¿Por qué vamos a misa?

Muchos cristianos dicen hoy día aquello de que “yo creo, pero no soy practicante”. O también, “yo me relaciono con Dios, no necesito de intermediarios”. O incluso “yo creo en Jesucristo, pero no en la Iglesia ni en los curas”. Y no faltan estas otras: “la misa no me dice nada”; “es una repetición de cosas sin sentido, la gente no sabe lo que dice ni por qué”.

 

Probablemente en el origen de todos estos reproches hay una mezcla de causas: deficiente formación en la religión cristiana, una catequesis superficial, una ignorancia generalizada acerca de la liturgia y la verdad revelada, un rechazo a realidades parciales poco atractivas…

 

En este artículo vamos a intentar exponer los principales argumentos por los que hay que ir a Misa y participar en ella intensamente.

 

Para ello es esencial recordar que somos seres creados. Que somos criaturas: no tenemos en nosotros mismos la razón de nuestra existencia. La vida se la debemos a otros, a nuestros padres, los médicos, quienes nos han cuidado de pequeños y nos han ayudado a crecer… pero en última instancia, se la debemos a Otro, a Dios, que es el origen de toda la vida y que es quien nos infunde el alma inmortal, que es lo que nos hace específicamente humanos.

 

A partir de aquí podemos ver las diferentes dimensiones de la Misa:

 

Sacrificio. Al recordar que somos criaturas, nuestra primera acción debe ser la de adorar a Quien nos ha creado. Rendirle culto y darle alabanza, ofrecerle lo mejor que hay en nuestra vida. Este es precisamente el objeto de la Misa: adorar a Dios y hacerle la ofrenda de lo mejor. La Misa es primera y principalmente un sacrificio. Desde los orígenes de la humanidad los hombres han ofrecido sacrificios a sus dioses. Antiguamente eran sacrificios cruentos (de animales o incluso de personas) o incruentos (de los frutos de las cosechas). Hoy día los cristianos tenemos la ofrenda mayor que pueda imaginarse, tenemos la víctima perfecta: el propio Dios (Hijo), que podemos ofrecer en sacrificio a Dios (Padre).

La Eucaristía es una actualización verdadera de la Pasión y Muerte de Jesucristo. La única diferencia es que es incruenta, es decir que no se observa sangre derramada. Pero en todo lo demás es igual. Cuando el sacerdote consagra el Pan y el Vino, se convierten realmente en la Carne y Sangre de Cristo, y es este mismo quien es ofrecido sobre el altar al Padre como víctima del sacrificio. Exactamente igual a como lo hizo Jesús en el Calvario.

 

¿Cuáles son los motivos para ofrecer un sacrificio a Dios? En primer lugar, como ya se ha dicho, adorarle. Si Dios me ha creado, ¿no es lo más justo, lo primero, que yo le dé gloria y alabanza?

En segundo lugar, darle las gracias. Hay innumerables motivos para estar infinitamente agradecidos a Dios. Él nos ha creado inmerecidamente. Él nos sigue amando, también inmerecidamente. Nos ha dado la vida natural, pero también la vida sobrenatural, la vida de la gracia. Y nos ha destinado a la Vida Eterna, la vida que no termina, en la felicidad infinita del cielo.

En tercer lugar, debemos ofrecer sacrificios para rogar, para pedirle cosas a Dios.

Y en cuarto lugar, cuando faltamos a Dios, tenemos que hacer sacrificios para reparar por nuestros pecados.

 

Alimento espiritual. En los sacrificios de los antiguos, cuando se mataba el animal, se comía por parte de los asistentes al sacrificio, que participaban del banquete como parte del rito. También esto lo hacemos en la Eucaristía. Comemos el Cordero Pascual, inmolado incruentamente sobre el altar. Jesucristo se ofrece para que le comamos y así estemos íntimamente unidos a Él. Esto es precisamente la Comunión. Al comer su Cuerpo y beber su Sangre, Él habita en nosotros, y nosotros en Él. Y si comemos su cuerpo y bebemos su sangre, Él nos resucitará en el último día (“El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” Jn 6, 54-56).

 

Celebración comunitaria de la fe. Nosotros creemos porque hemos recibido una fe que nos han transmitido. La dimensión comunitaria de la fe es un valor fundamental, porque reconoce que la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, es depositaria de la revelación. Por eso es tan importante participar en la celebración de la fe en comunidad. Los cristianos se reúnen para ofrecer un sacrificio y orar juntos a Dios, como testimonio de esa fraternidad que nos da el ser todos hijos de un mismo Dios.

 

Mandamiento. Por todo ello la Iglesia reconoce la voluntad de Jesús en las palabras de la Última Cena “haced esto en memoria mía” como dirigidas a todo el pueblo de Dios, no solamente a los sacerdotes, sino a toda la comunidad de bautizados. Por eso el primer mandamiento de la Iglesia llama a los cristianos a acudir a la Misa dominical y las fiestas de precepto.

 

La Eucaristía es realmente un bellísimo misterio de Amor. Un amor que ha querido quedarse con nosotros. Como leemos en el Evangelio de San Juan, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Este “extremo” quiere decir varias cosas. En primer lugar, la máxima expresión del amor, que es dar la vida por los amigos. Pero en segundo lugar, incorpora también una dimensión temporal: “extremo” significa aquí “hasta el fin”, es decir, siempre. Con la Eucaristía, Jesús encuentra el modo de quedarse siempre entre nosotros (“yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” Mt 28, 20).

 

En verdad, ¿hay mejor manera de corresponder a ese amor que participando en la Misa con atención, con fervor, con devoción?

 

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Comentarios (3)

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  1. Ingrid dice:

    Bonito artículo sobre porqué vamos a misa.  Sin embargo, no sé si su contenido haría cambiar de opinión a los cristianos descritos al principio del artículo.  Es más bien la descripción buena y muy completa de porque los que si somos practicantes vamos a misa. Me gustaría tener a mano algún argumento para convencer a los no practicantes o incluso a los que abiertamente critican y rechazan la iglesia.  ¿Me puede ayudar alguien?

  2. belmon dice:

    Hola de nuevo. La verdad es que tu planteamiento es profundo y serio, y la Iglesia lleva en eso desde el principio. En nuestros días, me parece a mí que a los alejados se les atrae por el testimonio de vida, fundamentalmente por la alegría, la coherencia, y el amor, respeto y atención con que les acogemos. Bajo mi punto de vista (no pretendo resolver ahora el tema del anuncio ‘ad gentes’ del evangelio), hace falta en primer lugar contacto con ellos, convivencia frecuente y cercana, para que conozcan nuestro punto de vista sobre la realidad que compartimos: cómo entendemos la vida, el trabajo, el dinero, las relaciones…, y ahí aportar de lo nuestro: la luz de la fe que, lejos de ser un corsé, es la que nos permite sacarle todo el jugo a la vida y a la realidad. Y algo que funciona muy bien es invitarles a que hagan un Cursillo de Cristiandad, en donde yo mismo he visto auténticas conversiones. Pero es cierto que no es fácil y que ahí todos tenemos un reto. Un abrazo.

  3. Floren dice:

    No es por hacer la pelota, pero lo que dice nuestro pater es muy adecuado. Si te sirve de algo, para mi ir a Misa los domingos o a diario es tener o participar en el mejor momento del día. Sentir a cristo , compartir con Él la existencia al llevarlo dentro, es un anticipo de la Vida Eterna. ¿Se puede pedir más?.

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