La Misericordia de Dios

Dios es amor. Es todopoderoso, omnisciente, eterno… de todos los atributos de Dios, confieso que el que más me conforta es que es Misericordioso. Etimológicamente quiere decir “el que comparte en su corazón el sufrimiento ajeno”. Dios, en lo más íntimo de su ser, se duele de nuestra tristeza, de nuestro dolor, de nuestra miseria.


Dejando aparte el insondable misterio de cómo puede sufrir un Dios omnipotente, resulta profundamente consolador saber que Dios sufre cuando yo padezco. Dios no es como una especie de soberano distante, sentado en un gran trono, inaccesible e inamovible. Dios es cercano, es un amigo fiel, es un íntimo que me acompaña en el dolor y que sufre conmigo.

 

El Evangelio nos ha dejado profusas muestras de la misericordia divina. Por ejemplo, las llamadas parábolas de la misericordia. Son las del buen pastor y la de la oveja perdida (Lc 15, 1-10), y la del hijo pródigo (Lc 15, 11-32). Están también las del buen samaritano (Lc 10, 25-37) y las de los trabajadores de la viña (Mt 20, 1-16).

 

El mismo Jesús en varias ocasiones se compadece del sufrimiento ajeno: en Mc 6, 34 “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”. En Jn 11, 33 “Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba”. En Lc 19, 41-44: “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos”.

 

Y finalmente en la cruz, en el momento del peor suplicio, del insulto, de la ignominia y del padecimiento, se manifiesta varias veces más la infinita misericordia de Jesús: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). A continuación, el primer redimido por su Pasión: “Uno de los malhechores crucificados le insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a ti mismo y a nosotros. Pero el otro, tomando la palabra, le reprendía, diciendo: ¿Ni tú temes a Dios? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero este nada malo ha hecho. Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Él le dijo: En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lc 23, 39-43).

 

Y finalmente nos hace el inmenso regalo de su Madre: “Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19, 25-27).

 

El amor de Dios es infinitamente misericordioso. Por eso podemos abandonarnos en él. Por eso perdona paciente e incesantemente. Cuando nos encontremos con Dios en el cielo nos inundará con un amor profundo, poderoso, sanador, reparador, irresistible; nos daremos cuenta de cómo hemos sido amados por Dios desde antes de la creación del mundo, con cuánto amor ha guiado nuestra vida y cómo ha perdonado nuestras casi infinitas faltas, rechazos, olvidos, pecados… sentiremos gratitud y a la vez remordimiento, por no merecer ser amados así, por no haber correspondido siquiera en la ínfima medida en la que podríamos ser capaces…

 

De la Novena a la Misericordia de Sor Faustina Kowalska:

PRIMER DÍA

Hoy, tráeme a toda la humanidad y especialmente a todos los pecadores, y sumérgelos en el mar de mi misericordia. De esta forma, me consolarás de la amarga tristeza en que me sume la pérdida de las almas.

NOVENO DÍA

Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia.

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