Irlanda

Cuentan que en un bosque frondoso son miles los árboles que crecen en silencio, contribuyendo con su hermosura a la armonía del conjunto. Sin embargo, basta que uno de ellos se caiga para que cause un gran estruendo.

 De la misma manera, en estos días estamos siendo azotados por los medios de comunicación social respecto a los escándalos de abusos –no todos sexuales- que han salpicado a la Iglesia que peregrina en Irlanda. ¿Cómo encajar este duro golpe desde el punto de vista creyente?, porque está claro que un ‘no creyente’ lo ve con frialdad o lo utiliza para justificarse en sus prejuicios, se fija en el árbol caído pero no en los que buscan el cielo.

En primer lugar, es una cosa que afecta a todos, no sólo a unos pocos: cuando uno de los miembros del cuerpo de la Iglesia sufre, todos sufren con él (cf. 1 Co 12,25). La carta del Papa Benedicto a los católicos de Irlanda es la fuente a la que tenemos que acudir si queremos saber cómo se ha de responder ante estos graves delitos internos: con justicia, por supuesto, pero también con misericordia. En este sentido, la carta no deja lugar a dudas y es todo un alarde de equilibrio: haciendo memoria de la rica historia evangelizadora de la Iglesia irlandesa, denuncia los hechos, busca sus causas y pone a cada uno ‘en su sitio’, sin pelos en la lengua. Pero lo que llama más la atención es la profunda caridad y cercanía pastoral del Papa hacia todos: a unos reprende, a otros corrige, pero a todos tiende una mano paternal y sacerdotal.

Lo peor de todo es que se siembra la duda, que se pierde la confianza en los sacerdotes y en la Iglesia, y aun se puede caer en la tentación de separar a Cristo de su Iglesia; sin embargo formamos un único cuerpo –Cristo es la cabeza-. A él, que sufrió la injusticia y el pecado, se remite el papa, que reza por las víctimas para que lleguen a “redescubrir el infinito amor de Cristo por cada uno de vosotros”,  el único capaz de sanar sus heridas y de reconstruir sus vidas.

Lo cierto es que todos tendríamos que hacer examen de conciencia y preguntarnos cómo estamos viviendo nuestra vida cristiana, si damos testimonio de la verdad que nos salva, si procuramos caminar en santidad con la gracia de Dios o nos limitamos a la crítica externa; quien esté libre de pecado… (Jn. 8,7). Como es normal se produce un cierto sentimiento de traición; el papa en la carta propone un camino de curación, renovación y reparación a través de la perseverancia, la oración y la penitencia.

Está claro que esta barca que es la Iglesia la lleva el Espíritu Santo.

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Comentarios (1)

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  1. Mota dice:

    Me ha encantado tu columna, belmon.

    Lo mejor, si tengo que elegir, la última afirmación: Está claro que esta barca que es la Iglesia la lleva el Espíritu Santo”

    Creo que a lo largo de la Historia de la Iglesia ha quedado más que demostrado que, compuesta por hombres, está inspirada y guiada por el Espíritu Santo.

    Otra idea de las importantes de la columna: examimenos nuestra vida, nuestra oración, nuestra confesión, nuestra caridad…y así la Iglesia irá día a día mejorando, purificándose.

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