Jabón

“Aroma de ungüento derramado es tu nombre” (Ct 1, 3)

Ayer abrí un jabón nuevo. Ayer, ayer mismo. Un jabón oloroso, aromático, perfumado… Un jabón envuelto en doble capa, papel blanco de estraza primero, para resguardarlo y un papel de seda amarillo limón a modo de carta de presentación: con el nombre de la firma, la etiqueta con sus componentes… Un jabón de tocador de esos que normalmente sólo se sacan en días de melancolía o cuando vienen invitados. Ayer, sin embargo, mi padre me dijo: “Simeón, ya que has venido a verme, si quieres, abre el jabón de la caja amarilla; lleva ya lo menos tres años y va a acabar perdiendo el aroma.”

Lo que mi padre no sabía es que cada vez que iba a verle… abría la caja amarilla. Una caja cilíndrica de cartón, de un brillante amarillo, con una gran etiqueta similar a la del jabón, con el nombre de la firma bien visible en letras negras sobre fondo blanco. Tomaba la caja, la abría, sacaba la pastilla, la olía y aspiraba, como cuando se huele una flor recién cortada. Después, guardaba el jabón, cerraba la caja, y la dejaba reposar de nuevo sobre su estantería.

Esta rutina de cada visita se repetía desde hacía más de tres años (pensara lo que pensara mi padre, la pastilla llevaba en la caja al menos seis). Cuando mi padre me dio licencia para abrirla, supe que no debía hacerse de cualquier modo. Era una pastilla especial. Así que convertí su desembalaje en una suerte de sacramento; abriendo con delicadeza cada uno de sus papeles. Primero, el exterior, el amarillo, el que inicialmente me llamó la atención. Más tarde, el blanco, menos llamativo pero más útil. Era el papel que llevaba protegiendo el jabón desde sus inicios. Procuré no romperlos, pero aun con el mayor de los cuidados hube de rasgarlos para sacar la pastilla. A pesar de todo y fruto de los golpes que había sufrido en su vida, apenas le quité el papel blanco, pequeñas escamas de jabón se me regalaron en las manos. Como si de harina se tratase, se me tiznaron las manos, desprendiendo éstas, a su vez, el mismo olor que embriagaba ya la sala y que había calado en la caja… ésa que parecía vacía pero que llevará impregnado en su seno y para siempre, haciéndolo parte de sí, el olor de aquella pastilla.

Señor, pensaba entonces que me gustaría, si te parece bien, ser un jabón en el mundo. Un jabón cuyo aroma fueses Tú. Que en estas cajas a las que me estás trasladando últimamente, vaya yo dejando, impregnadas en sus paredes, ese aroma de Cristo tan sencillo, tan humano, tan certero. Que las personas que se me acerquen sean capaces de abrir mi papel amarillo, incluso el de estraza, ése que me protege de los golpes del mundo y que puede que últimamente tenga demasiadas capas… Ayúdame a ser capaz de dejar romper mi papel blanco para que otras manos puedan llenarse de tu olor, entusiasmarse contigo y alegrar sus dedos con miles de escamas blancas que sólo sepan hablar de Ti.

“Pero gracias a Dios que nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento, porque para Dios somos grato olor de Cristo.” (2 Corintios 2, 14-15)

Filed Under: Portada

256 Visitas



Comentarios (3)

Trackback URL | RSS Feed de comentarios

  1. Beatriz dice:

    ¡Qué artículo más bonito Simeón!

    Muchas gracias.

    Además de tu estilo al escribir, me ha gustado especialmente la moraleja de las capas de papel que impiden a los demás descubrir a Cristo escondido en nosotros.
    Gracias por despojarte de las tuyas y permiterme verle en este escrito.

  2. tuky dice:

    Querido Simeon:
    Me fascina tu don para escribir y cómo lo haces de un modo tan natural, sencillo y valiente.
    Siento que al leerte el jabón está desenvuelto, sin esas capas de papel de estraza. Y me entran ganas de ser jabón yo también, y me parece que la idea es tan bella que sólo puede ser fruto de una oración sencilla y un corazón bueno.
    Gracias por acercarme a Cristo y a esa misión sencilla que tengo, que todos tenemos y que de tan poca sofisticación ha de revestirse.
    Con cariño…Tuky

  3. Mota dice:

    Me has emocionado, Simeón.

    Precioso. Vibrante.

    Gracias,Simeón, gracias.

Dejar un comentario