Un perverso concepto de la libertad
Una de las mayores dificultades para reflexionar sobre el don de la vida consiste en un concepto de libertad que exalta de modo absoluto al individuo (Evangelium Vitae n. 19). Esta visión de la libertad individualista, que reivindica el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás, que termina indefectiblemente por ser la libertad de los “más fuertes” contra los débiles destinados a sucumbir.
Con esta concepción de la libertad, la convivencia social se deteriora profundamente, pues se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Una libertad que no reconoce ni respeta su vínculo constitutivo con la verdad del amor reniega de de sí misma y camina hacia su autodestrucción porque entonces todo es pactable, negociable y consensuable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.
Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo” (Jn 8, 34). Como recuerda Fides et ratio (n. 90): “Una vez que se ha quitado la verdad al hombre, es pura ilusión pretender hacerlo libre. En efecto, verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente”.
Cristo advierte en el evangelio de S. Juan: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y, al mismo tiempo, una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo.
También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece ante nosotros como Aquél que trae al hombre la verdadera libertad, como Aquél que libera al hombre de lo que limita, disminuye y casi destruye la libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia.
Por último, añadir que solamente la promoción de una verdadera cultura de la familia logrará que el drama del aborto sea superado por la lógica de la acogida del don de la vida, que es la lógica del perdón y la misericordia.
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Muchas gracias por esta maravillosa columnas, P. Juan de Dios.
Para los que no lo sepan, es un extracto de la intervención del P. Juan de Dios en la mesa redonda sobre el aborto que se organizó la semana pasada en la parroquia.
Cuánta verdad fluye de este texto. La verdad os hará libres. Y una frase clave en este doloroso asunto del aborto: “Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente”.