Santa Misa en la tierra de las dos Sagradas Mezquitas
El canto de miles de almuédanos llena los aires de la tarde en Riad. “Dios es el más grande; confieso que no hay más dios que Dios, confieso que Mahoma es el Enviado de Dios; venid a la oración, venid a la salvación”. El calor abrasador, como de un horno, de este día de junio está dando paso a unos meros 42 grados centígrados según cae el sol, que, filtrado por el polvo, la arena y el humo de la ciudad, parece suspendido en el horizonte como un disco pálido que ya no molesta a la vista. Por otra parte del cielo, una media luna gigante y dorada se ha levantado sobre el skyline de la ciudad, confundiéndose con los cuatros crecientes de los innumerables alminares de todos los estilos que se recortan contra el cielo.
Yo, sin embargo, desoyendo la llamada que se repite, mezclada y ululante, desde los miles de altavoces, me dirijo a mi coche y, con él, a una callejuela del centro de la ciudad, perdida en un barrio de clase trabajadora. Un par de manzanas más arriba, numerosos hombres vestidos de sotana blanca, tocados de pañuelo rojo y con las barbas del largo de un puño, se apresuran a secarse las manos con el vestido y a dejar las sandalias en el suelo, entrando en la sala de oración donde ésta ya ha comenzado. Del otro lado, la sede de la “Comisión para la promoción de la virtud y la prevención del vicio” está apagada, como muerta, inofensiva. Entrambas, a la puerta de un destartalado edificio, una filipina, revestida con su toga negra y un velo sobre los hombros, llama a la misma puerta a la que me dirijo.
La espera parece una eternidad, pero al cabo de breves minutos por la puerta asoman las sonrientes gafas de mi amigo Rogelio, que nos invitan a pasar a la señora y a mí, mientras recibe el asentimiento con la cabeza de otro desconocido filipino en quien, apoyado contra un árbol, no había yo reparado. Dejando detrás la reverberación de un portazo metálico, y sendos saludos de dos jóvenes que montan guardia, los tres cruzamos en silencio el desconchado patio y subimos una destartalada escalera hasta un recibidor donde ya resuena suavemente “Glory to God in the Highest”. Otro vigilante más nos abre la puerta del piso, en cuyo salón se halla el destino de mi visita.
Cubiertos sofás y televisores con sábanas blancas, el salón no tiene más que un ventanuco que está cerrado a cal y canto. Tras una mesa de café cubierta con un lienzo blanco y con dos velones de cera, un jarro con flores de plástico y un tosco crucifijo, el afable Padre Sebas espera a que termine el canto. Antes de proceder con la misa, nos da la bienvenida, y nos anima a buscar un sitio en alguna esquina del salón, si bien con poco éxito, pues en un espacio tan reducido es imposible acomodar a las más de cuarenta personas que nos hemos reunido hoy. Pero siempre se acaba encontrando sitio entre cristianos, y dos espontáneos traen de algún lugar de la casa dos banquetas que ponen delante de la puerta del salón.
La misa, en inglés con algunos cánticos en tagalo, discurre apaciblemente. El Padre Sebas se refiere en el sermón a la firmeza en la fe y en el amor, y menciona varias veces al Santo Niño, que es la advocación –muy popular en Filipinas- con la que, medio en broma medio en serio, dicen en la comunidad que quieren dedicar al Señor, un día, la Catedral de Riad. Durante la consagración, como cada vez en los últimos meses, me brota del corazón el canto “Oh Luz del mundo, bajaste a la oscuridad… Vengo a adorarte, vengo a postrarme, vengo a decirte “eres mi Dios”… Sólo Tú eres digno, eres adorable, tan maravilloso para mí”. Y pienso, sin comprender, en los inescrutables designios de Dios que tiene postrándose ante Él a países enteros en los errores del Islam. Al terminar la misa, el Padre Francis se despide, pues vuelve a Europa una vez más, aunque promete volver en otros 4 meses.
Yo también me despido. Después de tres años en la tierra que vio nacer a Mahoma, esta ha sido mi última celebración en Riad. Los catequistas de la comunidad cantan en Ave María en español para despedirme. Muchos de ellos llevan hasta 20 años reuniéndose clandestinamente, manteniendo viva entre sus hijos la llama de la fe católica. Mientras compartimos arroz con pollo recién comprado en un restaurante filipino de “Batha Pinoy”, les deseo lo mejor para el futuro, pero me dicen: “eso ya lo tenemos”. Les deseo también que la comunidad siga creciendo, ahora que los voluntarios de la “Comisión para la promoción de la virtud” ya no entran en los pisos para detener a los que se reúnen a celebrar fes distintas a la suya.
Como en un ritual repetido mil veces, me agradecen una vez más –como representante de España- que nuestro país les llevara la fe católica hace 400 años. “Ahora los Filipnos la traemos a Arabia”, bromean. “Ya somos más de un millón en este país”. Rogelio me acompaña a la puerta, y me da un abrazo sin mucho sentimentalismo. “Seguro que nos vemos pronto, y, si no, en el Cielo”. “Inshallah” decimos al unísono.
Dejando la calleja con mi coche, enfilo una de las grandes avenidas donde con la noche tiendas, restaurantes y centros comerciales se han iluminado de mil colores. En el coche de al lado, un grupo de chicos jóvenes tiene puesto el “reggetón” a todo volumen. Al otro lado, un GMC con los cristales tintados me hace fantasear sobre las princesas que viajarán, ocultas, dentro. Algo más allá, la policía está registrando el coche de otros adolescentes. El mundo en el que acabo de estar ha desaparecido como por ensalmo. Encogiéndome de hombros ante los contrastes en la tierra de las Dos Santas Mezquitas, me dirijo a cenar a casa de mi amigo Mohammed, cuya mujer ha preparado una especialidad a la que le ha dado mi nombre porque me encanta, y compruebo que la botella de ginebra que espera con cada visita está convenientemente escondida bajo el asiento del coche…
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Todavía habrá alguien que piense al leer tu columna que es parte de una novela policiaca o de ciencia ficción. Es trágico que en este mundo, los que reclaman tolerancia sólo lo hagan en “campo propio”, con el árbitro a favor y “ganando por goleada”. Como a nosotros “no nos pasa esto” y lo vemos “muy lejano y “ajeno” a nuestras vidas, pasamos de puntillas sin hacer la menor mención. Gracias por enseñarnos algo que también ha pasado en España y no hay que remontarse al siglo quince o al noveno, el siglo pasado ocurría, incluso de forma más cruenta. Pero la piedra sigue estando en su sitio, y sobre ella se va edificando. Lo importante es colocar nuestro granito de arena. Gracias por “hacer Patria”.