He recibido de Yahvé un varón

El aborto procurado, por mucho que se quiera ocultar, es un drama que interpela e interroga el corazón de cada persona. El reconocimiento de la dignidad personal del ser humano cuando es débil y aún no nacido es una cuestión de mirada.

 

La aparente invisibilidad del drama provoca que la tentación de cerrar los ojos, de no querer ver y mirar hacia otra parte sea no pequeña. Recuerdo todavía vivamente, a este respecto, la visita que me concedió un matrimonio amigo, él médico obstetra, en Santiago de Chile el pasado mes de diciembre, cuando me mostraba con ilusión en su clínica “Porta vitae” las imágenes en 3D de los fetos de sus pacientes de pocos días, y los videos donde se veía con nitidez los movimientos de los bebés en el seno de sus madres.

 

Para que la mirada a la realidad del aborto no sea deformada, es necesaria y urgente una reflexión sobre el mismo que no excluya su dimensión moral. Únicamente de este modo, es posible lograr escapar de los planteamientos ideológicos dominantes y de los preconceptos de quien lo defiende como conquista o derecho.

 

Desde el punto de vista moral, la Conferencia Episcopal Española en la instrucción “La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad” (n. 111), en continuidad con todo el magisterio precedente, afirma: “El aborto es un acto intrínsecamente malo que viola muy gravemente la dignidad de un ser humano inocente, quitándole la vida. Asimismo hiere gravemente la dignidad de quines lo cometen, dejando profundos traumas psicológicos y morales”. Notemos cómo la expresión apunta certeramente a la dimensión interpersonal de este acto. Un reciente libro traducido al español “Aceite en las heridas”[1] muestra de modo elocuente estos efectos deletéreos en las personas más allegadas al drama del aborto. En este sentido, como recuerda Benedicto XVI, el aborto nunca es algo privado, sino que constituye una profunda herida social[2], que nos afecta a todos.

 

El drama de una mujer que decide abortar es que, no por ello, deja de ser madre. Para la visión de la teología cristiana, desde el pórtico de la historia salvación con la exclamación de asombro de Eva: “¡He recibido de Yahvé un varón!” (Gn 4, 1), hasta la gran visión apocalíptica de la Mujer y el Dragón (Ap 12, 1-17), la presencia en la mujer de esta promesa ilusionante de vida no está nunca exenta de amenazas.

 

La importancia y el valor de la maternidad alcanzan su momento culminante con la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen Madre. Esta dignidad y misión de la mujer en la historia de la salvación se sintetizan de una forma maravillosa en una antigua antífona de la liturgia que afirma: “Dedisti salutem in manu feminae”, (pusiste la salvación en manos de la mujer)[3].

 


[1] L. Melina-C. Anderson, Aceite en las heridas. Análisis y respuestas a los dramas del aborto y del divorcio, Palabra, Madrid 2010.

[2] Benedicto XVI, Discurso en el encuentro con las autoridades y el cuerpo diplomático, Viena, (7.09.2007).

[3] Reading of c1286 according to Bamberg (CAO Ms. B), I Vísperas: “Adonai Domine Deus magne et mirabilis qui dedisti salutem in manu feminae exaudi preces servorum tuorum”.

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Comentarios (1)

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  1. Mota dice:

    Nuevamente, qué gran columna sobre el drama del aborto.
    Qué bien expresada, qué bien transmitida.

    “Pusiste la Salvación en manos de la mujer”…

    Y, el aborto nunca es algo privado, sino que constituye una profunda herida social.

    Gracias, Padre Juan de Dios.

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