Y llovieron cacharros sobre Madrid
Una escena de cine me causó impresión cuando era pequeña. Es de esa vieja película sobre San Francisco de Asís y Santa Clara que se titula “Hermano Sol, Hermana Luna”. En la escena el joven Francisco de Asís, que era rico por su familia, tiraba literalmente la casa por la ventana. En un arrebato de alegría y de libertad tomaba metros de seda y bordados y los arrojaba a las calles de Asís. Luego salía a festejarlo, a celebrar su felicidad. Creo recordar que terminaba completamente desnudo. Parecía un loco. Y su locura era contagiosa.
La historia de Francisco podría ser la segunda parte del evangelio del joven rico. Sí, ese texto que, sólo de mencionarlo, nos tuerce el gesto y nos entristece. Cuenta el evangelista que Jesús se encontró con un joven que era rico y cumplidor. El chico le preguntó qué más tenía que hacer para ganar la vida eterna. Y Jesús le dijo que vendiera todos sus bienes y los diera a los pobres; que le siguiera a él. El joven se quedó triste, dice el evangelio, “porque era muy rico”. Es decir: se quedó triste porque le fallaron las fuerzas para seguir a Jesús.
Contemplar esta historia nos contagia la misma tristeza. Nos sentimos incapaces de ser como Jesús y nos enredamos censurándonos, juzgándonos, diciéndonos: “¡Qué poco vales! ¡Qué pena que no seas capaz de darlo todo!”. Creo que ya hemos explorado suficientemente el golpe de pecho y el lamento. Y está probado que no sirven de mucho. Sólo nos dejan peor.
Francisco de Asís entendió esto. Ser cristiano, vivir como hijo de Dios, no consiste en exigirse y lamentarse. Consiste en reconocer que todo se nos ha dado por amor; que estamos llamados a ser felices y a entregarnos gratuitamente, a celebrar todos los días la alegría de que Dios nos ha amado primero, ¡y nos amará siempre!
Francisco se enamoró y se entregó a esta llamada. Todo lo demás le sobraba… lo demás valía muy poco frente a la inmensidad del proyecto de Dios para él.
Convirtió su vida en celebración para otros. Por eso resulta contagioso su gesto y uno desearía agarrar todos los cacharros de la casa y lanzarlos a la calle, salir brincando, mirar a la cara a otros y decirles que está feliz, que hay una gran noticia: que nada nos puede separar de Aquél que nos ha creado y nos ama.
Ojala nos atrevamos a enamorarnos y convertir nuestra vida en fiesta permanente. Ojala lluevan cacharros, papeles, zapatillas, pendientes y corbatas sobre las calles de Madrid y compartamos con otros la dicha de nuestra desnudez.
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Loreley, muchísimas gracias por estas líneas que has escrito. ¡Cuánta verdad hay en ellas!! Viene bien que nos recuerden qué actitud hemos de tomar para seguir a Cristo.
Ojalá logremos acercarnos un poquito a esa locura de la que hablas de San Francisco de Asís.
Qué bonita idea: “enamorarnos y convertir nuestra vida en fiesta permanente”. Y lo de la lluvia de objetos diversos sobre Madrid también. Creo que debemos intentar mostrar a los demás nuestra enorme felicidad por ser hijos de Dios y fieles a su iglesia. A lo mejor así nuestra fe resultara más contagiosa para los que no la tienen.
Gracias, Natalia e Ingrid.
Ojalá llueva todo tipo de objetos en las calles de Madrid y de Cuenca, Toronto, Calcuta y Nueva York.
me alegra q loreley haya sacado este pasaje de la vida de san francisco, pq como muchos sabéis FRANCESCO ha sido un santo muy importante en mi vida en los últimos años.
el enfoque q se da al pasaje es novedoso para mi, y no acabo de verlo claro. me quedo más con el hecho de desprenderse de las cosas materiales q nos separan de Dios, y que cada uno de nosotros sabrá las que son en cada caso.
y bueno…el pasaje del joven rico del evangelio…yo creo que tb merece una columna enterita para reflexionarlo!!