con disimulo a su alrededor, no sabiendo qué decir, abandonados en su posición.
Y cuando la desesperación me vence y sólo veo el mal dando tumbos con su rabo largo y peligroso, encuentro la paz leyendo a Juan Pablo II en su maravillosa “carta a las mujeres”, del 20 de Junio de 1995, justo antes de la fatídica conferencia de Pekín organizada por las Naciones Unidas y que tanto daño nos ha hecho.
Juan Pablo II me escribe a mi, y a ti, mujer. Y da gracias por mí. Por ti. Por todas nosotras. Reconoce los errores que la historia ha cometido con nosotras, y rescata de las turbulencias de la ignorancia mi dignidad. Y la tuya. La nuestra. La eleva, la acoge, la comprende. Pues mirando más allá de las apariencias, reconoce nuestra esencia. Creadas a imagen y semejanza de un Creador amoroso, que nos pensó así al principio de los tiempos y que nos otorgó, nuestra intuición para observar el mundo, nuestras capacidades que tanto han aportado a la historia, nuestros dones naturales para manejar las riendas, y el don inmenso y gratuito de la maternidad, entendido desde la complementariedad masculina-femenina que nos completa, en una entrega mutua (no somos dominadas, somos amadas).
Reivindico la idea de que el matrimonio es liberador cuando uno es elegido y amado para toda la eternidad. Defiendo que la mujer, a pesar de las luchas naturales puede trabajar, y hacer grandes cosas por el mundo y puede asumir su maternidad como una alegría inmensa.
Soy consciente de las dificultades que han de sufrir muchas mujeres por toda la extensión de la tierra. Pero no erremos al buscar remedios. Reconocer quiénes somos y a que estamos llamadas es esencial en esta lucha. Y educar. Educar, educar y educar. Jesús y María modelos de vida no pueden desviarnos del camino que buscar con nuestros hijos, nuestros educandos. Y contrarrestar ese feminismo radical que no responde a la verdad de la mujer (y por supuesto también del hombre) con argumentos de peso. La verdad nos hará libres. Y en esa búsqueda, debemos entregar la vida.
Para concluir, quiero hacer una invitación a la oración y al agradecimiento. A nuestros padres, a los buenos educadores, a los hombres y mujeres de bien que tanto nos iluminan en este aspecto, y a las mujeres…aquellas que han desafiado las realidades más duras en defensa de la vida del hijo que esperaban y que amorosamente, han tenido.
Esos han de ser, en la tierra, nuestros ejemplos. Gracias.
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Tú formas parte de los nuestros. Gracias por este alentador (en medio de tanta muerte) artículo. Firmado con una autoridad infinita: la de ser madre. Gracias por ratificar la intuición que muchas tenemos anidada. Gracias por un testimonio tan maduro y generoso de la maternidad y del don de la Vida. Gracias por tanta verdad, mujer cristiana.
No puedo estar más de acuerdo con lo que dices, tuky.
Me quedo con estas frases: “no somos dominadas, somos amadas”. “Reivindico la idea de que el matrimonio es liberador cuando uno es elegido y amado para toda la eternidad.”
La maternidad y el matrimonio, justamente en contra de lo que dicen los impulsores y defensores del aborto, son dos de los aspectos más bonitos, más auténticos y más naturales para la mujer, y para el hombre.
Gran columna y gran testimonio. Sin embargo, levanta no es bueno que caigamos en el pesimismo porque este asunto, como otros muchos que desgracidamente llegarán más pronto que tarde a nuestro ordenamiento jurídico (¿?) -si se puede llamar así-, necesitan únicamente mucha más oración de mucha más gente. Ten en cuenta -seguro que lo sabes mejor que yo- que esto es un combate amañado en el que sabemos quien gana siempre, pero nos cuesta aceptar Sus tiempos.
Querido ZK: confiar es fundamental en esta batalla. Si no, estaríamos perdidos. Pero mentras confiamos en una victoria que no es nuestra, observar el alrededor, a veces es duro. Sobre todo cuando vemos como hay vidas que se van perdiendo en el camino.
Cierto es que el 24 de Febrero no podía sino ser pesimista, gracias por recordarme que no es buena esa actitud. Sin embargo, creo que además de oración, que es vital, tenemos una labor ingente por realizar. Cada uno a su estilo, a su ritmo, y en aquello a lo que se sienta llamado. Hay tanto por hacer que estoy segura de que será fácil encontrar un camino para cada uno de nosotros.
Gracias.