El hijo pródigo
Este domingo hemos comenzado la semana con la parábola del Hijo Pródigo. Parábola que nos indica el camino hacia la conversión desde el punto de vista del Hijo Pródigo, aunque también nos resulte extraño el comportamiento del Padre. Pero ¿A caso Dios no se comporta con nosotros asÍ? ¿Por qué nos costará tanto comprenderlo? ¿Por qué nos costará reconocernos desnudos, débiles, pequeños delante de nuestro Creador? Sin embargo, cuán felices nos sentimos una vez hemos superado esa barrera que no es más que nuestra soberbia.
Os dejo este poema que nos invita, junto a la parábola, a iniciar el camino de vuelta al Padre. Es una hermosa oración y una hermosa iniciativa en esta etapa de cuaresma. Venzamos nuestra soberbia y confesémonos débiles, necesitados, desnudos, huérfanos, pecadores…necesitados del Abrazo del Padre y de Su perdón.
El hijo pródigo (Lc 15) (poema de José Luis Martínez, Sacerdote Marianista)
Te creías, sin duda,
que estando con el padre y en su casa,
seguiría muy cruda,
limitada y escasa
la libertad soñada que te abrasa.
Y pides lo que es tuyo,
lo que a ti solo crees pertenece:
¡cada cual con lo suyo,
que el hombre sólo crece
cuando su libertad libre florece!
Y te fuiste muy lejos
buscando la soñada libertad;
sin trabas ni complejos,
gozaste a saciedad
de cuanto llamabas felicidad.
Todo lo derrochaste,
alocado, sin tino ni medida;
tu juventud gastaste
-tesoro de la vida-
¡toda tu dignidad quedó perdida!
Tu pobreza fue tal,
y fue tan grande el hambre que tenías,
que te viste, al final,
cuidando en alquerías
sucios cerdos, con los que convivías.
Y allí, en tu soledad,
te acordaste del padre y de su ausencia,
de su amor y bondad,
sacando, en consecuencia,
que lejos del hogar todo es carencia.
¡Había que volver
a la casa del padre abandonado,
para poder comer,
como cualquier criado,
aquel crujiente pan, nunca tasado!
La decisión tomada,
desanduviste -roto peregrino-
jornada tras jornada,
aquel viejo camino
que había trastocado tu destino.
Al padre, aquella tarde,
-atisbando la muerta lejanía-
el corazón le arde,
porque ya presentía
que tu feliz regreso se cumplía.
Cuando te vio llegar
por el camino aquel -largo en exceso-
ya no pudo esperar,
corrió, como un poseso
para abrazarte y darte un largo beso.
Te dijo dulcemente:
¡olvídate, hijo, ya, de ese estribillo,
y ponte, nuevamente,
tus sandalias, tu anillo
y la túnica que aún huele a tomillo!
¡Familiares y amigos,
comamos hoy el ternero cebado,
-vosotros sois testigos-
porque este hijo amado
estaba muerto y ha resucitado!
¡Que el hijo ya está en casa,
la familia, de nuevo, está completa;
bebamos hoy sin tasa,
suene la pandereta
porque el gozo de mi alma está repleta!
Aunque alguno proteste,
y, aunque alguno al perdón se resista
y a su hermano deteste,
que sepa está en la lista
de invitados a la fiesta prevista.
La bondad, de mí mana,
y a pródigo y a rico manirroto
nadie hasta hoy me gana;
mi amor no tiene coto
y mi misericordia es saco roto.
Más que mi propio hijo,
el pródigo soy yo; doy sin medida,
algo más que exijo,
y doy siempre acogida
en abrazo de paz y bienvenida.
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