El poder de la oración
Hace algunas semanas tuve la fortuna de escuchar en Radio Maria dos hermosos testimonios que confirman el inmenso poder que tiene la oración.
El primer caso lo contó un sacerdote joven. Consiguió una dispensa especial para ordenarse muy pronto. Estaba muy vinculado a las Misioneras de la Caridad y en cuanto pudo fue a la India para colaborar con ellas. Su primera misión consistió en atender a los moribundos que las monjas recibían en una de sus casas de acogida.
Pero él quería salir a la calle para acompañarlas. Ellas le previnieron, pues lo que podría encontrarse era realmente duro y difícil de contemplar. Ante su insistencia, le permitieron acompañarlas al basurero, donde iban cada día a buscar indigentes. Se trata de un enorme depósito de restos, en torno al cual viven 50.000 personas, que buscan diariamente allí algo con lo que subsistir.
El sacerdote caminaba sobre las montañas de basura, y le llamó la atención un paño de colores. Se acercó y cuando lo levantó, se sorprendió de ver a un anciano acurrucado debajo. Parecía muerto, pero abrió lo ojos y musitó algo que el padre no comprendió. Llamó a las hermanas y fácilmente lo bajaron del montón de basuras, pues pesaba tan poco al estar desnutrido. Las monjas comprendieron que el moribundo pedía agua. Así que le llevaron leche, pensando que le gustaría más. Pero al probarla, la escupió y repitió que quería agua. Cuando finalmente se la trajeron, volvió a escupirla y explicó que no la quería para beber, sino para que le dieran “la bendición que dan los cristianos”. Así que el sacerdote le bautizó. Tras lo cual el anciano se tranquilizó.
Las hermanas fueron a atender a otros necesitados, pero el sacerdote se quedó con el moribundo, pues era su primer enfermo y no deseaba dejarle solo. Al poco rato, el hombre abrió los ojos y dijo suavemente: “te estaba esperando”. Y falleció. El sacerdote quedó profundamente impresionado de la fe de aquel pobre anciano y de la fuerza de su oración, con la que había obtenido lo que más anhelaba.
El segundo testimonio lo relató otro sacerdote, en este caso un obispo. Cuando era todavía un chaval, ya sabía que tenía vocación, pero desatendía la llamada por pereza. Recibió varias señales, pero seguía sin decidirse. Finalmente el Señor le concedió la gracia de tener la visión de una monja que estaba rezando por él para que se convirtiera en sacerdote.
Esto le impresionó fuertemente y no necesitó más estímulo para ingresar en el seminario. Con los años se ordenó y posteriormente fue nombrado obispo. En el curso de su labor pastoral, una de las visitas le llevó un convento de su diócesis. Pudo reconocer que era el convento que había visto en su visión, tantos años atrás. Estuvo con la comunidad y saludó a las monjas, una por una. Finalmente, se dirigió a la superiora preguntando si había más monjas en el convento. Ella le contestó, con cierta sorpresa, que sí, que había otra que no había venido por razón de la función que estaba desempeñando en ese momento. El obispo pidió saludarla, si era posible, así que le llevaron con ella.
Efectivamente era ella la monja que había visto rezando por él. Tuvo ocasión de charlar un rato ella, y se interesó por su labor en el convento. La monja le explicó, con gran sencillez y humildad, que se dedicaba a rezar por todos aquellos que estaban indecisos ante la vocación. El obispo, con gran emoción, se despidió de ella y posteriormente habló con la superiora, explicándole toda la historia, pero encargándole que todo aquello no se supiera hasta que la monja hubiera fallecido. Quería conservarla en su sencillez y evitar que pudiera engreírse.
Pienso que estos dos hermosos casos nos pueden ayudar a darnos cuenta de la importancia, de la trascendencia, del valor y de la fuerza de la oración. Quizá a veces pedimos lo que no nos conviene, y al no recibirlo, pensamos que la oración no es eficaz. Y podemos incluso caer en la tentación de dejar de rezar. Pero debemos recordar la instrucción del mismo Jesucristo: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe y el que busca halla y al que llama se le abrirá” (Mt 7, 7).
Pidamos pues con fe, con esperanza, y con amor. Sabiendo que el Señor puede concedernos lo que pedimos, o no hacerlo, pero que siempre será para nuestro bien. Por eso, aunque podemos pedir aquello que anhelamos, la petición más perfecta es que se haga Su voluntad, como decimos en el Padrenuestro.
La identificación con la voluntad del Padre es lo que nos hace semejantes a Jesucristo.
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Impresionante artículo Sr. Deleña.
Me han conmovido ambas historias. La del sacerdote en la India, preciosa. Qué maravilla!
Y la del obispo y la monja. Qué grande!
Efectivamente, creamos en la oración. Con una máxima clara, que reflejas perfectamente en tu artículo: el Señor puede concedernos lo que pedimos, o no hacerlo, pero que siempre será para nuestro bien.
Gracias por recordarnos la fuerza y la verdad de la oración, Federico.
Querido Jose Maria,
Muchas gracias por tus comentarios. Cuando escuché estas historias pensé que merecía la pena divulgarlas, cuanto más, mejor.
Federico Deleña
Gracias Federico!! precioso!!
Que esperanzador ver tan palpable la fuerza de la Oración.Mil gracias!
Efectivamente son dos historias que impresionan. Y vienen bien porque, aunque sabemos que conocemos el valor de la oración, es importante conocer casos reales como los del artículo para disipar cualquier duda que pudiéramos tener. Asi que, gracias al autor.