Por una cultura de la familia
Siguiendo con las reuniones de nuestro grupo de matrimonios jóvenes de los viernes, os dejo unas líneas del Libro “Por una cultura de la familia” de Monseñor Livio Melina, Presidente del Pontificio Instituto Juan Pablo II, texto que analizamos y compartimos en una de nuestras últimas reuniones.
El libro dice así:
“La crisis del sujeto sin morada, incapaz de construir una casa al amor
La mirada de Cristo se dirige al corazón de cada hombre y en él descubre sus sufrimientos y dificultades. Ya el mismo Evangelio nos recuerda cómo “viendo a la muchedumbre sintió compasión de ella, porque estaba cansada y agotada, como ovejas sin pastor” (Mt 9, 36). Una muchedumbre está cansada y agotada, entre otras cosas, porque la cultura en la que vive hace imposible las esperanzas de los hombres. ¿Qué es lo que encontramos en la raíz de la situación actual? Sin duda alguna, el corazón enfermo del hombre.
Si la reflexión sobre la cultura de la familia quiere dilatarse en toda la amplitud de su horizonte y no quedar reducida a una vaga y ambigua promoción vital separada de los ámbitos realmente decisivos de la sociedad, debe tomar en serio al hombre. Sólo así se comprende el drama de la persona, que más allá de una eventual crisis económica o social, o de muchos ámbitos parciales, se revela como una verdadera crisis del sujeto. ¿Acaso no percibimos como el hombre de inicios del tercer milenio es cada vez más inexperto e incapaz para llevar a cabo esa aventura que se le reveló en la experiencia del amor? Su libertad se descubre débil, confusa y extraviada para construir un matrimonio y, consecuentemente una familia, que esté abierta a la comunicación de la vida y de sus valores fundamentales.
“El futuro de la humanidad pasa por la familia”: estamos ahora en condiciones de evaluar el carácter verdaderamente profético de esta afirmación, usada hace 25 años por Juan Pablo II en la exhortación apostólica Familiaris Consortio. No es exagerado decir que si se destruye la familia, se reducirá el ámbito de cultura en el que el hombre puede encontrarse a si mismo y crecer en su auténtica humanidad, en su capacidad de aprender amar hasta el don de sí. Una sociedad que destruye la familia es una sociedad llamada al suicido. Ahora la posibilidad de esta destrucción está ante nosotros. Por esto, el desafío se nos presenta dramático y urgente. La respuesta ha de desarrollarse a varios niveles: antropológico, ético, jurídico, educativo. Ante todo, debe tener un carácter conscientemente orgánico, capaz de afrontar la construcción de una auténtica “cultura de la familia”.
Hace unas pocas semanas, Benedicto XVI nos dijo:” la comunión de vida y amor, que es el matrimonio, se convierte así en un auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con otros tipos de uniones basadas en un amor débil constituye hoy algo especialmente urgente. Sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la mujer es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se convierta en una casa para todos los hombres”.
La tarea que tenemos delante es la que nos indicaba Juan Pablo II: “enseñar a amar”, para que la persona y la sociedad pongan sus bases sobre la roca firme del amor auténtico y las familias sean hogares capaces de cultivar al hombre según su vocación originaria”.
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