Sólo el amor vence

 

 

 

 

 

En la reunión de nuestro grupo de matrimonios jóvenes (y alguno más) del viernes pasado vimos el testimonio conmovedor de una joven monja violada en la guerra de los Balcanes, y la carta que le escribía a la Madre Superiora.

 

A mí fue un testimonio que me tocó profundamente. Un testimonio de amor y perdón. De aceptación de la voluntad del Señor, a veces tan complicada de entender.

 

Este testimonio es un extracto del libro “Hasta la Cumbre”, de Pablo Domínguez. Joven sacerdote, Decano de la Facultad de Teología de San Dámaso, que murió en un accidente en la montaña hace poco más de un año.

 

Y dice así: “Soy Lucía Vetruse, una de las novicias violadas por las milicias serbias. Le escribo sobre lo que me ha acaecido a mi y a las hermanas Tatiana y Sendria. Permítame que no les de detalles. Ha sido una experiencia atroz que no se puede comunicar más que a Dios, a cuya voluntad me entregué cuando me consagré a él con los tres votos.

 

Mi drama no es sólo la humillación que he sufrido como mujer, ni la ofensa irreparable hecha a mi opción existencial y vocacional; sino la dificultad de insertar en mi fe un acontecimiento que ciertamente forma parte de la misteriosa voluntad permisiva de Aquel a quien yo continúo considerando mi Esposo divino.

 

Había leído pocos días antes los Diálogos de Carmelitas, de Bernanos y me había surgido espontáneamente pedir al Señor morir mártir. Él me ha tomado la palabra, pero, ¡de qué manera!. Me encuentro ahora en una angustiosa oscuridad interior. Ellos han destruido mi proyecto de vida –que yo consideraba definitivo- y me han trazado de improviso otro nuevo que aún no acierto a descubrir.

 

Le escribo Madre, no para recibir su consuelo, sino para que me ayude a dar gracias a Dios por haberme asociado a millares de compatriotas mías –ofendidas- y aceptar la maternidad no deseada…

 

(…) No se asombre de que le pida compartir conmigo una gracia que pudiera parecer absurda. He llorado en estos meses todas mis lágrimas por mis dos hermanos, asesinados por los mismos agresores que van aterrorizando nuestras ciudades. Pensé que ya no podría sufrir muchas cosas más: nunca creí que el dolor pudiera alcanzar tales dimensiones.

 

A la puerta de nuestros conventos, llamaban cada día centenares de criaturas famélicas, con la desesperación en sus ojos. La semana pasada, una joven de dieciocho años me había dicho: “Afortunada usted, que ha escogido un sitio donde la milicia no puede entrar”; y añadió “Usted no sabe lo que es la deshonra”. Lo pensé despacio y vi que se trataba del dolor de mi gente; y casi sentí vergüenza al estar excluida de su entorno.

 

Ahora soy una de ellas – una de tantas mujeres anónimas de mi pueblo, con el cuerpo destrozado y el alma asqueada-. El Señor me ha admitido al misterio de la vergüenza; es más, a esta hermana suya, le ha concedido el privilegio de comprender hasta el fondo la fuerza diabólica del mal.

 

(…) Todo ha pasado Madre, pero ahora comienza todo (…) Lo he decidido ya: si soy madre, el niño será mío y de ningún otro. Lo podría confiar a otras personas, pero él tiene derecho a mi amor de madre, aunque no haya sido deseado, querido. No se puede arrancar una planta de sus raíces. El grano que ha caído en una tierra tiene necesidad de crecer allí.

 

Realizaré mi vida religiosa, pero de otro modo. No pido nada a mi Congregación, que me lo ha dado todo ya. Estoy agradecida a la fraternidad de mis hermanas y sus atenciones,; sobre todo, por no haberme molestado con peticiones indiscretas.

 

Me iré con mi hijo. No sé adónde, pero Dios, que ha roto de improviso mi mayor alegría, me indicará el camino que tendré que seguir para cumplir su voluntad.

 

Seré pobre; retomaré el viejo delantal y me pondré los zuecos que usan las mujeres en los días de trabajo; e iré con mi madre a recoger resina de los pinos de nuestros grandes bosques…Haré todo lo posible para romper la cadena de odio que destruye nuestros países. Al hijo que espero, le enseñaré solamente a amar. Mi hijo, nacido de la violencia, será testigo, a mi lado, de que la única grandeza que honra a una persona es la del perdón.

Filed Under: Pie Derecha

445 Visitas



Comentarios (6)

Trackback URL | RSS Feed de comentarios

  1. belmon dice:

    “Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava…”. Es de esos testimonios que ensanchan el alma… Gracias Mota por acercarnoslo.

  2. Floren dice:

    Que buen ejemplo de que el perdón puede y debe llegar más allá.

  3. Blanca dice:

    Siempre que he leído esta carta, me ha conmovido muchísimo a ver como esta joven religiosa acepta la voluntad del Señor que no es por el camino que ella escogió. Una heroina de las que hay muchas….Cristiana a tope.

  4. miguelangel dice:

    y nosotros (cada uno de nosotros) perdonaríamos como ella? nos rebelaríamos contra Dios hasta el punto de romper?
    la segunda pregunta estamos hartos de respondernos (o de escuchar la respuesta correcta) en homilías o en charlas de nuestros grupos, pero…y la primera pregunta?
    podemos pensar cual es la mayor afrenta u ofensa que alguien (con nombre y apellidos) nos haya hecho en nuestra vida y ver si le hemos perdonado o si le queremos perdonar?

  5. pedro de benito dice:

    Un acierto, Mota, el dar a conocer esta carta. Como tantas contribuciones tuyas a SJD.

  6. Ingrid dice:

    Conmovedor y al mismo tiempo lleno de esperanza.  Me encanta la frase “Todo ha pasado, Madre, pero ahora comienza todo”.  Qué valor tiene esta novicia.

Dejar un comentario