Sepforá, Fía y el Libro de la Vida
Corría aproximadamente el año 1290 antes de Cristo. Egipto era por aquél entonces una civilización en pleno apogeo, una de las más florecientes que ha conocido la historia. No es difícil hacerse una idea de cómo sería la vida cotidiana de sus habitantes, puesto que la vida de los hombres es siempre vida de hombres, más allá de la multitud de circunstancias externas que puedan rodearla. Miles de historias recorrerían cada mañana y cada tarde las calles de la ciudad. Historias sin importancia, de hombres y mujeres comunes, que no se recogen en los libros, pero que tejen la trama de la historia.
Una de estas historias sin importancia, sin embargo, sí quedó recogida para iluminar a las edades futuras. Nos aparece narrada en el primer capítulo del libro del Éxodo. El Faraón, rey y señor de toda la civilización, al que los súbditos tenían por un dios entre los hombres, tuvo miedo de un pueblo que habitaba en su territorio. Descendientes de un tal José, que había llegado a la tierra de Egipto como esclavo, y de sus once hermanos, el pueblo de Israel se multiplicaba sin límite, y eran los israelitas tan numerosos como las arenas de la tierra. Ante el miedo a que este pueblo en creciente pujanza se convirtiese en una amenaza para su reino, el Faraón quiso poner freno. Y para ello ordenó asesinar a todo varón que naciese de las mujeres hebreas. Cuando asistáis a las hebreas y estén para dar a luz, si fuera un varón, matadlo. Así de simple, así de cruel, así de inhumano.
Si se hubiese cumplido la orden del Faraón quizá el pueblo de Israel habría pasado a engrosar la lista de aquellos pueblos y civilizaciones que han sido engullidos por el paso del tiempo, por sus enemigos, o por ellos mismos. Vivirían únicamente en el recuerdo de algunos jeroglíficos, rescatados siglos después para la memoria por algún curioso historiador. Pero dos voces se alzaron entonces contra el mandato del Faraón. Dos mujeres, las encargadas de asistir en el parto a las mujeres israelitas.
Por su oficio de parteras habrían estado en cientos de nacimientos, experimentando seguro el asombro ante una nueva vida que salía del vientre de una mujer. Habrían recibido a cientos de niños en sus manos, dándoles la bienvenida a esta vida, que bien merece la pena ser vivida. Habrían contemplado la alegría de unas madres que después de los dolores del parto veían con sus ojos y cogían con sus manos a aquello que nueve meses había formado parte de sus entrañas. Eran tan pequeños, tan indefensos, tan débiles… Tan grandes. Quizá ellas también eran madres, y también habían experimentado la alegría de abrazar a un hijo recién nacido, de pensar que una parte de su vida ahora tenía vida, y sentimientos, y pensamientos propios. El calor de una carne que abriga a otra carne, la dulzura de una mirada en la que se descubre toda una historia, recién estrenada, y que como una página en blanco espera pacientemente a ser escrita.
Ahí estaba la orden del Faraón, expresa, tajante. Cuando asistáis a las hebreas y estén para dar a luz, si fuera un varón, matadlo. Pero más fuerte que el poder del Faraón fue el poder de la conciencia. De la experiencia y de la realidad. El amor de Dios. Temieron las parteras a Dios, y no hicieron como les había ordenado el rey de Egipto, y dejaron con vida a los varones. Sus nombres, Sepforá y Fía, han quedado para siempre inscritos en el Libro de la Vida.
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Espectacular relato, Alberto.
Y preciosamente bien escrito. Vaya testimonio de “desobeciencia civil” y acogida y defensa del reciñen nacido, de la vida.
Muchas gracias.