El Ideal Cristiano

Definía D. Miguel de Cervantes Saavedra al caballero español de la siguiente manera:

 

“Castos en los pensamientos,
honestos en las palabras,
generosos en las obras,
valientes en los hechos,
caritativos en las necesidades,
y mantenedores de la verdad,
aunque les cueste la vida el defenderla”

 

Como se puede comprobar, toda una manera de ser que obedece a un sentir, y me atrevo a decir sin miedo a equivocarme, que tiene a Cristo por modelo. Basta con analizar cada una de estas frases para encontrar dones y virtudes cristianas.

 

Ahora que está de moda un revisionismo que pone en duda todo lo que habíamos dado por bueno, y frente al cual no se alzan voces que aclaren, y que enseñen la verdad de las cosas sobre las que no dudábamos, porque creíamos en ellas, pues eran provenientes de Dios y esa era la convicción que hacíamos nuestra, muchas veces sin saber bien el porqué. Bastaba la confianza en nuestros mayores, lo que nos decían que era bueno, lo aceptábamos sin más argumentos, lo hacíamos nuestro. El concepto de lo sagrado, de Dios eterno, universalmente justo, marcaba la vida entre el ser y lo que se hace. Todas esas cualidades señalan, que no nos quepa la menor duda, el ideal de un cristiano.

 

Aquellos que no creen en Dios, ni creen en ellos mismos, pues comprenden que son obra de otro, es lógico que quieran salir de esa angustia que les lleva a dudar de todo y de todos, incluso de ellos mismos. No es que el cristiano lo tiene todo claro, un cristiano sin preguntas sería un necio, y no aceptaría la Verdad de Cristo. Lo que ocurre es que Cristo tiene las repuestas, Él mismo es la respuesta, y de ahí nos podemos dar cuenta que el encontrarle a Él, porque Él se deja encontrar, nos enseña la manera de vivir esta vida realmente.

 

Recordemos cómo se presenta a sus futuros apóstoles, cómo haciéndoles sus discípulos los acerca a la alegría de vivir con Él, y no es que todo sea un camino de pétalos de rosas, pero como decía la parábola de aquel que cultivando una parcela ajena encontró un tesoro, y vendió todo lo que tenía y compró aquel campo para hacerse con ese tesoro. ¿Nosotros hemos encontrado el tesoro?. Cuántas y cuántas veces se nos aparece en nuestras vidas Cristo como un tesoro y no dejamos todo lo que nos ata a esta vida, para seguirle a Él. ¿Porqué preferimos lo mezquino de lo que decimos “tener” y no lo que somos, discípulos de Cristo?.

 

Ello nos lleva a algo más, pero no a algo distinto como es la osadía sin ningún sentido, salvo el de un prurito de egoísmo  por querer ser más que otros, me refiero a la valentía por la convicción de ser cristiano, de ser parte de la Verdad, de llevarla consigo. Ello se contrapone, en estos momentos que vivimos a la indecisión, a la duda como método absoluto, fundamentada en una verborrea insustancial, en conocimientos limitados, que impiden creer de verdad, y  que van construyendo teorías que, una tras otra, van cayendo con el consiguiente “desencanto” de los que, ilusos, creen tener el perfecto navío que les pueda transportar por la singladura de su vida. El cristiano, leí una vez “cree en lo que piensa y piensa en lo que cree”, ello le da seguridad, le permite, a pesar de las tormentas, llevar al mejor puerto su vida.

 

Aquel que lleva en su interior a Cristo nunca está solo, pues confía en Él y en su providencia, pues como creatura se sabe imperfecto, que puede caer, pero que cuenta con el perdón de Dios, reconociendo y procurando satisfacer su culpa. Se humilla pero sabe que será ensalzado por Cristo, y no lo hace por una soberbia más o menos camuflada, sino porque es parte de su vida misma. La fe es el fundamento, el centro de la vida del cristiano, y ella asegura la propia vida.

 

Estas pinceladas sobre el ideal cristiano, quizá pueden sonar a anacronismo, pero basta con echar un vistazo a la historia para ver que han sido, son y serán fundamento para que el hombre de sentido a su vida, la mejore y vea la otra como algo alcanzable y necesario.  

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